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Acto SEGUNDO · EL VASTO

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Dejé un camino por él.

Había una ruta. Yo llevaba noventa y un años en la misma dirección: la de Ixquin, la del patio de arriba, la del pescado seco. La había mantenido a través de todo —de Tepin, de los once años de Ohuel, del cuaderno con la columna cortada— sin desviarme.

Y por delante había un tramo largo y feo. Una zona sin sistemas habitados, con poco donde repostar, que iba a costar entre veinte y treinta años de travesía sin más compañía que la mía.

Yo lo tenía asumido. Lo tenía planificado, incluso, con las paradas marcadas.

Él propuso otra cosa.

Y la propuso mal, que es lo que más recuerdo.

Fue una noche, después de comer, y empezó hablando de un sitio que había oído —un planeta con dos lunas, con trabajo, tranquilo— y siguió con las ventajas.

Enumeró ventajas durante bastante rato. Que ahí se conseguían piezas. Que el clima. Que se podía trabajar sin licencia. Que estaba bien situado para lo que yo quería hacer después, cosa que era falsa y los dos lo sabíamos.

Estuvo diez minutos dando razones prácticas.

Y ninguna de ellas era la razón.

Yo lo supe al minuto y medio, y voy a decir por qué, porque es la lectura más limpia que he hecho en mi vida y la que peor usé.

Empezó por la razón más débil.

Eso es todo. Con eso basta.

El que expone un caso empieza por lo fuerte: es lo que hace cualquiera que quiera convencer, y él era el mejor negociador que he visto en ochenta mundos, y su oficio entero consistía en saber en qué orden se dicen las cosas.

Empezó diciendo que ahí se conseguían piezas.

Piezas. Un hombre que sabía llevar a otro a decir en voz alta una cosa que no se sostenía, empezó su argumento por las piezas de repuesto.

Sólo se empieza por lo débil cuando lo fuerte no se puede decir.

Y hubo dos cosas más, mientras hablaba.

No me miró en diez minutos. Habló hacia la mesa. Él siempre miraba: miraba para ver cómo iba cayendo lo que decía, era su manera de corregir sobre la marcha.

Y no se calló ni una vez. No hizo una sola pausa para dejarme contestar.

Un negociador deja huecos. Los huecos son la mitad del trabajo: se pone algo encima de la mesa y se espera, porque lo que el otro hace en el hueco te dice adónde ir.

Él estuvo diez minutos sin dejar un hueco.

Eso no es negociar. Eso es lo que hace alguien que tiene miedo de lo que pueda aparecer en el silencio.

Y yo lo vi entero, al minuto y medio, con toda claridad.

Vi a un hombre incapaz de decirme quédate llenando diez minutos de ventajas para no tener que decirlo.

Y dejé que terminara.

Los diez minutos.

Podía haberlo parado al minuto y medio. Podía haber dicho: dilo bien. Dos palabras, otra vez, como con Tepin en el agua.

Y lo que hice fue quedarme quieta viéndolo trabajar, sabiendo lo que le costaba, esperando a ver si en algún punto de los diez minutos era capaz de decir la palabra.

No fue capaz.

Y yo dije que sí igual, que es lo que había decidido al minuto y medio.

Pero le dejé pasar los diez.

Así es como propone las cosas la gente a la que le da vergüenza querer algo: pone delante un montón de argumentos buenos para no tener que decir el malo, que es quiero.

Dije que sí.

No lo pensé mucho. Eso es lo que a veces me gusta de mí y a veces no.

Dije que sí esa misma noche, sin dormir la decisión, después de noventa y un años de rumbo fijo, y me acuerdo perfectamente de la cara que puso: la de alguien que tenía preparadas otras nueve razones y ya no las iba a necesitar.

Nos quedamos siete años.

El planeta tenía dos lunas y no tenía nada más. Población moderada. Un clima aburrido. Cuatro estaciones suaves.

Trabajé de una cosa que no me interesaba: mantenimiento de canalizaciones en un distrito agrícola. Se me daba bien porque tengo manos y fuerza y porque después de lo del agua sé más de acuíferos de lo que se necesita en ningún trabajo.

Aprendí a hacer un pan. Uno concreto, de esa región, que lleva un fermento vivo que hay que alimentar todos los días y que si lo dejas dos días se muere.

Lo alimenté siete años.

Tuvimos una casa fea.

Fea de verdad. La compramos barata porque estaba mal orientada: el sol entraba a la hora en que no sirve y no entraba a la hora en que sirve. Tenía una habitación con una forma rara, un patio pequeño con una tapia demasiado alta y una cocina oscura.

A mí me gustaba mucho.

A él no le gustó nunca. Lo dijo el primer día y lo siguió diciendo siete años, sin insistir, como una broma que se repite: esta casa es fea.

Cuando me fui, dos años después de que él se fuera, la vendí a la primera persona que preguntó y por menos de lo que valía.

De esos siete años no voy a contar nada más.

No porque duela. Duele, pero no es eso.

Es que no pasó nada.

Hicimos pan, arreglamos canalizaciones, discutimos por tonterías, nos reímos, y en algún momento de cada día uno de los dos decía algo y el otro contestaba. Siete años de eso.

No hay una anécdota. No hay un momento culminante. No hay una noche que se pueda contar y que explique el resto.

Fueron los siete mejores años de los ciento noventa y son los únicos de los que no tengo nada que decir, y ésa es exactamente la razón por la que fueron los mejores, y me ha costado ciento veinte años entender que las dos cosas son la misma.