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Acto SEGUNDO · EL VASTO

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Estuvimos juntos veintidós años y no sé cómo se cuenta eso.

Lo he intentado tres veces y las tres me sale una lista de cosas que hicimos, y las cosas que hicimos no fueron nada: fuimos a sitios, trabajamos, comimos.

Así que voy a contar qué cambió, que es lo único que se puede contar de veintidós años.

Antes yo comía cuando el cuerpo avisaba.

Es lo normal en un viaje largo. El cuerpo avisa, tú comes, el cuerpo se calla. Puedes pasar semanas sin una comida en un horario.

Él comía a horas. Tres veces al día, con una precisión que al principio me pareció maniática y sobre la que hice bastantes bromas.

Y a las horas hay que hablar de algo.

Ésa es la trampa entera y él la había puesto a propósito, y yo tardé unos siete años en darme cuenta. No comía a horas por disciplina. Comía a horas porque una comida es media hora en que dos personas están sentadas la una enfrente de la otra sin hacer nada, y si eso pasa tres veces al día, al cabo de un mes te has contado cosas.

Antes yo dormía donde caía.

Se elige el sitio por seguridad: que se vea la entrada, que no haya nada encima, que se pueda salir. Es lo primero que aprende cualquiera que viaje solo.

Él elegía por otras cosas.

La primera vez que lo vi hacerlo estábamos en un planeta con un valle, y él subió cuarenta minutos por una ladera para dormir en un sitio peor —más expuesto, con peor salida— y cuando le pregunté por qué, dijo que porque desde ahí se veía el otro lado.

Le dije que eso no es un criterio.

Y él dijo que ya, y siguió subiendo.

Dormimos ahí. Por la mañana se veía el otro lado. No había nada especial en el otro lado. Y sin embargo he seguido eligiendo así ciento veinte años.

Antes yo empujaba el espacio para ir a un sitio.

Y con él empecé a empujarlo para llegar antes a un sitio donde no había nada que hacer.

Eso es lo más difícil de explicar de todo y es lo que más echo de menos.

Empujar duele. Siempre. Es el trabajo, no un efecto secundario. Yo lo hacía por necesidad: había que llegar a algún sitio y era el modo.

Con él empecé a hacerlo por impaciencia.

Cuatro días de vuelo normal contra un salto que me iba a dejar el cuerpo inservible dos días. Y elegía el salto, sabiendo lo que costaba, porque el salto me ponía dos días antes en un sitio donde íbamos a estar sentados sin hacer nada.

Nunca se lo dije. Él nunca lo supo. Creía que yo saltaba porque me gustaba saltar.

Y el ruido, en esos años, bajó a lo más bajo que ha estado nunca.

No se fue. Nunca se ha ido. Pero hubo meses enteros —y esto es real, y lo tengo apuntado— en que sólo lo oía al despertarme, en los primeros segundos, antes de moverme.

Y hubo dos ocasiones, sólo dos en veintidós años, en que lo confundí con el sistema de calor del sitio donde estábamos y me levanté a apagarlo.

Él lo oía.

Ésa es la otra cosa que tengo que decir y que es la razón por la que estoy escribiendo este capítulo entero.

Nadie lo había oído nunca. Nadie. En sesenta años yo había estado cerca de mucha gente y ninguno lo oyó jamás, ni los médicos a los que pregunté con rodeos.

Él lo oyó la primera noche.

Fue la primera noche que dormimos bajo el mismo techo, que fue en un cobertizo alquilado, y que no fue nada: dos camastros a tres metros, cada uno con lo suyo.

Yo ya estaba acostada. Él estaba acostado.

Y a los diez minutos se levantó.

Yo lo oí levantarse y no dije nada, porque supuse que salía a orinar. Y lo que hizo fue ponerse de pie en mitad del cobertizo, quieto.

Después fue a la puerta y la abrió y la cerró.

Después fue a la ventana y la abrió y la cerró.

Después se agachó junto al sistema de calor y lo apagó, y estuvo un minuto escuchando, y lo volvió a encender.

Después salió al descampado. Lo oí caminar por la grava alejándose y lo oí volver.

Y volvió y se quedó de pie en la puerta, y desde la cama yo lo veía a contraluz, mirándome.

Y desde la cama le fui leyendo cada paso, y por eso sé exactamente lo que hizo y en qué orden, y por eso sé lo que significa.

Empezó por la puerta. Eso es lo correcto. Un ruido continuo con modulación lenta, en una construcción ligera, es casi siempre una hoja que trabaja con el viento.

Después la ventana. También correcto. Es la segunda causa.

Después el sistema de calor. Y aquí ya se puso interesante, porque lo apagó y se quedó un minuto entero escuchando antes de volver a encenderlo.

Un minuto. Yo los conté.

La gente no espera un minuto. La gente apaga una cosa, oye tres segundos, decide que no era y sigue. Esperar un minuto en silencio y a oscuras significa que estás descartando en serio, que no estás buscando una excusa para volver a la cama.

Y después salió afuera.

