Acto SEGUNDO · EL VASTO
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Chiltic apareció con un chile en la mano y no supe qué hacer con eso.
Fue en el setenta y uno.
Voy a poner el sitio con detalle porque me acuerdo de todo y porque he descubierto que uno se acuerda de todo del sitio donde le cambió la vida y de casi nada del sitio donde se le acabó.
Era un mercado de tránsito. Los hay en todos los sistemas por los que pasa gente: se ponen fuera del recinto de bajada, en el descampado, sin permiso de nadie, porque el que baja lleva cosas y el que va a subir necesita cosas.
Éste tenía unos ochenta puestos. Lonas atadas a estacas, sin orden, con los pasillos que quedan cuando nadie decide los pasillos.
Se hablaban cuatro lenguas y una franca. Había mercancía de veinte mundos, la mayor parte inútil para todos menos para uno.
Y olía a tres o cuatro cosas a la vez, entre ellas a algo quemado y a algo fermentado, que es como huelen todos los mercados de tránsito del universo, cosa que sigo sin explicarme.
Yo estaba sentada en un pretil, esperando.
Un tipo me estaba haciendo una pieza. Una junta de sellado para la escotilla, que no se consigue hecha y que se talla de un material que hay que pedir. Me había dicho cuatro horas. Iban seis.
Y yo llevaba esas seis horas sentada mirando el cielo.
Un cielo que no era el mío. Verdoso hacia el horizonte por una cosa de la atmósfera, con dos capas de nube a distinta altura que se movían en direcciones distintas, que es lo que a mí me tenía entretenida.
Llevaba cuatro meses sin comer nada caliente. Eso no lo tenía presente. Uno no lleva la cuenta de eso.
Lo vi acercarse desde bastante antes de que llegara y voy a contar lo que leí, porque lo leí todo mal.
Venía por el pasillo de los puestos y se paró tres veces.
La primera en un puesto de cuerda, donde discutió el precio, que ya he contado.
La segunda delante de un puesto de comida, y ahí hizo algo que yo interpreté en el momento como que no tenía hambre: miró, no preguntó, siguió. Lo que estaba haciendo era mirar los precios sin acercarse lo suficiente para que le preguntaran. Eso lo hace quien no puede pagar. Lo he visto mil veces y ese día no lo vi.
Y la tercera se paró a unos ocho metros de mí, de lado, como quien mira otra cosa.
Estuvo ahí calculo que cuarenta segundos.
Yo lo registré. Registré que un escamoso llevaba cuarenta segundos parado sin comprar nada a ocho metros de una desconocida, y lo archivé como tipo que quiere algo, que es la lectura correcta en un mercado de tránsito y la que hago siempre.
Y me preparé para que me ofreciera trabajo, o para que me pidiera un pasaje, o para que intentara venderme una pieza robada. Tenía las tres respuestas listas.
Lo que yo no leí, y estaba delante, es lo que hacía con las manos.
Tenía la mano derecha en la bolsa del cinto. Metida. Todo el rato. Cuarenta segundos con la mano dentro de una bolsa.
Yo interpreté que llevaba algo ahí que me quería vender.
Lo que estaba haciendo era contando. Contando cuántos le quedaban.
Se paró delante.
No dijo hola. No preguntó si podía sentarse. No hizo ninguna de las cosas que hace la gente.
Se paró delante, me miró, y dijo:
—Tienes cara de no haber comido caliente en un mes.
Y me tendió un chile.
Uno solo. Seco, arrugado, de los pequeños, de un color entre rojo y marrón.
Lo sacó de una bolsa de tela que llevaba atada al cinto y que abrió con una sola mano, con esa habilidad de la gente que abre esa bolsa cincuenta veces al día.
Yo no lo sabía entonces. Lo supe años después, y sigue pareciéndome la cosa más difícil de creer de toda mi vida:
Esa bolsa era lo único que llevaba encima.
No tenía equipaje. No tenía dinero. No tenía nada guardado en ninguna parte de ese mercado ni de ese planeta. Tenía una bolsa de chiles secos atada al cinto, y me dio uno.
Me lo comí entero. De una.
Lo hice por orgullo. Estaba clarísimo que aquello era una prueba de algo —tenía cara de estarme evaluando, esa cara que ponen los que van a decidir si te hablan otra vez— y yo no iba a darle el gusto de verme dudar.
Fue espantoso.
Se me llenaron los ojos inmediatamente. Se me cerró la garganta, no del todo pero lo suficiente para que el aire silbara. Empecé a toser y tosí durante casi un minuto, doblada, sentada en un pretil, delante de él y de medio mercado.
Un tipo de un puesto cercano se rió. Otro me trajo agua sin que se la pidiera, que es lo que hace la gente en los mercados de tránsito.
Y me reí.
Con lágrimas, con tos y con el agua en la mano, me reí de una manera que no había hecho en dieciséis años.
Me reí de mí. De estar ahí. De haber cruzado ochenta y un mundos, de haber aprendido a empujar el espacio con once años de gritos de una vieja, de tener el cuerpo cambiado y las alas pegadas a la espalda y los ojos migrados, para terminar sentada en un pretil de un descampado, ahogándome con un chile que me había dado un desconocido porque le di pena.
Él no se rió.
Ésa es la parte que cuenta y la que no supe leer entonces.
Se quedó de pie, muy serio, con la bolsa todavía abierta en la mano, mirándome.
Y cuando ya se me estaba pasando la tos, dijo, muy bajo, casi para él:
—Ah.
Yo le pregunté qué.
Él dijo que nada.
Y yo lo dejé pasar, porque acababa de conocerlo y porque estaba tosiendo.
Se lo pregunté otras cuatro o cinco veces a lo largo de veintidós años, siempre de broma, siempre en el tono en que se recuerdan las tonterías del principio.
Y las cuatro o cinco veces dijo que nada, o que no se acordaba, o que qué más daba.
Lo escribió en una hoja. Con muy mala letra. Entre otras cuarenta y nueve.
Yo lo leí ciento veinte años después, sentada, y lo que dice es que en ese momento pensó que estaba en un lío.