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Acto SEGUNDO · EL VASTO

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El octavo año empezó a estar en otra parte.

No es una manera de hablar y quiero que se entienda literalmente, porque cuando se lo he contado a alguien siempre asiente demasiado rápido, como si supiera de qué hablo, y no lo sabe.

Estaba en la habitación y no estaba.

Le hablabas y tardaba. No mucho: medio segundo, un segundo. Lo suficiente para que hubiera un hueco entre la pregunta y el momento en que él la recibía. Contestaba bien, contestaba con sentido, pero contestaba desde un sitio al que la frase había tardado en llegar.

Se le quedaba la cara puesta en una cosa cualquiera. Un cajón. La tapia del patio. Una mancha. Y ahí se quedaba dos minutos, tres, con los ojos abiertos y sin mirar.

Comía menos. Eso lo noté tarde, porque comía a horas y el que come a horas parece que come.

Y empezó a hacer una cosa que no había hecho nunca: salir a andar por la noche. Se levantaba a la hora que fuera, se vestía en silencio, salía, y volvía al cabo de dos o tres horas.

La primera vez le pregunté al día siguiente adónde iba.

Dijo que a ninguna parte.

Y era verdad. Lo comprobé una noche, siguiéndolo, cosa de la que no me enorgullezco. Salió del pueblo por el camino del este, anduvo cuarenta minutos, se paró, se sentó en una piedra, estuvo hora y media sentado, y volvió.

No hizo nada. No se encontró con nadie. No miró nada en concreto.

Estuvo hora y media sentado en una piedra a oscuras y después volvió a casa y se acostó.

Le pregunté tres veces.

La primera fue de refilón, un mediodía, mientras hacíamos otra cosa. Le dije: te noto raro.

Dijo que no era nada.

Y yo lo dejé, porque ésa es la respuesta que se da y porque insistir a la primera es una cosa que no se hace.

La segunda, una semana después, con más cuidado. Le dije que llevaba un tiempo distinto, que si le pasaba algo, que si era el trabajo.

Dijo que estaba cansado.

Y yo lo dejé otra vez. Y esta vez sí me di cuenta de que lo estaba dejando —de que estaba eligiendo creerme una respuesta que no me creía— y lo hice conscientemente, porque era media tarde de un día normal y porque no tenía ganas.

Lo pongo así porque es así. Yo tampoco quería abrir nada.

La tercera la hice mal.

Fue en la cocina. A media tarde. Sin preparar nada.

Él estaba de pie con las manos apoyadas en la mesa, mirando hacia la puerta del patio, otra vez con la cara puesta.

Y yo, desde el otro lado, sin pensarlo, le dije:

—Te estás yendo.

Y aquí conviene decir que yo lo sabía desde hacía dos meses.

Lo tenía leído. No en una cosa: en catorce, y las tenía contadas, que es lo que hace uno cuando quiere convencerse de que se equivoca.

Había dejado de tocarme al pasar por detrás. Durante veinte años, cuando pasaba por detrás de mí en la cocina, me ponía dos dedos en la espalda sin mirar y sin decir nada, como se aparta uno de un mueble. Dejó de hacerlo en algún punto del séptimo año, y yo lo noté a la semana.

Había empezado a contestarme completo. La gente que está con alguien contesta a medias: , ya, un ruido. Él empezó a contestarme con frases enteras, bien construidas, del modo educado en que se le contesta a un conocido.

Y había dejado de quejarse de la casa fea.

Ésa fue la peor de las catorce, porque esa queja era nuestra. Era la broma que llevábamos siete años repitiendo, todos los meses, sin variar una palabra. El día que me di cuenta de que llevaba un tiempo sin decirla me senté en el patio y estuve ahí hasta que se hizo de noche.

Yo tenía las catorce. Ordenadas. Con fechas aproximadas.

En cualquier otro sitio del universo, con cualquier otra persona, yo habría dicho el resultado en voz alta a la tercera semana. Es lo que hago. Es lo que llevo ciento y pico años haciendo con desconocidos en mercados.

Con él estuve dos meses fingiendo que no sabía leer.

Por eso se lo dije mal —en la cocina, a media tarde, sin preparar nada—: porque no fue una pregunta. Fue que se me acabó la paciencia de fingir.

Y él no lo negó.

Eso es lo peor que ha pasado en veintidós años. No lo que dijo después. Eso.

Un hombre al que le dices te estás yendo y que no se está yendo, dice que no. Lo dice inmediatamente, con fastidio, sin pensarlo, porque es lo que se contesta a una acusación falsa.

Él se quedó con las manos en la mesa.

Y hubo un silencio de tres o cuatro segundos que fue el silencio más largo de mi vida, y en esos tres o cuatro segundos yo tuve tiempo de entender toda la situación entera, que es una cosa que le pasa a una muy pocas veces.

Y después empezó a hablar.

Habló bastante rato.

Habló de una idea que tenía. De un sitio al que quería ir, que estaba lejos y del que había oído cosas. De algo que tenía que resolver antes. De que había pensado mucho, y de que no era por mí, y de que llevaba tiempo dándole vueltas.

Dijo cosas razonables. Dijo tres o cuatro cosas que eran verdad. Dijo dos que yo sabía que eran mentira y no lo interrumpí.

Habló, calculo, once o doce minutos seguidos, que era muchísimo para él.

Y a mitad me di cuenta de una cosa.

No me estaba explicando.

Se estaba convenciendo.

Se le notaba en la construcción de las frases: no iban dirigidas a mí. Iban dirigidas hacia adelante, apilándose, cada una apoyándose en la anterior, como se apilan los argumentos cuando uno está haciendo la cuenta en voz alta y necesita que le salga.

Yo estaba de espectadora en el momento exacto en que un hombre terminaba de decidir algo.

Y no dije nada.

Podía haber dicho cuatro cosas. Podía haberle dicho la más fácil de todas, que era: no te vayas.

Nunca se lo dije. Ni ese día ni ninguno.

He pensado mucho en por qué y la única respuesta que tengo es fea: porque decirlo habría sido pedir, y yo no pido. En ciento noventa años no le he pedido nada a nadie, ni cuando lo necesitaba, ni cuando me lo iban a dar.

Y así se me fue.