Acto TERCERO · LA SOMBRA
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Y lo soltó.
No lo terminó. Ésa es la cuestión y es lo que he tenido que explicar más veces.
Lo tenía. Estaba fuera ya en su mayor parte — yo lo notaba salir, notaba el hueco que iba dejando, que es una sensación que no le deseo a nadie porque el hueco era mucho más grande que el ruido.
Y lo soltó.
Y volvió a su sitio de golpe, entero, con un tirón hacia dentro que me tiró de espaldas contra el escombro y me dejó sin aire.
Y ahí estaba otra vez. Sonando. Como si no hubiera pasado nada.
Y en el instante anterior a que lo soltara pasó lo único que le vi hacer en cuatro meses.
Lo tenía agarrado. Yo notaba el hueco que iba dejando al salir, y notaba también —esto es lo que no he contado— que había dejado de tirar.
Un cuerpo que tira sostiene la fuerza. Es continuo. Se nota.
Él dejó de tirar y lo mantuvo. Un momento. Con el ruido a medio salir, sujeto, sin avanzar ni retroceder.
Y en ese momento, con la mano metida en un sitio de mí donde no hay sitio, movió la cabeza.
Un grado. Dos. Hacia abajo, hacia mí.
Es la primera vez en cuatro meses que ese ser miró algo que no fuera el sector cuarto.
No sé qué vio.
He tenido ciento veinte años para pensarlo y tengo dos lecturas y ninguna me convence del todo.
La primera es que vio el hueco. Que al sacar el ruido apareció detrás el sitio donde había estado, y que ese sitio es del tamaño de once años, y que eso —una cavidad exacta con la forma de algo que ya no está— es un dato que él no tenía y que no se puede obtener de otra manera.
La segunda es peor y es la que me despierta.
Que lo que vio fue que yo había dicho que sí.
Que me leyó. Medio segundo, un grado de cabeza, y me leyó entera: una criatura que llevaba setenta y dos años cargando una cosa y que, en cuanto alguien tiró, dijo sí.
Y que un ser que dice que sí a que le quiten lo único que le queda de alguien no es un sujeto interesante.
Es un dato ya obtenido.
Por eso lo soltó. Ésa es mi lectura y no tengo otra.
No lo soltó porque no pudiera. No lo soltó por piedad, que es lo que quiso creer de mí una parte tonta durante muchos años.
Lo soltó porque en ese grado de cabeza vio que quitármelo no iba a demostrarle nada. Que ya sabía lo que pasaba si me lo quitaban.
Lo que no sabía era lo otro.
Lo que no sabía era qué hace una criatura así cuando por fin tiene algo que perder.
Me quedé de espaldas, sin aire, mirando el cielo de un planeta que había salvado hacía cuatro meses y medio.
Él se quedó de pie a mi lado bastante rato. Sin decir nada. No sé cuánto: yo estaba intentando volver a respirar.
Y después dijo:
—No.
Le pregunté por qué no.
Me salió mal, con lo poco de voz que me quedaba, y tuve que repetirlo.
Y dijo:
—Porque tu vida todavía tiene un propósito que demostrarme.
Le pregunté cuál.
Y dijo:
—Si te lo explico no sirve.
Y entonces me acordé del patio de arriba.
Ahí, tirada en un escombro, sin poder moverme, con la voz de alguien encima diciéndome que mi vida tenía un propósito que demostrarle.
Me acordé de Ixquin bajando del sitio donde estaba y acercándose a explicarme el método de salida.
Lo explicó tres veces.
La primera deprisa, como quien recita algo que ha dicho otras veces. Diez, doce minutos.
La segunda me hizo repetirlo a mí. Yo lo dije entero y me corrigió dos cosas: una en el orden de los pasos y otra en un margen, que era un margen mucho más amplio del que yo había entendido.
Se paró en la segunda corrección. Me hizo repetir el margen. Me lo hizo repetir otra vez.
Y después lo explicó él, entero, por tercera vez, muy despacio, con las manos.
Yo tenía veintiséis años y una prisa terrible y estaba deseando que acabara.
Miraba de reojo el vehículo, que ya estaba en el patio, y pensaba en que se me estaba haciendo tarde.
Y él lo dijo todo otra vez, punto por punto, desde el principio.
Mirándome a la cara. No al suelo. Ixquin, que miraba al suelo cuando calculaba, me estuvo mirando a la cara diez minutos seguidos.
Y cuando acabó no dijo nada más sobre el método. Dijo la frase mal conjugada y se apartó.
Y ahora, tirada en un escombro, con la cabeza funcionando de esa manera limpia y horrible con que funciona cuando el cuerpo ya no puede, volví a leer aquel patio.
Con lo que había aprendido en ciento y pico años. Con el músculo entero.
Y estaba todo.
Ixquin miró al suelo toda la sesión y me miró a la cara sólo al final. Yo lo guardé como una manía. El que mira al suelo está calculando; el que levanta la vista ha terminado de calcular. Ixquin me miró a la cara exactamente cuando dejó de haber nada que decidir.