Ésa es la que me lo dijo todo. Salir es un paso que casi nadie da. Salir de noche a un descampado, a comprobar que un ruido no viene de fuera, cuando ya has descartado la puerta y la ventana y el calor, sólo lo hace alguien que ha llegado a la conclusión de que el ruido viene de dentro.

Y si viene de dentro, y no es la casa, sólo queda una cosa.

Es decir: cuando volvió y se quedó en la puerta mirándome a contraluz, él ya sabía que era yo.

Llevaba veinte minutos sabiéndolo.

Y aun así hizo todo el recorrido entero, en orden, sin saltarse un paso, porque comprobar mal es peor que no comprobar.

Yo dije, desde la cama:

—Soy yo.

Y él no dijo ¿qué es?.

Dijo:

—¿Cómo se llama?

Y yo, que llevaba treinta y siete años sin decirle su nombre a nadie, que había enterrado a Tepin bajo una piedra sin decir una palabra, que no le había contado esto a ninguno de los que me habían preguntado por qué me movía tanto,

dije:

—Tepin.

Y él dijo:

—Bueno.

Y se acostó.

No volvió a preguntar en veintidós años.

No una sola vez. No de refilón, no de madrugada, no borracho, no en una discusión. Nunca.

Yo se lo conté después, todo, por mi cuenta, a lo largo de bastantes años y en desorden, y él escuchó y preguntó cosas de lo que yo contaba.

Pero él, por su cuenta, no preguntó jamás.

Y en veintidós años descubrí una cosa sobre él que no le dije nunca y que es, de todo lo que sé de nadie, lo que más me costó ver.

Chiltic también leía.

Mejor que yo.

Yo tardé nueve años en darme cuenta, que para alguien que se gana la vida con esto es una vergüenza que dejo escrita.

Lo vi en un mercado, en el noveno año. Él estaba negociando y yo estaba a diez metros mirándolo trabajar, por gusto, porque me gustaba verlo.

Y le vi hacer una cosa que yo no sé hacer.

El vendedor dijo un precio. Y Chiltic, antes de contestar, movió el peso al pie de atrás.

Eso lo hace el cuerpo cuando cede. Es involuntario y todo el mundo lo lee: el que retrocede medio centímetro está a punto de aceptar.

Sólo que él no estaba a punto de aceptar. Lo hizo a propósito. Y el vendedor, que lo leyó como lo lee cualquiera, se relajó y bajó la guardia y en las dos frases siguientes se contradijo.

Yo leo lo que la gente hace sin querer.

Él hacía a propósito lo que la gente hace sin querer.

Es el mismo oficio desde el otro lado, y es mucho más difícil, y sólo lo aprende alguien que ha tenido que sobrevivir siendo leído por todos: un pueblo esclavizado aprende a fabricar los gestos que sus amos esperan, o no llega a viejo.

Y con eso delante, en el noveno año, tuve que hacerme la pregunta que no me hice.

Si él sabía fabricar gestos —y sabía, y lo vi, y me pareció admirable—

¿cuáles de los veintidós años eran fabricados?

Nunca la contesté. Ni siquiera la formulé del todo: la dejé a medias, como se dejan las torres.

Y ahora tengo cincuenta hojas escritas por él, con muy mala letra, sin público, sin nadie a quien engañar, escritas por alguien que sabía que iba a morir.

Y en las cincuenta dice exactamente lo mismo que decía en la cocina.

Y todas las noches, antes de dormirse, decía buenas noches dos veces.

La primera con voz normal.

Y después, al cabo de un minuto o dos, ya en voz muy baja, casi sin abrir la boca, cuando ya no esperaba respuesta, otra vez.

Veintidós años.

Yo no le pregunté nunca por qué. Se me ocurrieron varias explicaciones y me quedé con la peor: que era una manía.

Y una noche, hacia el año quince, se lo dije. Le dije: dices buenas noches dos veces.

Y él dijo que ya.

Y yo le pregunté por qué.

Y él dijo:

—Por si la primera no llegó.

Y yo lo leí mientras lo decía, porque no puedo evitarlo, y esa lectura es la única que guardo entera.

Lo dijo sin mirarme. De espaldas, ya acostado, con la voz de quien contesta una cosa sin importancia.

Y se le paró la mano.

La tenía en el borde de la manta, colocándola, y se paró. Medio segundo. Y después siguió colocándola.

Eso es lo que yo llevo ciento noventa años buscando en la gente. Es la marca. Es el sitio exacto donde a un cuerpo le pesa algo más que el resto de lo que está haciendo.

Un hombre que sabía fabricar gestos, en la oscuridad, sin público, contestando una pregunta de nada,

hizo el gesto verdadero.

Y yo no dije nada.

Podía haber dicho: llegó.

Una palabra. Estaba a dos metros, despierta, y lo había leído entero, y sabía exactamente lo que acababa de pasar en esa habitación.

Y me quedé callada porque a mí me habían enseñado que esas cosas no se dicen, en una casa donde no se lloraba delante de nadie.

Ciento veinte años después he encontrado en un poemario la versión de él de esa misma noche.

No dice nada de la mano.

Dice que estuvo un rato esperando por si yo contestaba.