Ciclo del Origen · Fase I · Libro III
PARA ABY
50 poemas · 4 tiempos · 47 minutos
Los papeles no estaban en orden. Estaban en una caja, sin fecha, escritos en lo que hubiera: corteza, tela, el reverso de un recado. Doscientos años de alguien que escribía cuando no podía hacer otra cosa.
Los ordené yo.
Están mezclados a propósito. Algunos son cantos. Otros son intentos de canto. Uno es una lista. Tres no son nada.
Hay una cosa que se repite y tardé en verla. Empieza diciendo ya ha llegado el que trae, y lo dice cuatro veces a lo largo de doscientos años, y las cuatro veces significa una cosa distinta.
La última vez ya no lo dice él.
— A.
«Ya ha llegado el que trae. Preguntadle qué trae para él.»
Chiltic no era poeta y lo sabía. Se lo dijeron de niño y estuvo de acuerdo. Escribía cuando no podía hacer otra cosa, en lo que hubiera a mano —corteza, tela, el reverso de un recado—, y no le enseñó una sola hoja a nadie en doscientos años.
Este libro es esa caja, ordenada después por quien la recibió. Se lee en la tradición del cuícatl: el difrasismo que nombra una cosa con dos, la epífora que devuelve el mismo verso al final de cada estrofa, el estribillo que vuelve cambiado. Ningún poema sube en el último verso. Ninguno pide nada en el Tiempo Cuarto.
Es el libro más corto del Ciclo del Origen, el único escrito por alguien que no sabía que estaba escribiendo un libro, y el único que su destinataria leyó ciento veinte años después de que ya no sirviera de nada.
TIEMPO PRIMERO · ANTES
I
(canto de entrada)
Ya ha llegado el que trae.
Trae recados. Trae cuchillos. Trae lo que le pidan.
Ya ha llegado el que trae
y no trae nada suyo.
Nací con el frío y la hora de las tres:
lo insoportable y lo hermoso, juntos, sin separarse nunca.
Los otros tenían una sola temperatura.
Podían decir tengo frío y era cierto.
Ya ha llegado el que trae.
Preguntadle qué trae para él.
Nadie me llamó.
II
(métrica de ocho — ese día tenía las manos quietas)
Nos llaman escamosos y no saben que dicen la mitad.
Somos la escama y el rescoldo:
lo que se ve y lo que no se apaga.
El rescoldo guarda el frío.
El frío guarda la casa
que nadie ha llamado mía.
Nos ven la piel y nos tasan.
Nadie pregunta debajo.
Nosotros no lo decimos:
quien enseña dónde arde
enseña dónde apagarlo.
Nadie me llamó.
III
(los días buenos)
La luz caía sobre las torres podridas
igual que sobre las torres buenas.
El aire olía a metal tibio.
Había una hora, entre dos y tres,
en que hasta los amos se callaban.
Yo servía, robaba, mentía.
Y a las tres levantaba la cabeza
y el mundo era insoportablemente bello.
Nadie me llamó.
IV
(inventario)
Dos manos buenas.
Una lengua rápida.
Tres deudas.
Un cuchillo que no uso.
Un nombre que no es el mío.
La costumbre de dormir de lado.
Las manos y el nudo: eso me enseñaron.
Nada más. Nada más hacía falta.
Nadie me llamó.
V
(ensayo — cuatro entradas y ninguna llega)
Por qué hacía cosas malas.
Porque podía. — Eso le dije a un guardia. Mentira cómoda.
Porque el mundo me lo hizo primero. — Cierto y no es la razón.
Porque subía algo tibio cuando alguien me miraba sabiendo que fui yo. — Se
acerca. Falta.
Porque —
No sé empezar.
Nadie me llamó.
VI
(manual, en voz de oficio)
Para ser frío hay que ser un hijo de puta primero.
No al revés.
Al que sólo finge distancia se le ve el hilo,
y por el hilo lo jalan.
Hágase una cosa imperdonable.
