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Acto TERCERO · LA SOMBRA

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Lo entendí en un patio, viendo a una mujer.

Era el noveno día, por la mañana. Un patio interior de una casa del sector tercero, con la puerta a la calle abierta, y yo pasaba por delante.

Estaba sentada en el suelo con una caja al lado y otra caja delante.

En la de al lado estaban las cosas de alguien. En la de delante, dos montones empezados: lo que sirve y lo que no.

Lo hacía bien. Con criterio. Eso es lo primero que pensé, y me quedé mirando por eso, porque yo he tenido que hacer eso mismo dos veces en mi vida y sé lo difícil que es hacerlo bien.

Sacaba una cosa. La miraba un momento. La ponía en un montón.

Ropa doblada: al de lo que sirve, casi toda.

Un cuenco descascarillado: al de lo que sirve. Un descascarillado se usa igual.

Un par de zapatos gastados por dentro: al de lo que no, porque un zapato tomado a otro pie no vale.

Una figura tallada, pequeña, sin uso: se quedó un segundo con ella y la puso en el de lo que no sirve, que es la decisión correcta.

Iba rápido. Llevaba media caja.

Y hubo un momento, antes de la prenda, en que supe lo que iba a pasar.

Eso es lo que hace mi condición y lo que la vuelve insoportable en según qué sitios: yo veo llegar las cosas de la gente antes que la gente.

No es adivinación. Es aritmética.

Ella llevaba media caja. La caja tenía un orden: lo de encima era lo último que se guardó, y lo último que se guarda en la caja de un muerto es lo que estaba más a mano, que suele ser lo de diario. Debajo va lo doblado. Y en el fondo va lo que nadie usaba y por eso estaba guardado en otra parte.

Y lo que nadie usaba, en una casa donde había habido un niño de cuatro o cinco años, es lo del niño de cuatro o cinco años.

Yo hice esa cuenta cuando ella llevaba un tercio de caja. Sin querer. Como se calcula la distancia a lo que huye.

Supe que en el fondo de esa caja había ropa pequeña, y supe cuántas cosas le quedaban por sacar antes de llegar, y me quedé en la puerta mirando a una mujer avanzar hacia una cosa que yo ya sabía que estaba ahí.

Podría haberme ido. Se me ocurrió irme. Lo pensé con toda claridad y decidí quedarme, y eso también lo dejo escrito.

Y entonces sacó una prenda pequeña.

De niño. De unos cuatro o cinco años. Una cosa de nada, de las que se cosen en casa.

Y se quedó con ella en las manos.

Yo estaba a seis metros, en la puerta, y vi el momento exacto.

Se le paró la mano. Eso primero. La mano que iba a llevar la prenda a un montón se detuvo a media altura.

Después se le movió algo en la cara. No lloró. No hizo un gesto. Fue por debajo: un cambio pequeño en la mandíbula y en el borde de los ojos, de esos que preceden a todo lo demás.

Tres segundos.

Y le empezó a subir.

Se le veía subir. La gente cree que eso no se ve y se ve perfectamente si has estado cerca de alguien a quien le sube: se ve en los hombros antes que en la cara.

Cuatro segundos.

Y la zona le pasó por encima.

Yo la vi llegar. Venía desde la calle, por encima de la tapia, a la altura de un piso, y cruzó el patio de lado a lado en unos cuatro segundos.

Y lo que le estaba subiendo se acortó.

Ésa es la palabra y no tengo otra. No se cortó, no se paró, no se fue. Se acortó. Como se acorta una llama cuando le quitas el aire: no se apaga, se hace pequeña y se pone azul y sigue ahí, más baja, sin dar calor.

Los hombros le volvieron a su sitio. La mandíbula se le soltó. La cara se le puso en orden.

Y del otro lado quedó una mujer razonable clasificando ropa.

Miró la prenda pequeña otro segundo.

La puso en el montón de lo que sirve, que es la decisión correcta —una prenda de niño en buen estado sirve, hay niños— y sacó lo siguiente de la caja.

Y siguió, con criterio, bien, a buen ritmo.

Yo me quedé en la puerta un rato que no puedo calcular.

Y ahí entendí qué estaba haciendo.

No los mataba. No los enfermaba. No les quitaba a nadie.

Iba por una ciudad que acababa de perder cinco mil personas retirando, uno por uno, casa por casa, el proceso de dolerse. Y dejando absolutamente todo lo demás intacto.

La memoria intacta. Sabían quién había muerto. Sabían los nombres, las fechas, dónde estaban cuando pasó.

La capacidad de trabajo intacta y mejorada, porque el duelo es lo que estorba para trabajar y sin él se rinde un sesenta por ciento más.

El criterio intacto. La mujer del patio clasificó bien. Todas sus decisiones eran correctas.

Todos sabían quién había muerto.

Ninguno lo estaba sintiendo.