Acto TERCERO · LA SOMBRA
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Empecé yo.
Que quede escrito. Es lo único de todo este capítulo que necesito que quede escrito.
Porque hay versiones. Hay tres mundos donde se cuenta esto con mi nombre mal dicho, y en las tres versiones empieza él. En una de ellas me ataca por la espalda. En otra hay un discurso.
No hubo discurso. No hubo aviso. No me atacó nadie.
Yo subí una escalera, vi a alguien sentado en un descansillo mirando una ciudad, y le hice lo peor que sé hacer sin decirle una palabra.
Voy a explicar qué es empujar a metro y medio, porque si no, no se entiende ni la gravedad de lo que hice ni lo que pasó después.
Empujar el espacio consiste en hacer ceder el grosor entre dos puntos. Se hace en distancias grandes: entre dos sitios, entre dos mundos. El grosor cede, tú te quedas donde estás, y lo de en medio se reduce.
Cuando la distancia es grande no hay nada en medio salvo espacio.
Cuando la distancia es corta, lo de en medio es lo que haya ahí.
Yo lo he hecho tres veces en mi vida a menos de diez metros.
La primera fue un accidente, a los catorce años de aprendizaje, y abrí una falla de doce kilómetros en un continente deshabitado y estuve un mes sin poder ponerme de pie.
La segunda fue en un derrumbe, para abrir un paso, y salió bien.
La tercera fue ésta.
A metro y medio, la cantidad de grosor que cede es pequeña y la cantidad de cosa que hay dentro es enorme. Todo lo que está en ese metro y medio se comprime hacia el punto medio en el tiempo que tarda el grosor en ceder, que son unas milésimas.
No hay nada vivo que aguante eso. No hay estructura que aguante eso.
Ohuel me lo prohibió expresamente. Es lo único que me prohibió en once años.
Y hay un dato más que llevo ciento veinte años sin poner por escrito y que va aquí, porque si no lo pongo aquí ya no tiene sitio.
No lo miré.
Yo llevaba entonces ciento y pico años haciendo una sola cosa bien, que era mirar a alguien antes de decidir nada sobre él. Lo hacía sin querer. Lo hacía con los que me vendían fruta. Lo hice con mi madre a los siete años y con un consejo de once y con un hombre que me cambió las vendas ciento cuarenta veces.
Subí esa escalera y no lo miré.
Sé exactamente lo que no hice, porque son cuatro cosas y las hago en el mismo orden desde que Ixquin me las enseñó en un patio:
dónde tiene el peso · qué hacen las manos cuando no las usa · hacia dónde apunta el pie de atrás · cuánto tarda en contestar.
Ninguna de las cuatro. Ni la primera.
Estuve tres escalones por debajo de él el tiempo que hace falta para dejar la comida en el suelo, y en ese tiempo tenía delante toda la información del mundo, y no la cogí.
He tenido ciento veinte años para averiguar por qué y sólo tengo una respuesta, y la respuesta no me deja en buen lugar.
No lo miré porque ya sabía lo que iba a ver.
Iba a ver lo de siempre. Un cuerpo que no ensaya, que hace el gesto una vez, que no gasta en sujetarse. Cuatro meses de eso. La lectura llevaba cuatro meses dando el mismo resultado, que era ninguno.
Y cuando una medición da ninguno cuatro meses seguidos, uno deja de medir. No por soberbia. Por economía. Es lo que hace cualquiera que lleve un cuaderno.
Así que la única vez en mi vida en que hacía falta, apagué lo único que sé hacer.
Y lo apagué yo, por ahorro, tres escalones por debajo de él.
Lo hice sin levantarme del escalón.
Ni siquiera me puse de pie. Estaba tres escalones por debajo del descansillo, con la comida al lado, y lo hice sentada, que es la única cosa de todo esto de la que tengo algo parecido al orgullo.
Busqué el grano —hay grano incluso a metro y medio, hay grano en todas partes— y apreté.