Una. Bien hecha. Sin público.
Después ya nadie le busca los ojos.
Nadie me llamó.
VII
(pregunta)
No es tristeza: la tristeza tiene fondo.
No es rabia: la rabia va hacia algún lado.
Es estar de pie en el borde de un pozo que soy yo
mirando el agua y no reconocerla.
¿Dónde habría de mirarse uno para verse sin miedo?
Nadie me llamó.
VIII
(retrato de un hombre razonable)
Uno de los amos me enseñó a leer.
Le daba lástima que yo fuera listo y no supiera.
El mismo firmó el papel donde yo valía menos que un caballo.
Las dos cosas las hizo de buena fe.
No hace falta maldad para hacer daño.
Basta con no revisar lo que ya estaba escrito.
Nadie me llamó.
IX
(canto de los que no pudieron)
A algunos les creció todo hacia afuera:
la espalda, la quijada, la fuerza.
Hacia adentro no les creció nada.
No sabían contenerse
porque enseñarles era delito,
y era delito
porque no sabían contenerse.
Los llamaban bestias.
Yo los vi llorar con una cara que no podía llorar.
Nadie los llamó.
X
(pregunta)
La ciudad no mata. Cambia las cosas de sitio.
Un día lo que te daba vergüenza te da risa,
y lo que te daba risa te da vergüenza,
y no recuerdas cuándo se movieron.
¿Dónde habríamos de estar donde nada nos cambiara de sitio?
Nadie me llamó.
XI
(lo que se hereda)
Mi madre tenía la escama gastada en el mismo punto que yo.
Su madre también.
La piedra y la escama gastada: eso heredamos.
Trescientas generaciones frotando.
No sé qué buscábamos. Sé que seguimos frotando.
Nadie me llamó.
XII
(oración de un ser sin dioses — escrita borracho)
No pido perdón: no hay quien.
No pido que me entiendan: no hay con qué.
Pido una cosa y se la pido al aire,
que es lo único que me escucha:
que si alguna vez viene hacia mí algo tibio
yo no esté tan bien entrenado
como para no reconocerlo.
El aire no contestó.
Nadie me llamó.
TIEMPO SEGUNDO · LOS CUERPOS
XIII
(acta)
Salimos ciegos y calientes.
Nueve días no somos nada.
La escama viene después, blanda,
como papel mojado que se seca encima.
Al noveno día abrimos los ojos
y lo primero que vemos
decide de qué color los tendremos siempre.
Yo abrí los ojos hacia un muro.
Así fuimos.
XIV
(los nueve días)
Nadie los recuerda. Nadie.
Y todos los llevamos:
por eso ninguno soporta el silencio entero,
y por eso todos, al dormirnos,
buscamos algo caliente con el pie.
Lo que no se recuerda no se va: se muda de sitio.
Así fuimos.
XV
(quince años)
A los quince endurece la escama
y con ella endurece la voz.
Es el año en que aprendes que la mentira funciona.
Es el año más peligroso:
funciona demasiado bien
y nadie te avisa que también funciona hacia adentro.
Así fuimos.
XVI
(las manos)
Cinco dedos, uno opuesto.
Buenas para el nudo, para el filo, para robar,
para sostener la cara de alguien.
Toda mi vida las usé para lo primero.
Así fuimos.
XVII
(cuarenta)
Anchos de hombro, delgados de cadera,
la quijada larga,
los ojos hacia el costado
—para ver quién se acerca,
no para ver de frente—.
Un cuerpo hecho por el miedo de otros
y perfeccionado por el nuestro.
Nada en mí fue diseñado para el encuentro.
Así fuimos.
XVIII
(los que crecieron mal)
No enfermos. Grandes.
Brazos que no cierran. Espinas donde no van.
Un cuerpo que se pasó de fuerza
como se pasa de sal una comida.
Los encerraban.
Ninguno llegó a viejo.
Los llamábamos bestias también nosotros.
Así fuimos.
