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Acto TERCERO · LA SOMBRA

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Lo que hizo fue meter la mano.

No en el pecho. Quiero que se entienda, porque es lo primero que piensa todo el mundo cuando lo cuento: no me abrió, no me tocó, no hubo herida.

Metió la mano en un sitio de mí donde no hay sitio.

En esa zona de más abajo del pecho y más adentro que el hueso, la que no tiene nombre porque nadie ha tenido que nombrarla nunca y por la que llevo setenta y dos años preguntando con rodeos a médicos de cuatro especies.

Ahí.

No dolió. Ésa es la primera cosa que quiero dejar clara y la que menos se cree la gente.

Lo que hubo fue una presencia. Como cuando alguien te pone la mano en la espalda sin que lo esperes: no duele, y sin embargo el cuerpo entero se entera al mismo tiempo.

Sólo que fue por dentro, en un sitio donde no hay dónde poner nada.

Y agarró el ruido.

Lo agarró. Es el verbo. Lo cogió como se coge un cable tenso: con toda la mano, de una vez, sin buscar.

Yo llevaba setenta y dos años con esa cosa sonando y en setenta y dos años nunca había sabido dónde estaba exactamente. Sabía que estaba. No sabía dónde.

Él lo encontró a la primera.

Y tiró.

Lo que sentí no fue dolor. Necesito decirlo otra vez porque es lo único que importa de todo este capítulo y porque llevo ciento veinte años sin poder decirlo en voz alta.

Lo que sentí fue el alivio.

El chirrido empezó a apagarse. No de golpe: como se apaga un motor grande, con la frecuencia bajando y el volumen bajando a la vez, con esa cosa de que los últimos segundos son los más largos.

Y en la parte de mí que llevaba setenta y dos años sin dormir una noche entera — que es una parte que existe, que tiene su propia voz, y que yo había estado callando todo ese tiempo sin darme cuenta de que la callaba —

en esa parte, algo dijo que sí.

No fue una decisión. No hubo tiempo. Duró dos segundos.

Pero fue mío. Eso es lo que no admite discusión y lo que he intentado discutirme mil veces: no fue él poniéndome un pensamiento. Fue una parte mía que estaba ahí desde hacía mucho, que él destapó al tirar, y que dijo lo que llevaba queriendo decir desde el planeta feo.

Sí. Por favor. Quítamelo.

Escribí esto esa noche, en el suelo de un sitio donde me habían metido, con la mano derecha porque la izquierda no cerraba.

Está en el cuaderno. Está tachado, y lo dejo copiado tal cual, con las tachaduras donde estaban, porque ya he aprendido lo que significa tachar con una sola línea.

Dije que sí.

Cuando tiró yo dije que sí. No con la boca. Pero lo dije y él lo oyó, porque paró.

Llevo setenta y dos años

Si me lo hubiera quitado yo ahora estaría bien. Estaría trabajando. Estaría despejando por sectores.

Y ella no

No dormí. Mano izquierda sin respuesta. Piernas mal. Empezar a moverme cuanto antes.

Cuatro líneas tachadas y dos limpias.

Las dos limpias son las que enseñé cuando alguien me pidió ver el cuaderno.