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Acto SEGUNDO · EL VASTO

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Estuve dos años sin salir de ese planeta y no voy a contar esos dos años.

No por pudor. Por precisión: no hay nada que contar. Dos años son setecientos y pico días y no tengo materia para un párrafo.

Lo que sí voy a decir son tres cosas, porque sirven.

La primera. El ruido volvió a subir.

Subió despacio, a lo largo del primer mes, y se estabilizó donde había estado el primer mes en el planeta feo, con la tierra rojiza todavía en las manos.

Exactamente ahí. La misma altura. Yo tenía la referencia porque una se acuerda de esas cosas mejor que de las caras.

Sesenta años de bajada, deshechos en cuatro semanas.

La segunda. Descubrí una cosa desagradable sobre mí misma, que es que puedo estar perfectamente.

Comía. Iba a trabajar. Arreglaba canalizaciones y se me daban bien, y en ese periodo hice el mejor trabajo técnico de mi vida en ese distrito, y me lo reconocieron.

Alimenté el fermento todos los días. Cuatro dedos rasos.

Cambié la junta de la bomba del patio.

Fui a buscar a Metel el del carro y le pagué los nueve, y él dijo que no hacía falta, y yo le dije que sí, y se los pagué, y volví a casa.

Dos años. Y por fuera no había absolutamente nada que ver.

La tercera es la única que se puede contar como escena.

Fue una mañana, en la cocina, hirviendo agua.

Y me encontré silbando.

No una melodía triste. Una tontería, una cosa de tres notas de las que se silban sin pensar mientras se espera que hierva algo.

Y me paré en seco.

Y me senté en el suelo, ahí mismo, con la espalda contra el mueble y las piernas estiradas, y no me volví a levantar.

El agua hirvió. Siguió hirviendo. Se fue evaporando durante un tiempo que no puedo calcular porque yo no estaba contando nada.

La olla se quedó seca y el fondo se puso al rojo y después negro, y empezó a salir humo, y el humo llenó la cocina y después el resto de la casa, y a mí me picaban los ojos y no me moví.

Y en esos dos años pasó una cosa que no he contado y que es lo peor de todo el periodo.

Dejé de leer a la gente.

No lo decidí. Un día, en el mercado del pueblo, un hombre me estaba diciendo algo y yo lo estaba oyendo, y de pronto me di cuenta de que llevaba cuatro frases sin mirarle las manos.

Nunca me había pasado. Ni una vez en ciento cuarenta años. Es lo primero que hago y lo hago antes de decidir hacerlo, como se mira dónde está la salida.

Probé a propósito. Me senté en la plaza —donde había pasado tardes enteras haciéndolo, en cuatro mundos, para no oír el ruido— y me puse a mirar gente.

Y no salía nada.

Veía los cuerpos. Veía los pies, las manos, las distancias. Los datos estaban todos. Y no se juntaban. Era como mirar una columna de cifras correctas sin sacar la suma.

Estuve así catorce meses.

Y aquí está lo que aprendí y lo que no le he dicho a nadie:

leer a otros exige que a uno le importe qué van a hacer.

Todo el mecanismo depende de eso. Uno calcula la distancia a lo que huye porque le importa que huya. Uno mira si una mano se decide porque le importa qué va a hacer esa mano.

En esos dos años a mí no me importaba nada de nadie.

Y por eso volvió después, entero, cuando volví a salir y hubo un mundo joven con cinco millones de personas encima de una falla.

No volvió porque me curara. Volvió porque tenía un trabajo.

Vino un vecino a golpear la puerta.

Yo desde el suelo le dije que estaba bien, que era la comida.

Y él dijo bueno y se fue, porque cuando alguien te dice desde dentro que está bien, tú te vas.

Esa olla la tiré. La casa olió tres semanas.

Y al mes siguiente empecé a preparar el vehículo.