Acto SEGUNDO · EL VASTO
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Mentía en todo lo que no importaba.
Lo escribo sin rencor, con precisión, y me ha costado ciento veinte años poder escribirlo así.
Mentía sobre de dónde era. Ya está contado. El nombre no existía y yo lo supe la primera tarde y decidí que era asunto suyo.
Mentía sobre su edad. Se quitó cuarenta años el primer mes. Y se los volvió a poner él solo, sin darse cuenta, en el año noveno, en una discusión sobre otra cosa, cuando dijo que él había estado en un sitio en una fecha en la que, según la edad que me había dado, no había nacido.
Yo lo noté. No dije nada. Él siguió discutiendo.
Mentía sobre una cicatriz. Tenía una en el antebrazo izquierdo, de unos ocho centímetros, mal curada.
Año dos: se la hizo con una máquina.
Año cuatro: se la hizo cayéndose.
Año siete: se la hizo un animal.
Las tres veces se la pregunté yo, en momentos distintos, sin acordarme de que ya se la había preguntado. Él contestó las tres sin dudar.
Mentía sobre cosas sin ninguna importancia. Sobre si había estado en un planeta. Sobre si conocía a alguien. Sobre si le gustaba una comida que después no se comía.
Y ahora la otra columna.
No mentía sobre lo que hacía conmigo.
No mentía sobre si estaba cansado, que es la mentira más fácil y la más común y la que dice todo el mundo todos los días.
No mentía sobre si le gustaba un sitio. Si un sitio le parecía horrible lo decía, aunque me gustara a mí, aunque hubiéramos hecho cuatro saltos para llegar.
No mentía sobre lo que pensaba de mí. Ni para bien ni para mal. Me dijo cosas buenas que yo no me creía y me dijo tres o cuatro cosas muy duras, en veintidós años, y las cuatro eran ciertas.
Y no me falló una sola vez en algo que estuviera pasando delante de los dos.
Ni una. En veintidós años. Ni cuando le habría costado poco.
Yo hice la cuenta.
La hice de verdad. Sentada, una noche, con él dormido, como se hacen las cuentas que importan: escribiendo dos columnas.
En una columna: miente sobre lo que fue.
En la otra: no miente sobre lo que es.
Y me salió que podía vivir con eso.
Y creo que me salió bien. Sigo creyendo, hoy, que la cuenta estaba bien hecha.
Lo que hice mal fue lo siguiente, y esto no es una cuenta, es una cosa que hice una tarde en cuatro segundos.
Se lo dije.
Le dije que lo había pensado, que me había dado cuenta de que había cosas de antes que no me contaba, que estaba bien, que no hacía falta que me contara nada de antes si no quería.
Lo dije bien. Con cariño. Sin reproche. Creyendo que le estaba haciendo un regalo.
Y lo que hizo en ese momento lo vi entero, y es lo que me lo confirma todo.
Cuatro cosas, en dos segundos.
Soltó los hombros. Los tenía altos. Yo no había notado que los tenía altos hasta que bajaron.
Tomó aire y no lo usó. Se lo tragó. Eso lo hace quien tenía una frase preparada y acaba de descubrir que ya no le hace falta decirla.
Miró un cuarto de segundo hacia la puerta del patio. Hacia la salida. No para irse: es lo que mira el cuerpo cuando termina un peligro. Comprueba por dónde no tuvo que huir.
Y después me miró a mí.
Y en esa mirada había una cosa que yo leí como cariño.
Era alivio.
Son parecidísimos. Es la única lectura que llevo ciento noventa años haciendo mal y la única que no he aprendido a distinguir, y a estas alturas creo que no se puede distinguir: alguien que te quiere y alguien que acaba de librarse ponen la misma cara, porque en los dos casos lo que hay debajo es que se acabó el miedo.
Y él se quedó callado un momento —yo entonces creí que era emoción— y dijo:
—Gracias.
Ése fue el error.
Y no fue suyo. Fue mío. Ciento veinte años después lo tengo perfectamente claro y no admito otra lectura.
Yo le quité el trabajo de decírmelo.
Él llevaba dos años esperando el momento. Lo sé porque lo escribió: hay un poema que lo dice, mal, entre líneas, y cuando lo leí tuve que dejarlo.
Y yo, para ahorrarle un mal rato, para quedar generosa, para no tener que oír una cosa fea una tarde cualquiera, le puse la puerta y le dije que no hacía falta que entrara.
Él era un cobarde.
Y a los cobardes no se les hacen esos favores. A los cobardes hay que dejarlos delante de la puerta, incómodos, el tiempo que haga falta, hasta que entren o hasta que se vayan.
Yo se la cerré por dentro y le dije que estaba bien.
Y él dijo gracias, y me lo agradeció de verdad, porque era un cobarde y porque acababa de librarse.
Y veinte años después se fue un jueves por la mañana, con las cargas intactas, sin haberlas soltado nunca, porque yo nunca le hice soltarlas.