XIX
(la muda — doce versos, uno por año)
Cada doce años se cae todo.
La escama entera, en placas.
Una semana horrible.
Debajo queda una piel nueva
que duele con el aire.
Esos días no salimos.
Esos días somos lo que somos.
Doce veces en mi vida fui blando.
Doce semanas de doscientos años.
Una cayó cuando ella estaba.
No lo planeé.
No supe esconderme.
Así fuimos.
XX
(viejo)
Al final la escama se pone mate
y el rescoldo de abajo se ve.
Por eso los viejos brillan un poco de noche
y por eso los niños les tienen miedo.
No es magia: es que ya no queda tapa.
Toda la vida escondiendo la brasa
para acabar alumbrando sin querer.
Así fuimos.
XXI
(el chile)
Piedra molida. Raíz amarga. Carne cuando hay.
Y chile.
El chile no alimenta: el chile avisa.
Te recuerda que tienes boca, garganta, ojos,
que estás entero y estás aquí.
Un pueblo que pasa el frío y la hora de las tres
necesita algo que le duela sin hacerle daño.
Así fuimos.
XXII
(el nombre)
Entre nosotros el nombre se gana.
Hasta entonces te llaman por lo que haces.
A mí me llamaron el que trae.
Nunca gané otro.
¿Cuántos años ha de servir uno
para que alguien se moleste en nombrarlo?
Así fuimos.
TIEMPO TERCERO · ELLA
XXIII
(el día — salió entero de una vez)
Yo iba de paso.
Ella estaba sentada donde no debía,
mirando el chile y el cielo:
lo ordinario que resultó ser todo.
No supe qué decir,
y de lo que traía lo único que se ofrece es comida.
Le di un chile.
Se rió de mí. Se lo comió entero.
Lloró de picante y siguió riéndose.
Ya ha llegado el que trae,
y por primera vez alguien le preguntó qué traía.
XXIV
(declaración de un sentimiento que no conocía)
Voy a escribir esto sin saber cómo se llama.
Era un dragón y yo había visto dragones. No era eso.
Era que estaba entera de un modo que yo no había visto:
sin dos temperaturas, sin doble fondo,
diciendo tengo frío y siendo verdad.
Doscientos años volviéndome experto en gente
y en una tarde no supe leer a una sola persona.
No sé cómo se llama. Sé que empezó ahí.
XXV
(el sonido)
Ella tiene un sonido.
No lo hace la boca. Viene de más adentro,
de donde ya no hay nombre para las partes.
Un chirrido. Bajo. Que no para.
La primera noche creí que era el viento en algo suelto
y me levanté a buscarlo.
No había nada suelto.
Le pregunté qué era. Dijo un nombre pequeño y no dijo más.
Y a mí, que me gano la vida encontrando
por dónde se rompen las cosas,
eso no se me quita con nada.
XXVI
(los ojos nuevos)
Después de conocerla empecé a ver mal.
Veía cosas que no servían para nada:
cómo se dobla un tallo bajo el peso de un insecto,
cómo cambia la luz cuando alguien va a decir algo,
cuánto pesa una hora.
Perdí el ojo del oficio y gané el ojo inútil.
¿Con qué ojo habría de mirarse el mundo
para que valiera la pena mirarlo?
Es lo mejor que me ha pasado y me arruinó el negocio.
XXVII
(dos versos, porque más no aguanto)
La quería tener.
No la quería amar: amar es dejarla elegir todos los días,
y algún día podía elegir que no.
XXVIII
(lo que ella arriesgó)
Dejó un camino por mí.
No uno cualquiera: el suyo, el que traía andando desde antes.
Lo dejó sabiendo lo que dejaba
y no me lo cobró nunca, ni cuando podía.
Yo recibí eso como quien recibe un préstamo
y no como quien recibe una decisión.
