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Acto TERCERO · LA SOMBRA

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Me quedé cuatro meses más y ésta es la parte de la que no me enorgullezco.

Podría decir que me quedé estudiándolo. Es cierto. Levanté un registro, marqué recorridos en un plano de la ciudad, anoté sesenta y un pasos de la zona con hora y dirección, y de ese registro salió todo lo que he escrito en el capítulo anterior sobre el polvo y las llamas y los pájaros.

Es cierto y no es la razón.

Me quedé porque en cuatro meses no me lo hizo a mí.

Pasaba a diez metros. Pasaba a cinco. Un día pasó tan cerca que noté cómo se quedaba quieto el polvo del suelo a mi izquierda, a la distancia de un brazo.

Nunca por encima.

Y yo quería saber por qué.

Y en esos cuatro meses hice una cosa más, que es la que de verdad me quita el sueño y que sólo he escrito aquí.

Empecé a leer a los que ya habían pasado por debajo.

Los distinguía. A partir del segundo mes los distinguía a diez metros, en una calle, sin haberlos visto nunca antes.

No es que estuvieran tristes ni contentos ni ausentes. Es lo contrario: estaban perfectamente ordenados.

Un cuerpo normal está lleno de cosas a medio hacer. Una mano que empieza un gesto y lo deja. Una mirada que se va y vuelve. Un peso que cambia de pie sin motivo. Eso es lo que yo leo: los restos.

Los que habían pasado por debajo no tenían restos.

Iban del punto A al punto B. Cogían lo que iban a coger. Miraban lo que iban a mirar.

Y yo los leía en dos segundos, enteros, sin margen de error, y no había nada detrás.

Es decir: por primera vez en ciento cuarenta años yo era capaz de leer a todo el mundo perfectamente.

Y era horrible.

Yo llevaba la vida entera quejándome de que la gente es opaca, de que uno nunca termina de saber, de que hay que reconstruir a los demás a base de restos.

Y estuve cuatro meses en una ciudad donde eso se había acabado, donde todo el mundo era legible de una vez, y lo que descubrí es que la parte que no se deja leer es la persona.

Lo demás es logística.

Y aun así iba todas las mañanas a ponerme en su camino.

Sabiendo eso. Habiéndolo visto en cinco mil personas. Con la prueba delante todos los días.

Ésa es la explicación que di durante ochenta años y es media verdad. La otra mitad la escribo aquí y no la he dicho nunca en voz alta.

Todas las mañanas salía y me ponía en el sitio por donde iba a pasar.

No es una manera de hablar. Tenía el registro. Sabía sus recorridos con bastante aproximación: hacía cuatro rondas al día por sectores, con un patrón que se repetía cada tres jornadas.

Y yo calculaba dónde iba a estar, y me ponía ahí, y esperaba.

De pie. A veces cuarenta minutos. Con el ruido puesto, con Tepin sonando en el fondo desde hacía setenta y dos años, sabiendo perfectamente lo que le hacía a la gente esa zona cuando les pasaba por encima.

Sabiendo que si me pasaba por encima yo iba a salir del otro lado siendo una mujer razonable.

Cuatro meses.

Ciento y pico mañanas de una criatura de doscientos y pico años, que había cruzado ochenta y un mundos, poniéndose en mitad de una calle a ver si le quitaban lo único que le quedaba de once años.

Y sabiendo que no debía querer eso. Ésa es la parte importante. No fue una tentación en la que caí sin darme cuenta: yo me lo dije. Me lo dije muchas veces, en voz alta, algunas noches. Que no debía. Que era lo último que quedaba. Que si se iba, ella se iba del todo.

Y a la mañana siguiente salía y me ponía otra vez.

No sé qué hacer con esa información sobre mí misma.

La he tenido ciento veinte años y no he encontrado dónde ponerla. No encaja con ninguna versión de mí que me sirva.

Por eso la dejo escrita, que es lo único que se me ocurre hacer con las cosas que no encajan.