Acto TERCERO · LA SOMBRA
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Al día siguiente subí antes de la hora y estaba.
Y esa vez habló él seguido, que fue la única vez, y por eso lo pongo entero.
—He medido tres regiones —dijo—. Poblaciones sin contacto entre sí y sin capacidad de salir de su planeta.
Le pregunté qué había medido.
—Episodios sin causa. Interrupción de actividad, sin estímulo previo, distribuida al azar en la jornada, con una duración media de once segundos.
—¿Cuántos?
—En la primera región, entre nueve y catorce casos por cada mil personas al año. En la segunda, doce. En la tercera, once.
Dijo esas cifras sin ninguna entonación, como se dicen las cifras que uno tiene apuntadas.
—Los tres pueblos le han puesto nombre. Cuatro nombres, porque uno de ellos tiene dos. Ninguno de los cuatro describe lo que ocurre. Tres lo atribuyen al aire y uno a los muertos.
—¿Y qué es?
Y aquí, mientras hablaba, hice la única cosa que se me daba bien, y falló.
Intenté leerlo mientras decía las cifras.
Porque en las cifras siempre hay algo. Cuando alguien recita datos que ha recogido él, el cuerpo marca cuál le importó: hay una que dice más despacio, o una en la que baja un poco la voz, o una que va seguida de una pausa que no estaba en las otras.
Es involuntario. Lo hace todo el mundo. Lo hace un archivero recitando cosechas.
Él dijo nueve cifras.
Las nueve exactamente igual.
Misma velocidad. Misma altura. Mismas pausas, y las pausas eran del mismo largo — las medí sin querer, contando, porque es lo que hago—.
Nueve cifras sobre gente que se para en mitad de la calle y busca a los suyos, y ninguna de las nueve le pesó más que otra.
Y entonces entendí por qué llevaba cuatro meses sin poder leerlo.
Yo leo la diferencia. Todo lo que hago consiste en eso: en que un cuerpo dedica más a una cosa que a otra, y en esa diferencia está lo que le importa. Un ser que reparte exactamente igual toda su atención no tiene nada que leer.
No es que se esconda. Es que no hay huella, porque la huella la deja el peso, y a él ninguna cosa le pesa más que otra.
Es lo mismo que hacía con la ciudad, visto desde dentro.
Retiraba el duelo porque no rinde. Y no rinde porque es exactamente eso: la función que hace que una cosa te pese más que las demás.
Él no se lo estaba quitando a nadie que no se lo hubiera quitado a sí mismo primero.
Y dijo:
—Eres tú.
Y siguió, y esto es lo único largo que le oí:
—Una criatura está gastando energía de duelo en poblaciones que no la conocen, a distancias que no admiten transmisión por ningún medio conocido. Los sujetos afectados interrumpen su actividad, entran en contacto físico no funcional con otro sujeto —contacto que no cumple ninguna función reproductiva, defensiva ni comunicativa— durante un promedio de once segundos, y reanudan.
Hizo una pausa.
—El coste agregado, en las tres regiones medidas, es de unas cuatro mil horas de trabajo al año.
Y después:
—Es la ineficiencia más grande que he medido y no tiene mecanismo conocido.
Yo le pregunté si estaba diciendo lo que yo creía que estaba diciendo.
Y él no contestó a eso.
Lo que hizo fue mirarme —por primera vez en nueve conversaciones me miró a mí y no a la ciudad— y decir:
—Voy a retirártelo.
Y después:
—No hoy.
Le pregunté por qué no hoy.
Y volvió a mirar hacia el sector cuarto, y no me contestó, y a los pocos minutos me fui.
Estuve cuatro días sin subir a esa escalera.
Al quinto subí con la decisión tomada.