Acto SEGUNDO · EL VASTO
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Al tercer año me llegó una petición de auxilio de un sitio a nueve saltos.
He dicho muchas veces, a mucha gente, que la acepté porque había que aceptarla.
Es mentira. Hubo ocho más esa temporada y las ignoré todas.
Las peticiones llegan por la red de tránsito, que es un sistema viejo y lento por el que circulan avisos entre sistemas habitados. La mayoría son comerciales. Algunas no.
Ocho ignoradas:
Un brote en un sitio a cuatro saltos, que necesitaba transporte de suministro. Ignorada.
Un derrumbe minero a seis, que necesitaba a alguien con fuerza. Ignorada.
Un rescate de una nave partida, a tres. Ignorada, y ésa me pesa, porque a tres saltos yo habría llegado.
Cinco más que ni siquiera abrí.
Y la novena la acepté.
No sé por qué. He inventado razones durante mucho tiempo y todas se caen. La única diferencia entre la novena y las otras ocho es que llegó un martes y yo llevaba dos días sin hablar con nadie.
El sitio. Un mundo joven. Corteza fina, mucha agua, poco suelo estable. Población de cinco millones concentrada en dos franjas costeras porque el interior no aguanta peso.
El problema. Una falla de deslizamiento bajo la plataforma continental, con un desplazamiento acumulado que iba a soltar en algún momento entre los siguientes cuatro meses y los siguientes doscientos años.
Esa horquilla es lo que hace imposible cualquier plan sensato. No puedes evacuar cinco millones de personas durante doscientos años.
Lo que había que hacer. Repartir el deslizamiento. En vez de que la falla suelte de golpe una vez, hacerla soltar mil veces en pequeño.
Y eso sólo se puede hacer empujando el espacio.
No hay otra manera. No hay máquina que llegue a esa profundidad ni que reparta una tensión así. Lo que se hace es meter el empuje en el plano de la falla, en puntos calculados, y hacer ceder el grosor en pequeñas cantidades y en muchos sitios.
En toda esa región había dos que sabíamos hacerlo.
El otro llevaba ochenta años muerto.
Y antes de empezar tuve que leer a un consejo entero, que es lo que de verdad cuesta en estos trabajos.
Porque el trabajo técnico es lo fácil. Lo difícil es que once personas que no te conocen te dejen hacerle algo irreversible a la corteza del planeta en el que viven sus hijos.
Fue una sala con once. Yo llevaba dos días sin dormir y una petición de auxilio en la mano.
Cinco estaban decididos antes de entrar. Se sabe por dónde se sientan: los decididos se sientan cerca de quien piensa como ellos. Había un bloque de tres a la derecha y un par a la izquierda, y ninguno de los cinco me miró al entrar.
Cuatro no tenían opinión y esperaban. Ésos sí me miraron, y me miraron demasiado, que es lo que hace el que va a votar lo que vote la sala.
Uno estaba en contra y no lo iba a decir. Ése fue el más fácil: tenía los brazos cruzados desde antes de que yo hablara y no los descruzó ni una vez en cuarenta minutos, y las dos veces que alguien dijo algo a favor él miró la mesa.
Y una mujer, al fondo, no encajaba en ninguna de las tres.
Estaba inclinada hacia adelante. Tenía las manos abiertas sobre la mesa. Y cada vez que yo daba una cifra ella hacía una pausa mínima, como quien la anota mentalmente para comprobarla después.
Era la única de los once que estaba tratando de entender lo que yo decía.
Así que hablé para ella.
Es lo que se hace. No se convence a una sala: se convence a la persona que la sala va a mirar cuando llegue el momento de decidir, y esa persona casi nunca es la que preside.
Le expliqué a ella lo del reparto de la falla. Le di los números a ella. Cuando el de los brazos cruzados puso una objeción sin ponerla —una pregunta capciosa, formulada como duda técnica— le contesté a ella.
Tardó treinta y cinco minutos en hablar.
