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Acto TERCERO · LA SOMBRA

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No se movió.

Necesito varias líneas para lo que voy a contar y no hay manera de que ninguna de ellas suene a algo.

El grosor cedió. La escalera se partió en dos por la línea del descansillo, con un ruido que no fue un estruendo sino un chasquido muy grande y muy seco, de esos que se oyen dentro de la cabeza antes que en el oído.

El tramo de arriba se soltó del muro. El muro de la derecha se abrió en abanico desde la mitad y se vino hacia adentro. La planta tercera, que estaba mal apoyada desde el suceso, bajó entera unos cuarenta centímetros y se quedó ahí, crujiendo.

Y por detrás de él, en línea recta, el edificio se abrió: el patio de luces, el muro del fondo y la fachada trasera se fueron hacia afuera y cayeron a la calle.

Salió una columna de polvo que se vio desde el sector cuarto y que hizo que vinieran once personas corriendo.

Todo eso en menos de dos segundos.

Y él siguió sentado.

En un descansillo que ya no tenía escalera por debajo ni escalera por encima, suspendido en un trozo de forjado de metro y medio de ancho, con la espalda apoyada en una pared que ya no existía.

Con la mano sobre la rodilla.

Mirando hacia el sector cuarto.

Y hay una cosa de ese primer empuje que no he contado nunca y que explica las cuatro horas siguientes.

Lo leí en el instante anterior.

No pude evitarlo. Es lo que hago, y lo hago sobre todo cuando voy a golpear a alguien: mirar dónde tiene el peso, para saber hacia dónde va a caer.

Y en el cuarto de segundo que hay entre buscar el grano y apretar, yo lo miré.

Y él, que llevaba doce minutos mirando hacia el sector cuarto sin moverse, en ese cuarto de segundo tampoco se movió.

No es que aguantara. No es que decidiera no apartarse.

Es que no hubo el gesto. Ni el mínimo. Ninguna de las cosas que hace un cuerpo cuando algo va a llegarle: no cambió el peso, no bajó el hombro, no apretó nada.

Yo he golpeado a mucha gente y he visto a mucha gente ver venir el golpe. Todos lo ven. Aunque no puedan hacer nada, aunque estén dormidos, aunque no sepan qué es: el cuerpo hace algo. Es más viejo que las especies.

Y por eso insistí cuatro horas.

Ésa es la verdad y no la he dicho nunca así.

No insistí porque creyera que iba a poder. Después del primer empuje sabía perfectamente que no iba a poder: había abierto un edificio en dos segundos y él seguía sentado.

Insistí porque quería que hiciera algo.

Cualquier cosa. Que se apartara, que levantara una mano, que cambiara el peso, que apretara la mandíbula. Una sola cosa de las que hace un cuerpo.

Cuatro horas tirándole medias toneladas de piedra a un ser para obligarlo a ensayar un gesto.

Y no lo hizo.

Yo insistí cuatro horas.

No voy a contarlas una por una porque no hay nada que contar: es la misma cosa repetida con cada vez menos fuerza.

Voy a poner lo que sirve.

Hora primera. Empujes a distancia corta, uno detrás de otro, tan rápido como podía rehacerme. Nueve o diez. Cada uno abrió algo, tiró algo, partió algo. Al final de la primera hora el edificio ya no era un edificio: era un montón con un trozo de forjado en medio.

Él seguía ahí. Cuando el forjado se venció, se puso de pie sobre lo que quedaba. No saltó, no se apartó: el suelo se fue moviendo debajo y él se fue quedando encima, como se queda uno encima de una barca.

Hora segunda. Cambié de método. Dejé de empujar contra él y empecé a empujar lo que tenía alrededor: le tiré encima el resto de la fachada, le tiré una viga de ocho metros, le tiré media tonelada de escombro.

Todo eso llegó hasta él y ahí se paró.

No lo detuvo con nada. No hubo escudo, no hubo destello, no hubo un gesto. Las cosas llegaban a su altura y perdían la gana, exactamente igual que el agua de la playa: iban más despacio, y más despacio, y se posaban.

Media tonelada de escombro se le posó alrededor como se posa el polvo.

Hora tercera. Empecé a hacerlo mal.

Eso es lo que pasa: se pierde el grano. El grano se busca con el cuerpo y cuando el cuerpo está roto no lo encuentras, y entonces empujas donde no hay grano y lo único que consigues es hacerte daño tú.

Me rompí la mano izquierda en algún momento de esa hora. No sé cómo ni contra qué. Me di cuenta después.

Hora cuarta. Ya no eran empujes. Eran intentos.

Y en cuatro horas él no me devolvió un solo golpe.

Que quede escrito eso también.

No me atacó. No se defendió, en el sentido de hacer algo. No dijo una palabra en cuatro horas.

En un momento de la tercera hora se sentó otra vez, encima del escombro, porque ya no había nada más alto donde estar.

Y siguió mirando hacia el sector cuarto.

Al final estaba de rodillas.

En el escombro, con las dos piernas mal —la derecha por un golpe y la izquierda por lo otro, por lo de dentro, que es lo que pasa cuando empujas más de lo que puedes—.

La mano izquierda no cerraba. Los dedos estaban donde tenían que estar y no respondían.

Y escupí una cosa negra.

Sabía lo que era. Es sangre vieja, de la que se queda en las cavidades después de un empuje grande y que el cuerpo va sacando durante días. Yo llevaba dentro la de ochenta años de trabajo, en pequeñas cantidades, sin síntomas.

Salió toda. Estuve un rato largo escupiendo, de rodillas, con la cabeza baja, mientras a diez metros había alguien sentado en un montón de escombro mirando una ciudad.

Y en esas cuatro horas hice, sin querer, la única lectura que me ha servido de algo en toda mi vida.

Porque yo no estaba sólo golpeando. Estaba mirando. Eso no se apaga.

Y en cuatro horas de un ser haciéndole lo peor que sabe hacer a otro ser, ese otro ser hizo exactamente cuatro cosas.

Se puso de pie una vez, cuando el forjado se venció. Sin prisa.

Se sentó otra vez en la tercera hora, cuando ya no había nada más alto.

Y dos veces movió la cabeza.

Las dos veces hacia el mismo sitio. Las dos veces hacia el sector cuarto.

Yo le estaba tirando media tonelada de piedra encima y él giró la cabeza dos veces para mirar una parte de la ciudad.

Eso es lo que no me pude quitar de encima en los ochenta años siguientes.

Uno lee a otro por lo que hace cuando no está haciendo nada. Yo lo tuve cuatro horas sin hacer nada —que es más tiempo del que se tiene nunca a nadie— y lo único que hizo fue mirar dos veces al sector cuarto.

No me miró a mí. Ni una sola vez en cuatro horas.

Y yo, mientras me rompía la mano y las piernas y escupía ochenta años de sangre vieja, iba leyendo qué significaba eso.

No era desprecio. El desprecio mira: el desprecio necesita ver el efecto.

Lo que había ahí era que yo no estaba en el sitio donde él tenía puesta la atención, y que llevarme hasta ese sitio habría costado un esfuerzo que no valía la pena.

Yo le estaba tirando un edificio encima.

Y no era lo más interesante que estaba pasando en esa ciudad.

Y cuando terminé, bajó.

Bajó por donde no había escalera. No saltó ni flotó ni nada que se pueda contar: bajó, del modo en que baja alguien por una escalera, sólo que no había escalera.

Y se paró delante de mí.