XXIX
(catarsis — salió así, no lo corrijo)
no hubo una traición grande ojalá hubiera habido una traición grande una cosa
que señalar y decir fue eso fue ahí
hubo cien días pequeños una respuesta corta una verdad que me guardé una noche
en que preguntó algo y cambié de tema y se dio cuenta y no dijo nada y yo vi que
se daba cuenta y tampoco dije nada
la piedra y la escama gastada
trescientas generaciones frotando el mismo punto
XXX
(la partida)
Me fui yo. Que quede escrito.
No me echó. No dejó de quererme. No encontró a otro.
Me fui porque no aguanté que me viera,
y no aguanté que me viera
porque estaba empezando a ver bien.
XXXI
(pregunta)
Los años sin ella no fueron dramáticos. Ése es el horror.
Comí. Trabajé. Mentí. Me reí de cosas.
Un día me encontré silbando.
¿Adónde habría de irse uno para que doliera lo que debe doler?
XXXII
(a la manera de los antiguos)
Odio lo que soy y amo lo que ella hizo de mí,
y no sé cómo caben los dos.
Lo siento, y de sentirlo me deshago.
XXXIII
(la cuenta)
Ella sabía que yo era tonto. No lo sospechaba: lo sabía.
Y se quedó igual. No por ciega:
había hecho la cuenta y le salía que valía la pena.
Nadie me había hecho una cuenta así.
No supe qué hacer con el resultado
y decidí no creerlo,
que es la manera educada de rechazar algo.
XXXIV
(el regreso)
Volví.
Sin discurso. No traía nada que decir.
Me paré donde pudiera verme y me quedé.
Tardó en mirarme.
Cuando lo hizo no había perdón en la cara.
Había cansancio, y debajo algo terco que no se había muerto.
Ya ha llegado el que trae,
y esta vez no traía nada, y por eso lo dejaron entrar.
XXXV
(los treinta días)
Lo difícil no fue volver. Fue el mes siguiente.
Estar en el mismo cuarto sin saber qué se puede preguntar.
Ir a decir algo y calcular primero si duele.
Reírnos y que la risa se caiga a mitad.
Nadie cuenta esa parte.
Todos cuentan la puerta que se abre.
XXXVI
(el chirrido, otra vez)
Bajó.
No se fue: bajó.
Ahora hay noches en que no lo oigo y me despierto asustado
buscándolo, como quien busca la respiración de alguien.
Dicen que se oye lejos. Que hay gente que no sabe qué le pasa
y abraza a los suyos sin saber por qué.
Ella carga eso desde antes de mí.
Yo no lo puse y no lo quito.
Lo único que puedo hacer es estar cuando suena.
TIEMPO CUARTO · LA DESPEDIDA
XXXVII
(ensayo — intento uno)
Quiero decirle una cosa antes de irme
y llevo cuatro días sin poder empezarla.
No es que no sepa cuál es. La sé.
Es que cada vez que la escribo
se convierte en otra más pequeña.
Sólo ensayo cantos.
XXXVIII
(la ocurrencia)
Se me metió una idea:
que tenía que hacer algo grande por ella.
No preguntarle qué quería. Hacer algo grande.
A un ser al que nunca le dieron nada
no le enseñaron a recibir,
y para no recibir se pone a dar
hasta que lo dejen en paz.
XXXIX
(el error, en tres líneas)
Ella quería que estuviera.
Yo entendí: tengo que salvarla.
Le entendí una hazaña donde pedía una silla al lado.
XL
(lo que no vamos a hacer)
Ya no vamos a discutir por una tontería y arreglarlo esa misma noche.
Ya no vamos a envejecer viendo cómo se le pone mate la escama.
Ya no voy a aprender a callarme.
Ya no vamos a tener una casa fea que nos guste.
Ya no voy a verla despertar sin querer despertar.
Ya no vamos a aburrirnos juntos, que era lo único que yo no había probado.
Ya no.
XLI
(pretérito — lo escribo ya ocurrido)
Me morí un martes, lejos,
haciendo un trabajo que no entendí bien.
No hubo nadie. No hizo falta.