Y cuando habló dijo cuatro frases, y la sala votó nueve a dos.
Nunca supe su nombre. Nunca volví a hablar con ella. Cinco meses después me fui de ese planeta y no la busqué.
Ciento veinte años más tarde, contando esto, me doy cuenta de que salvé cinco millones de personas porque supe a quién mirar en una sala.
Y de que no fui capaz de preguntarle a Chiltic, en veintidós años, de dónde era.
Cinco meses.
Ochocientos catorce empujes, que están anotados con su punto, su fecha y su profundidad.
Voy a decir qué es hacer ochocientos catorce empujes en cinco meses, porque cuando lo cuento la gente oye una cifra y no oye nada.
Un empuje bueno, de los de trabajo, cuesta entre seis y diez horas de recuperación. Uno grande cuesta dos días.
Yo hacía entre cuatro y siete al día.
Eso significa que durante cinco meses estuve permanentemente por debajo de mi cuerpo. No dormí una noche entera. Comí sin hambre, por obligación, cuatro veces al día, cosas blandas porque a partir del segundo mes masticar me costaba.
Al tercer mes empecé a sangrar por la nariz sin motivo, dos o tres veces al día.
Al cuarto perdí la sensibilidad de tres dedos de la mano izquierda, que volvió después, casi entera.
No lo cuento para que se me admire. Lo cuento porque quiero que quede claro qué estado tenía yo la noche en que apareció.
Salió bien, más o menos.
Ésa es la fórmula y la voy a explicar porque la fórmula es una infamia.
Se salvó el suelo. La falla soltó repartida, como se había planeado, a lo largo de seis semanas, con cientos de temblores pequeños en vez de uno grande. La plataforma no cedió. Las dos franjas costeras siguen ahí.
Se perdió la costa. Unos ciento diez kilómetros de línea baja que se hundieron medio metro y se inundaron, porque medio metro en una costa baja es todo.
Murieron unos cinco mil.
Cinco mil es lo que se llama salir bien cuando lo otro eran cinco millones.
Yo he tenido esa conversación cuatro veces con cuatro personas distintas y las cuatro me dijeron que había salido bien, y las cuatro tenían razón, y yo asentí las cuatro veces.
La última noche estaba tirada en una playa que cinco meses antes no existía.
Playa nueva: la que se forma cuando el agua sube y encuentra tierra que no era playa. Se conoce porque no tiene la arena hecha. Está llena de cosas que no son de la playa — tierra, raíces, trozos de cosas.
Yo estaba tumbada boca arriba con el cuerpo destrozado de la manera específica en que lo destroza la técnica, que no es dolor: es una especie de vaciado. Como si lo que te sostiene por dentro se hubiera gastado y sólo quedara la forma.
Llevaba tres días sin hacer un empuje. Al día siguiente me iba.
Y vi pasar una sombra por encima del agua.
No era sombra de nada.
Miré arriba inmediatamente, porque es lo que se hace. No había nada. Cielo despejado, sin nubes, sin nada volando, sin luna que estuviera en posición.
La sombra iba despacio. En línea recta. Paralela a la orilla, a unos cincuenta metros de mí, en dirección a la ciudad.
Tenía unos veinte metros de ancho y no tenía forma: no era redonda, no era alargada, no tenía borde definido. Era una zona en la que el agua estaba más oscura.
Y por donde pasaba, el agua se quedaba quieta.
Eso es lo que me hizo levantarme.
No la sombra. El agua.
Había oleaje. Poco, pero había: el que hay siempre en una costa baja al atardecer. Y en la franja por donde iba pasando la sombra, el agua se quedaba plana. Como se queda una tela cuando le pasas la mano por encima.
Y cuando la sombra había pasado, el oleaje volvía.
Estuve mirando hasta que se metió en la ciudad y dejé de verla.
Y esa noche no dormí, otra vez, pero por primera vez en cinco meses no fue por el cuerpo.