Acto TERCERO · LA SOMBRA
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Habló él primero.
Fue en una escalera.
Un edificio del sector segundo, a medio caer, de los que se marcaron para tirar y que nadie tiraba porque el escombro tenía prioridad. Tres plantas, la fachada principal desprendida, la escalera en pie.
Yo subía a comer ahí. Todos los días, a mediodía, desde el segundo mes.
Subía porque desde el rellano del tercero se veía la costa nueva. Los ciento diez kilómetros de línea baja hundida, con el agua encima. Se veían enteros desde ahí, y el agua tenía a esa hora un color que no tenía a ninguna otra.
Me sentaba en el escalón de arriba y comía mirando eso.
No sé por qué necesitaba mirar todos los días una cosa que había salido mal por mi mano. Se me han ocurrido dos explicaciones y las dos me dejan peor.
Ese día había alguien sentado en el descansillo.
Y la primera sorpresa fue que tenía forma.
Yo llevaba cuatro meses viendo una zona sin borde en la que el agua se quedaba quieta. Lo que había en el descansillo era una persona sentada: dos brazos, dos piernas, la espalda apoyada en la pared, una mano sobre la rodilla.
De la altura de un hombre. Vestido de una manera que no me llamó la atención, que es lo raro, porque en cuatro meses en esa ciudad yo me había aprendido cómo se viste ahí.
Y tenía cara.
No puedo describirla.
Esto lo he intentado muchas veces y con mucha gente, y siempre acabo igual, y ya no me molesta: no puedo describir esa cara.
No era una cara borrosa. No estaba a contraluz. No llevaba nada puesto.
Yo la estuve mirando de frente, a dos metros, durante conversaciones que en total sumaron horas. Y si me pides ahora que diga si era ancha o estrecha, si tenía la nariz grande, si los ojos eran claros, no puedo.
Cada vez que intento acordarme, lo que tengo es la sensación de haber visto una cara perfectamente normal y de no haber retenido ni un dato.
Lo he comprobado con otra gente, mucho después, en otros sitios, con otros que lo vieron.
Ninguno pudo describirlo tampoco. Y todos creían que era cosa suya.
Yo me paré en el descansillo de abajo.
No dije nada. Me quedé quieta con la comida en la mano.
Y lo leí. Por costumbre, antes de decidir nada, como se lee a cualquiera que está sentado donde no debería.
Esto es lo que hay que mirar en alguien sentado, por orden de fiabilidad: dónde tiene el peso, qué hace con las manos, y adónde vuelve la mirada cuando la deja suelta.
El peso. Estaba apoyado en la pared con el peso repartido igual entre las dos caderas. Nadie se sienta así. Todo el mundo carga más de un lado, aunque sea poco, porque el cuerpo se cansa y busca. Un cuerpo con el peso perfectamente repartido es un cuerpo que no lleva ahí el tiempo suficiente para cansarse — o que no se cansa.
Las manos. Una sobre la rodilla. La otra a un lado, apoyada, con los dedos sueltos. Ninguna de las dos estaba haciendo nada, y eso es más raro de lo que parece: una mano parada tres minutos empieza a moverse sola.
La mirada. Estaba puesta en el sector cuarto y no se movió ni una vez en los diez o doce minutos que estuve ahí de pie.
Eso es lo que me hizo quedarme, y quiero que quede claro, porque no fue valor: fue que no encontré nada.
Yo llevaba ciento y pico años leyendo cuerpos y ese cuerpo no decía absolutamente nada. No decía calma —la calma se ve, tiene su respiración—. No decía tensión, ni espera, ni cansancio.
Era como mirar una silla.
Y él dijo, sin volverse, mirando hacia donde miraba:
—Estás perdiendo eficiencia.
Le pregunté quién era.
Y dijo:
—Eso no cambia nada de lo que voy a decirte.
Le pregunté qué quería.
Y dijo:
—Nada de ti. Estoy trabajando.
Y volvió a lo suyo.
Y lo suyo consistía en estar sentado mirando la ciudad.
Eso es todo lo que hacía. Estuve de pie diez o doce minutos en el escalón de abajo, esperando, con el cuerpo entero preparado para algo, y él estuvo diez o doce minutos sentado mirando hacia el sector cuarto sin moverse.
Al final subí, pasé por delante de él —a un metro— y me senté donde me sentaba siempre, cuatro escalones más arriba.
Y comí.
Los dos ahí. Sin hablar. Media hora.
Cuando me fui seguía sentado.