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Acto TERCERO · LA SOMBRA

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Hablamos nueve veces en las semanas siguientes.

Y quiero que quede escrito lo que hace falta: yo lo buscaba.

No fue que se me apareciera. No fue que me persiguiera. Yo subía a esa escalera todos los días a la misma hora sabiendo que a veces estaba, y los días que no estaba me quedaba más rato.

Y las nueve veces lo leí. Antes de hablar, mientras hablaba, después. Con todo lo que tengo, que es mucho y no ha fallado nunca contra nadie.

Nueve veces, nada.

Al principio lo puse en la casilla del que se controla. Hay gente así: negociantes viejos, gente de puerto que ha aprendido a estar quieta. Pero al que se controla se le ve el control. Es el dato más fácil de todos — un cuerpo que se sujeta gasta en sujetarse, y el gasto aparece: en el cuello, en el pie de atrás, en la respiración que se hace regular a propósito.

Él no gastaba.

Al quinto día cambié de método y me puse a medir lo que sí había, que es lo que hago cuando lo que busco no aparece.

Y lo que había era esto: hacía el gesto una sola vez.

Una persona normal, para levantar una mano, la levanta dos veces: una pequeña que no se ve y que es el ensayo, y la buena. Yo vivo de la primera.

Él levantaba la mano una vez. Se sentaba una vez. Miraba una vez. Cada movimiento suyo era el primero y el último y salía ya terminado, del tamaño exacto, sin sobra por ningún lado.

Y esto es distinto de lo del tonto y quiero que se entienda la diferencia, porque son tres en toda mi vida los que no pude leer y no se parecen en nada.

La primera no ensayaba porque no tenía nada que decidir.

El tonto no ensayaba porque no calculaba. Le entraba una cosa y se le quedaba dando vueltas dos años y salía cuando salía, torcida, tarde y verdadera.

Él no ensayaba porque el cálculo ya estaba hecho.

Eso lo entendí mucho después, y no mirándolo a él: mirándome las manos en un puerto, cortando algo.

Uno ensaya porque duda. El ensayo es lo que hace el cuerpo mientras la cabeza todavía no ha cerrado la cuenta — es un resto, una viruta, lo que sobra de pensar.

Él llegaba a cada momento con la cuenta cerrada. Todas. La de saludarme, la de contestarme, la de dejarme subir a esa escalera cuatro meses seguidos.

Un ser sin dudas no deja virutas.

Y por eso los que hacen el trabajo del universo no se dejan leer por nadie, y por eso nadie los ve venir, y por eso yo estuve cuatro meses sentada al lado del que estaba apagando una ciudad, tomándolo por un hombre serio.

Voy a poner tres cosas de las nueve conversaciones. Las he repetido tantas veces en la cabeza que ya no sé si las dijo exactamente así, y por eso pongo sólo las que estoy segura de que dijo con esas palabras.

La primera.

Fue la tercera vez que hablamos. Le pregunté qué les estaba haciendo a los de la ciudad.

No lo negó. No preguntó a qué me refería. Contestó a la pregunta que le había hecho, que es una cosa que no hace casi nadie.

—Retiro una función.

Le pregunté cuál.

—La que se activa por pérdida y se mantiene entre cuatro y catorce meses según el sujeto, sin producir nada.

Le dije que eso tiene un nombre.

Y dijo:

—Tiene varios. Ninguno describe lo que hace.

Le pregunté por qué lo retiraba.

Y dijo:

Porque no rinde. Ocupa recursos durante meses. Reduce el sueño, reduce la ingesta, reduce la capacidad de decisión y reduce el rendimiento entre un cuarenta y un sesenta por ciento. Y no produce retorno de ninguna clase. Es la única función que un sistema sostiene sin obtener nada a cambio. Corregirlo es trivial.

La segunda.

Le dije que el duelo era lo que la gente tenía de la gente que se le había muerto.

Y él me corrigió. Sin subir la voz, sin ninguna intención de humillarme, con el tono de quien señala un error de cálculo:

—No. Tienen los registros. Tienen los objetos. Tienen la memoria completa: no he retirado un solo dato. Pregúntale a cualquiera de esa ciudad por su muerto y te dirá el nombre, la edad, dónde estaba, qué dijo la última vez.

Le dije que eso no es tener a alguien.

Y dijo:

—Enumérame lo que han perdido.

Y yo empecé a decir algo y me paré.

Y él esperó. Esperó de verdad, sin impaciencia, un rato largo, dándome la oportunidad.

Y después dijo:

—Nadie ha perdido nada que pueda enumerar.

Eso es lo peor que me han dicho en la vida y llevo ciento veinte años buscándole la respuesta.

La tengo. Ahora la tengo. Tardé ciento veinte años y un poemario mal escrito.

La respuesta es que lo que se pierde ahí no está en la lista porque no es una cosa que se tenga: es una cosa que se hace. El duelo no es lo que te queda de alguien. Es lo último que le haces.

Es el trabajo de aceptar que existió y ya no.

Y a esa gente le retiraron el trabajo y les dejaron el expediente.

La tercera es la que me hizo pelear, y no ese día: cuatro días después.

Le pregunté por qué a mí no.

Llevaba cuatro meses poniéndome en su camino todas las mañanas. Él lo sabía. Yo sabía que lo sabía. No lo habíamos mencionado ninguno de los dos.

Y dijo:

—Porque lo tuyo suena.

Yo no dije nada.

Ésa es la parte que quiero dejar bien puesta. No pregunté qué quería decir. No me alteré. No le pedí que se explicara.

Me quedé callada.

Porque supe inmediatamente a qué se refería, y porque en ese momento entendí que había alguien en el universo que sabía que yo hacía ruido, y llevaba setenta y dos años sin poder decírselo a nadie.

Y por un segundo —esto no lo he dicho nunca— por un segundo lo que sentí fue alivio.