Repitió el margen dos veces y sólo el margen. De todo el método, hizo repetir una cosa: un margen que era mucho más amplio de lo que yo había entendido. Un margen amplio no sirve para un viaje corto. Un margen amplio sirve cuando no sabes cuánto vas a estar fuera.
*Y no dijo buen viaje.*
Eso es lo que me faltaba y es lo que ni en ochenta años se me había ocurrido buscar. En mi pueblo se dice. Se dice siempre. Es una fórmula, la dice todo el mundo, la dicen hasta los que se odian.
Cuatro personas en un patio, un escribiente y una fedataria, y ninguno de los seis me dijo buen viaje.
Porque buen viaje se le desea a quien vuelve.
Yo pensé, durante ochenta años, que lo repitió porque yo me había equivocado.
Es lo que pensaría cualquiera.
Y estaba tirada en un escombro, a ochenta y una travesías de distancia, con alguien encima diciéndome que mi vida tenía algo que demostrar, cuando por fin lo entendí.
Y hay una última cosa de aquel patio, y es la que me hizo llorar en un escombro ochenta y un años después de que ocurriera.
Cuando repitió el método por tercera vez, lo repitió mirándome a mí.
Ya lo dije. Lo que no dije es lo que eso significa en el oficio.
Un maestro que enseña mira las manos del que aprende. Siempre. Es lo único que importa: si las manos van bien, la cabeza va bien.
Ixquin, en la tercera vuelta, me miró la cara.
Y quien mira la cara no está enseñando.
Está comprobando si el otro se ha dado cuenta.
Estuvo diez minutos explicando un procedimiento que yo ya sabía, punto por punto, muy despacio, mirándome a los ojos, buscando en mi cara la señal de que yo hubiera entendido lo que él no podía decirme.
Y yo, que a los veintiséis años tenía prisa, miraba de reojo el vehículo.
Diez minutos.
Un viejo de cuatrocientos treinta años, que había ganado una votación tres a uno, que había mandado a diez antes que a mí y sabía que ninguno había vuelto, dándome diez minutos por si yo era lo bastante lista para leerle la cara.
Y yo no lo era.
Y él lo supo a la mitad —tuvo que saberlo, porque yo miraba el equipaje— y aun así terminó los diez minutos enteros.
Aquel viejo sabía que yo no iba a volver pronto.
Sabía lo del párrafo tachado. Sabía lo de los diez anteriores. Sabía que el vehículo tenía dotación para cuarenta saltos y que cuarenta saltos no alcanzan.
Y no podía decírmelo. El acta lo prohibía. La votación estaba hecha, tres a uno, y él la había ganado.
Lo único que podía hacer por mí sin romper nada era enseñarme bien a salir.
Así que me lo explicó tres veces.
—Mientras tanto —dijo— voy a ir quitándote lo que más aprecies.
Lo dijo en el mismo tono en que había dicho todo lo demás, que es el tono con que se lee una cifra en voz alta.
Y añadió:
—Es el único método que produce datos.
Y se fue andando.
Andando. Por la calle. Rodeó el montón de escombro, salió a la vía del sector segundo y se fue calle abajo, entre la gente que venía a ver qué había pasado en el edificio.
Nadie se apartó. Nadie lo miró.
Yo, desde el suelo, lo vi irse durante bastante rato porque esa calle es recta.
Y lo leí mientras se iba. Desde el suelo, con una pierna rota y la mano izquierda sin respuesta, lo leí, porque no se puede apagar.
Y esa lectura es la que me tuvo ochenta años equivocada.
Andaba como cualquiera.
Con el ritmo normal. Con el braceo normal. Con esa cosa mínima que hace el hombro derecho de todo el mundo al pisar con el pie izquierdo.
Un ser que había estado cuatro horas sentado sin que un edificio entero le hiciera nada, que había bajado por donde no había escalera, que había metido la mano en un sitio de mí donde no hay sitio,
se fue calle abajo andando como se va cualquiera a cualquier parte.
Yo leí en eso desprecio.
Lo leí como el gesto del que se marcha de un sitio donde ya no queda nada interesante, y estuve ochenta años con esa lectura, y me hizo bastante daño y también me sostuvo, porque el desprecio es más fácil de llevar que casi todo.
Estaba mal.
Lo entendí ciento veinte años después, escribiendo esto, contando una por una las cosas que hizo en cuatro horas.
Un ser que no cambia de peso, que no aprieta nada, que reparte exactamente igual su atención entre nueve cifras sobre gente que se muere,
no tiene ningún gesto que le salga solo.
Todos los que tiene los ha aprendido.
Y andar como cualquiera —el braceo, el hombro, el ritmo— es lo que hace un ser que ha estudiado mucho tiempo cómo andan los demás.
No se fue andando por indiferencia.
Se fue andando porque andar así es la única manera que sabe de estar en una calle con gente sin que nadie se aparte.
Y en algún punto dejé de distinguirlo de los demás.
Que es exactamente lo que él lleva haciendo, calculo yo, desde antes de que existiera mi pueblo.