Acto TERCERO · LA SOMBRA
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De los ocho años siguientes no hay mucho que decir y ya no tengo ganas de estirar esto.
Trabajé. Me moví. Volví a lo de antes, que era ir de un sitio a otro haciendo lo que hiciera falta y cobrando cuando se podía.
Salvé dos sitios más.
Y no pude con un tercero, que es la cuenta que la gente considera buena y que yo no.
El ruido siguió. Sonando, bajando, no yéndose.
Y ahora, después de aquello, con una diferencia que tardé años en admitir:
Cuando lo oía por las noches, ya no era sólo Tepin.
Era también los dos segundos.
Y en esos ocho años hice una cosa por primera vez en mi vida, y la hice sin notarlo, y cuando la noté ya llevaba años haciéndola.
Empecé a no leer a la gente a propósito.
Conocía a alguien —en un trabajo, en un puerto, en una casa donde me daban de comer— y a los cuatro segundos ya lo tenía. Lo tengo siempre. No es una decisión.
Y en vez de guardar la lectura, empecé a apartarla.
Es difícil de explicar y lo voy a intentar con un ejemplo. Un hombre me contrató en el setenta y nueve para un trabajo de descarga, y en cuatro segundos leí que tenía miedo de que yo se lo hiciera mal, que ese miedo no era por el trabajo sino por lo que le iba a decir su socio, y que el socio le daba más miedo del que él admitía.
Todo eso es útil. Con eso se negocia mejor, se cobra más y se trabaja tranquilo.
Y lo aparté. Trabajé cuatro meses con él sin usar nada de eso ni una vez.
No fue bondad. Que quede claro, porque suena a bondad y no lo es.
Fue que había empezado a tenerle miedo a acertar.
Yo había leído a un consejo en una fracción de segundo y había acertado, y me mandaron sola a un sitio del que no se vuelve. Había leído a una ciudad entera y había acertado, y lo que acerté fue que a cinco mil personas les habían quitado la capacidad de llorar a sus muertos. Había leído a un ser que no tenía nada que leer, y lo había atacado, y me había roto.
Y las dos veces que me equivoqué —las dos únicas en ciento noventa años— fueron las dos únicas veces que valió la pena.
Así que estuve ocho años bajando el volumen de la única cosa que sé hacer.
No sirvió. Es como el ruido: baja, no se va. Sigo leyendo a todo el que se me pone delante y sigo acertando, y a estas alturas ya sé que voy a morirme acertando.
Pero durante esos ocho años me acostumbré a no usarlo.
Y por eso, cuando en un mercado de tránsito un escamoso se paró cuarenta segundos a ocho metros de mí con la mano metida en una bolsa, yo hice la lectura, la archivé como tipo que quiere algo,
y no la usé.
Le dejé acercarse.
Y no volví a ver la sombra en ocho años.
Miré. Los primeros meses miré mucho: por encima del agua, por encima de las plazas, por encima de la gente. Aprendí a mirar el polvo y las llamas pequeñas y los pájaros, y las miré en once mundos.
Nada.
Y con los años dejé de mirar, que es lo que hace uno cuando decide que una cosa fue un episodio.
No era un episodio.
Yo entonces no lo sabía. Ahora sí, y por eso puedo escribir esta parte con esta calma que probablemente no se merece.
Él no había fallado.
Yo pasé ocho años creyendo que había fallado. Que lo tuvo, que no pudo, que algo se le resistió. Llegué a construirme una explicación bastante decente sobre por qué el ruido no se podía extraer.
Él no falló.
Él decidió.
Y me lo dijo. Me lo dijo con todas las palabras, tirada en un escombro, y yo lo oí, y no lo entendí, porque para entenderlo hacía falta creer que alguien puede tener paciencia durante ochenta años.
Lo que hizo después fue exactamente lo que dijo que iba a hacer.
Tardó ochenta y un años. No porque le costara: porque tiene todo el tiempo del mundo y sabe usarlo, y porque lo que él necesitaba no era quitarme algo.
Necesitaba que yo tuviera algo que perder.
Porque ése es el detalle, y es el que me deja despierta.
Aquel día, en aquella escalera, con aquellas palabras —voy a ir quitándote lo que más aprecies— él estaba diciendo una amenaza que no podía cumplir.
Yo no apreciaba a nadie.
Tepin llevaba setenta y dos años bajo una piedra. Mi madre había muerto. Ixquin había muerto. Tzacual había muerto y yo no lo sabía todavía. No tenía casa, no tenía pueblo al que volver que yo creyera que seguía ahí, no tenía un solo ser vivo en ningún mundo que me importara más que el trabajo del mes.
No había nada que quitarme.
Él dijo esa frase mirando una ciudad, con la mano sobre la rodilla, sabiendo perfectamente que en ese momento era una frase vacía.
Y esperó.
Faltaban treinta y nueve años para un mercado de tránsito con ochenta puestos, con lonas atadas a estacas, que olía a algo quemado y a algo fermentado.
Faltaba un pretil.
Faltaba un cielo verdoso con dos capas de nube moviéndose en direcciones distintas.
Y faltaba un idiota escamoso, feo, con los ojos a los lados y la boca demasiado larga, que iba a pararse delante de mí sin decir hola, con una bolsa de tela atada al cinto en la que llevaba lo único que tenía en el universo, y me iba a decir que tenía cara de no haber comido caliente en un mes.
Y hay una última cosa, y con ella acabo.
Yo leo a la gente. Es lo que soy. Lo hago sin querer, con todo el mundo, desde hace ciento noventa años, y este libro está lleno de las veces que acerté.
Leí a cuatro consejeros en una fracción de segundo y acerté. Leí a once desconocidos por los pies y acerté. Leí a un pueblo entero por la cara que ponía ante una pregunta que no le cabía, y acerté.
Y me he equivocado dos veces.
La primera con un ser de doscientos gramos que me dijo que cuatro horas también son un lugar, y yo le expliqué, con paciencia y con un ejemplo, que no.
La segunda con un escamoso que se paró cuarenta segundos a ocho metros de mí con la mano metida en una bolsa, y yo leí tipo que quiere algo.
Las dos lecturas eran correctas. Los datos estaban bien. El método estaba bien. Si vuelvo a ver esos dos cuerpos hoy, con todo lo que sé, leo lo mismo.
Y las dos veces era lo único que había que ver en toda mi vida.
Él lo escribió mejor que yo, en una hoja, con muy mala letra, sin haberlo pensado nunca:
Perdí el ojo del oficio y gané el ojo inútil.
Yo perdí el inútil primero. En un patio que olía a pescado seco, a los veintiséis años, contando tres verbos con los dedos.
Y tardé ciento noventa años en que dos idiotas me lo devolvieran, y para entonces los dos estaban muertos.
Aquí termina el Libro Primero.