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Acto TERCERO · LA SOMBRA

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Me encontraron a los tres días.

Fue una cuadrilla de despeje. Habían asignado el edificio caído al sector segundo esa misma mañana y me encontraron en el segundo turno, debajo de una losa que no me había caído encima sino al lado.

Habían pasado tres días.

Nadie me buscó en tres días. Eso también hay que decirlo, aunque no es culpa de nadie: yo no era de ahí, no tenía a nadie, y llevaba cuatro meses subiendo a comer sola a un edificio en ruinas.

Me trataron bien.

Con esa eficiencia horrible que tenían todos.

Me sacaron con procedimiento: aseguraron la losa, cortaron el acceso, me inmovilizaron antes de moverme. Lo hicieron mejor de lo que se hace normalmente.

Me llevaron a la casa de reunión, que era donde tenían a los heridos.

Un hombre me cambió los vendajes cuatro veces al día durante cinco semanas. Puntualmente. Sin fallar uno.

Le pregunté una vez por qué lo hacía.

Y dijo que porque estaba en el turno.

Y en esas cinco semanas, tumbada, sin poder hacer otra cosa, le leí las manos todos los días.

Es lo único que tenía. Un techo y unas manos.

Un hombre cambiando un vendaje hace, si nadie lo mira, unas veinte cosas pequeñas. Prueba la temperatura del agua con el dorso antes de tocarte con la palma. Deja el paño más cerca de su mano buena. Afloja el nudo antes de tirar para que no se lleve la costra. Se detiene medio segundo si lo que ve debajo está peor que ayer.

Ese medio segundo es el que yo estaba esperando.

Es una cosa involuntaria. La hace un médico de treinta años de oficio. La hace alguien que cambia el vendaje de un desconocido en una guerra. Se llama, en el lenguaje del cuerpo, encontrarse algo.

Cinco semanas. Veinte cambios por semana, calculo ciento cuarenta en total.

Ni una sola vez.

Hacía todo lo demás perfectamente. La temperatura, el paño, el nudo, el orden. La técnica era mejor que la de la mayoría de la gente que me ha curado en ciento noventa años.

Y cuando debajo del vendaje había algo peor que el día anterior —y lo hubo tres o cuatro veces, porque una de las piernas se infectó— él lo veía, lo anotaba, lo trataba, y no se detenía medio segundo.

Un día, hacia la cuarta semana, le pregunté si él había estado en la costa.

Dijo que su mujer sí.

Le pregunté si estaba bien.

Y dijo que no, que murió.

Y siguió con el vendaje, y lo terminó bien, y me dijo que mañana a la misma hora.

Yo estuve cinco semanas dejándome cuidar por un hombre al que le habían quitado la capacidad de que le importara lo que estaba haciendo.

Y me curó mejor de lo que me han curado nunca.

Ésa es la parte con la que no he podido en ciento veinte años y por la que no puedo decir con la boca llena que lo que hizo Azarkel en esa ciudad estuviera mal.

Puedo decir lo que perdieron.

No puedo decir que me curara peor.

Tardé un año en poder ponerme de pie.

Un año. Las dos piernas se arreglaron en cuatro meses; lo otro, lo de dentro, lo que se rompe cuando empujas mucho más de lo que puedes, tardó lo que tardó.

Y tardé cuatro en volver a empujar el espacio.

El primero que hice fueron dos metros, en un patio, y me desmayé, igual que la primera vez con Ohuel ochenta años antes. Me hizo bastante gracia entonces y me sigue haciendo gracia.

Nunca volví a llegar tan lejos como antes. Perdí, calculando por encima, un cuarenta por ciento de alcance. Compensé con técnica lo que pude y no fue todo.

Y la mano izquierda no cierra del todo.

Los dedos están. Se mueven. Puedo agarrar, puedo trabajar, puedo hacer casi todo.

Pero al cerrar el puño queda un hueco, del ancho de un dedo, que no se cierra.

Ciento veinte años.

Es la única cosa de todo esto que se ve desde fuera, y la gente que me la ha visto me ha preguntado, y yo he dicho siempre que fue un accidente.

Lo cual es cierto, si uno acepta que llamarle accidente a subir una escalera y atacar a alguien que no te había hecho nada es una manera de contarlo.