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Acto SEGUNDO · EL VASTO

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Era feo. Era escamoso. Tenía los ojos a los lados y la boca demasiado larga para la cara.

Se parecía a los míos más que los míos.

Eso hay que explicarlo porque no es una manera de hablar.

Nosotros somos parientes de nada. En ochenta y un mundos yo no había visto un solo ser con escama de verdad. Escama de verdad es una estructura concreta: placas que crecen desde una base viva, que se solapan, que se mudan por sectores y no de golpe. No es piel dura. No es caparazón. No es placa ósea.

Había visto piel dura en once especies. Caparazón en cinco. Escama en ninguna.

Y de pronto había uno delante, en un descampado, comprando cuerda.

Discutía el precio con una habilidad ofensiva.

Yo estaba a cinco metros y lo oí entero, que fue mi segunda impresión de él. La primera había sido el chile.

Lo que hizo no fue regatear. Regatear es decir un número más bajo. Lo que hizo fue conseguir que el otro dijera primero un número, después conseguir que explicara por qué ese número, y después hacerle tres preguntas sobre la explicación hasta que el otro se oyó a sí mismo diciendo una cosa que no se sostenía.

Y entonces no bajó el precio. Compró al precio original, pero le hizo poner otro rollo pequeño encima, de una cuerda distinta, que era la que en realidad quería.

Tardé años en entender que ésa era su manera de hacer todo.

Le pregunté de dónde era.

Me dio un nombre de sitio. Un nombre normal, de tres sílabas, dicho sin dudar, con un gesto vago hacia arriba que es el gesto que hace todo el mundo cuando dice de dónde es en un mercado de tránsito.

Esa misma tarde lo comprobé.

No lo comprobé por sospecha. Lo comprobé por curiosidad: yo llevaba treinta y nueve años apuntando todo, y cuando alguien me daba un nombre de sitio yo lo buscaba en el registro por si me servía para la ruta.

Tenía tres registros a bordo, uno de ellos bastante bueno.

No existía.

No es que no estuviera en los míos: es que le pregunté a dos transportistas del mercado, que se saben los nombres mejor que ningún registro, y ninguno lo había oído.

Y volví a leerlo esa noche, de memoria, entera la escena, que es una cosa que puedo hacer y que hago cuando algo no me cuadra.

Se lo pregunté a media tarde, en el mercado, mientras él contaba una moneda.

Y contestó rápido.

Eso fue lo primero. Contestó demasiado rápido para una pregunta que obliga a recordar. A cualquiera le preguntas de dónde es y hay un cuarto de segundo, porque la respuesta está guardada en el sitio donde se guardan las cosas que no se usan.

Él contestó como se contesta el precio de lo que estás vendiendo.

Y no dejó de contar la moneda.

Ésa es la buena. La gente para las manos cuando dice algo que le toca. No es decisión: es que el cuerpo no puede con dos cosas cuando una de las dos le cuesta.

Él siguió contando, sin fallar, todo el rato.

Es decir: decir de dónde era no le costaba nada.

Y eso sólo pasa de dos maneras. O es un sitio que no le importa —y a nadie le da igual de dónde es, ni al que odia su casa— o es una frase que ha dicho tantas veces que ya no es una frase, es un objeto.

Yo tenía las dos lecturas esa misma noche, con el registro abierto delante y un nombre de sitio que no existía en tres registros ni en dos transportistas.

La segunda era la correcta.

Un hombre que tiene tan practicada su procedencia falsa que puede recitarla contando monedas es un hombre que la ha dicho cientos de veces, durante años, a todo el que le preguntara.

No es un mentiroso de una noche. Es alguien que lleva media vida siendo de otro sitio.

No le dije nada.

Ésa es la decisión. La tomé esa misma noche, en el vehículo, con el registro abierto delante.

Pensé: será que no quiere.

Y me pareció razonable. En un mercado de tránsito la mitad de la gente da un nombre falso y la otra mitad da uno verdadero que da igual. Yo misma había dado tres veces un nombre que no era el mío, sin ninguna mala intención, por no explicar.

Cerré el registro y me fui a dormir.

He repasado esa noche muchas veces.

Y sigo sin encontrar dónde estuvo el error, porque no lo hubo. Aquella noche hacer lo que hice fue lo correcto. Uno no le exige la partida de nacimiento a un desconocido que le ha dado un chile.

El error vino después, cuando ya no era un desconocido y yo seguí aplicando la regla del desconocido.