Me morí como se muere el que va a un sitio
a cambiar una cosa por otra
y descubre tarde que la moneda era él.
XLII
(pretérito — el Mictlán)
Bajé.
El viento de navajas. La montaña que corta.
El perro que mira el corazón y decide.
Me dejaron pasar.
Dijeron que vieron algo que valía.
No dijeron qué.
Toda la vida creyéndome basura
y los señores de los muertos me miraron una vez
y encontraron algo.
XLIII
(pretérito — sobre entregarlo todo)
Dicen que morir por alguien es entregarlo todo.
Es mentira, y lo supe tarde:
morir es entregar lo que ya no vas a usar.
Lo caro era lo otro:
quedarme. Todos los días. Con los silencios.
Elegí la muerte porque era más fácil.
XLIV
(ensayo — intento dos)
A ver.
Lo que quiero decirle es que no hice nada por nadie en doscientos años.
Nada. Ni una vez. Y que eso no me pesaba.
Y que después la conocí y seguí sin hacer nada por nadie —
no, esto tampoco es.
Sólo ensayo cantos.
XLV
(el sol)
No somos de fuego, aunque nos pinten así.
Somos de el sol y el paso: arder y no detenerse.
El sol arde sin decidirlo. No puede parar. No le preguntan.
Y todo lo que vive alrededor
vive porque él no se detiene.
Eso quisiste saber en toda tu travesía:
qué hace dragón a un dragón.
Te lo escribo aquí porque no voy a poder decírtelo.
Tú eres las dos.
Yo fui la mitad: ardí, y me detuve
cada vez que hacía falta seguir.
XLVI
(razón y corazón)
Me dijeron toda la vida que peleaban.
No pelean. Están cosidos.
No razonas lo que amas —eso se siente—
pero razonas lo que sientes,
y ahí está todo lo que un ser puede hacer con su vida.
La razón del amor es el sinsentido del entendimiento.
XLVII
(gracias — de un tirón, sin corregir)
Gracias.
No por quererme, que eso no se agradece porque no se pide.
Gracias porque yo no había salido nunca. Doscientos años en tres calles. Y salí
al mundo por ti, y vi planetas, y bajé al lugar de los muertos, y aprendí una
técnica antigua que nadie de los míos aprendió jamás, y todo eso lo hice por una
razón sola y no me da vergüenza:
porque existías.
No hice nada por nadie en toda mi vida.
Hice todo por ti.
Y estoy contento.
XLVIII
(ensayo — intento tres, el último)
Lo que quiero decirle es —
No me sale.
Llevo cincuenta hojas.
No me va a salir.
XLIX
(el reconocimiento)
No te reconocí como igual.
No te reconocí como justa.
No te reconocí como mía.
No te reconocí como sentido.
No te reconocí como salvación.
Te reconocí como el ser más bello
de todos los globos terráqueos que pudieran existir,
y existían muchos, y los vi casi todos,
y ninguno tenía nada parecido a ti.
L
(para Aby)
Ya se fue el que trae.
No dejó recados. No dejó cuchillos.
Dejó lo único suyo, que son cincuenta hojas
donde no dice lo que quería decir.
Sé que el chirrido sigue.
No se lo quitó nadie y menos yo.
Si despiertas y no estoy, no me busques abajo.
Ya bajé y no sirvió.
Búscame en la hora de las tres,
cuando la luz cae sobre lo podrido igual que sobre lo bueno.
Ahí voy a estar, tonto como siempre,
sin entender nada,
con un chile en la mano por si vuelves.
Eran cincuenta. Los conté tres veces.
*No dice lo que quería decir. Lo intentó tres veces y las tres lo dejó a mitad,
y la tercera escribió que no le iba a salir.*
Pero está el cuarenta y siete.
*Y el cuarenta y siete no es un canto ni un ensayo. Es alguien dando las
gracias por haber existido yo.*
Lo dijo. No supo que lo había dicho.
— A.