Acto SEGUNDO · EL VASTO
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En el sesenta y siete se estaban matando por el agua, y el agua sobraba.
Lo digo directo porque a mí me costó dos años y no le voy a hacer eso a nadie.
El planeta. Húmedo. Llovía ciento y pico días al año, repartidos. Ríos estacionales, cinco cuencas grandes. Vegetación densa en las zonas bajas.
El subsuelo. Acuíferos altos y continuos. Agua a menos de treinta metros bajo toda la superficie habitada.
Lo comprobé en catorce puntos, y voy a decir cómo, porque cuando cuento esto la gente supone que hice una estimación.
Catorce sondeos. Con barrena manual, que llevaba en el vehículo, en catorce lugares elegidos por mí y no por ellos: cuatro cerca de asentamientos grandes, cuatro en zonas de disputa, cuatro al azar y dos en los sitios que ellos decían que eran los más secos.
Profundidad media hasta capa freática: veintidós metros. La más profunda, veintinueve. La menos, once.
En los catorce salió agua. En doce era potable sin tratar. En dos había que hervirla.
Guardé las catorce muestras, las etiqueté y las llevé encima durante dos años, que fue una tontería, porque nunca hizo falta enseñárselas a nadie: no me discutieron el dato ni una sola vez.
Y llevaban cuatrocientos años matándose.
No en una guerra. Eso habría sido más simple. En un régimen de conflicto de baja intensidad, permanente, con reglas: escaramuzas por las tomas de superficie, desvíos de cauce, represalias, treguas de temporada.
Tenían un sistema de reparto que era, técnicamente, una obra maestra.
Proporciones por región calculadas sobre población, sobre superficie cultivada y sobre aportación al mantenimiento de las canalizaciones. Revisión cada cinco años. Tribunales de aguas con procedimiento escrito y jueces que se renovaban por tercios. Y una institución —no sé llamarla de otra manera que bolsa— donde se negociaba el derecho a sacar de un cauce en una fecha.
Gente muy inteligente había dedicado siglos a perfeccionar eso. Se nota. Es un sistema elegante. Los tribunales funcionaban de verdad: yo asistí a cuatro sesiones y en las cuatro se dictó una resolución razonada y en las cuatro se acató.
Nadie cavaba.
Mi primera hipótesis fue que estaba prohibido.
Es lo lógico. Un recurso oculto que sostiene un sistema de reparto entero: si cualquiera puede sacar agua de su patio, la bolsa no vale nada y los tribunales tampoco.
Busqué la ley durante cinco meses.
No hay ley. Revisé el código de aguas entero, que son novecientos artículos y que me dejaron consultar sin problema. Regula cauces, tomas, cantidades, fechas, penas. No menciona el subsuelo. Ni para prohibirlo ni para permitirlo.
Mi segunda hipótesis fue que lo impedía alguien. Un poder, una casta, una institución con interés.
Pregunté durante un año, con cuidado, en cuatro regiones.
No lo impide nadie.
Y entonces empecé a preguntar directamente y ahí fue cuando me di cuenta de lo que estaba pasando.
Preguntaba: ¿por qué no cavan?
Y me miraban.
Y voy a describir esa mirada con precisión, porque la vi ciento y pico veces y porque es la prueba de todo lo demás.
Cuando le preguntas a alguien algo que no quiere contestar, el cuerpo hace tres cosas y las hace en orden: mira a un lado, toma aire, y después construye la respuesta. Es rápido, es medio segundo, pero está.
Cuando le preguntas algo que no ha pensado nunca, el cuerpo hace otra cosa: se queda quieto y los ojos se le van hacia arriba y a la izquierda, buscando en un sitio donde no hay nada.
Y cuando le preguntas algo que no cabe en su cabeza, no hace ninguna de las dos.
Se le pone la cara de quien acaba de oír una palabra en otro idioma dentro de una frase en el suyo. La cara no busca la respuesta: busca el sentido de la pregunta.
Eso es lo que vi en catorce regiones.
Ni una sola vez vi a nadie ocultar nada. Ni una sola vez vi la cara del que sabe y calla, que es una cara que reconozco a diez metros porque me he ganado la vida reconociéndola.
Vi ciento y pico personas que no tenían dónde poner la pregunta.
Y eso es lo que me convenció, mucho antes que los registros, de que ahí no había un poder ocultando un secreto.
Había un pueblo al que le habían quitado una idea.
No con hostilidad. No con sospecha. Con la cara exacta de alguien a quien le preguntan por qué no camina por las paredes. Una cara que no busca la respuesta: busca el sentido de la pregunta.
Un hombre en el mercado de la cuenca tercera, después de mirarme un rato, me preguntó a mí si en mi sitio se cavaba.
Le dije que sí, cuando hace falta.
Y él dijo, con toda amabilidad, que qué barbaridad.
Y no supo decirme por qué era una barbaridad.
Había un dicho.
Lo oí en tres regiones que no tienen contacto entre sí y con tres formas distintas. La más común, traducida lo mejor que puedo:
Lo de abajo es de abajo.
Se dice para muchas cosas. Se le dice a un niño que escarba. Se dice de las raíces cuando se pudren. Se usa como cierre de conversación cuando alguien propone algo que no se va a hacer.
Nadie sabe de dónde sale. Se lo pregunté a doce personas, incluidos dos maestros y un juez de aguas.
La respuesta de los doce fue variantes de: siempre se ha dicho.
El archivero de la cuenca segunda se llamaba Tenuk y era muy viejo y estaba muy aburrido, que es la mejor combinación posible para lo que yo necesitaba.
Me dejó entrar al depósito. Me dejó abrir cajas. Estuve cinco meses.
Y esto es lo que salió:
BÚSQUEDA DEL DICHO (depósito de la cuenca segunda · registros por siglos)
Siglo actual y ocho anteriores: el dicho aparece constantemente. En sentencias, en contratos, en textos escolares, en una canción. Siempre citado, nunca explicado. Nadie lo atribuye a nadie.
Siglo noveno hacia atrás: aparece por primera vez en un documento fechado, dentro de una sentencia de un tribunal de cauce, como argumento accesorio. Está escrito sin comillas y sin fuente, es decir: ya se daba por sabido.
Siglo décimo y anteriores: no aparece.
No aparece el dicho. No aparece la costumbre. No aparece el sistema de reparto. No aparecen los tribunales de aguas.
Lo que hay en esos registros son contratos de pozo.
Cuarenta y un contratos de excavación de pozo en tres siglos, con profundidades, con precios y con nombres de excavadores.
El más profundo: treinta y un metros.
Cuarenta y un contratos de pozo.
Y después nada, durante nueve siglos, y un dicho que apareció ya hecho, sin autor, y cuatrocientos años de gente matándose encima de su propia agua.
Se lo enseñé a Tenuk. Puse las cajas encima de la mesa, con las fechas, y se lo expliqué en el orden en que lo he escrito aquí.
Él escuchó todo. Miró los contratos. Los leyó despacio, que es como leen los viejos que han leído mucho.
Y después dijo que qué interesante, y los volvió a meter en la caja.
Le pregunté si sabía qué había pasado en ese siglo.
Y me dijo que en ese siglo, según se cuenta, llegó gente de fuera.
Le pregunté qué gente.
Dijo que no se sabe. Que en los registros no están, porque los registros son de agua y de tierras y no de visitas. Pero que hay canciones y hay dibujos, y en las canciones se dice que llegaron y enseñaron.
Le pregunté qué enseñaron.
Y él lo enumeró como quien recita algo que aprendió de niño:
—La molienda de rueda. El cálculo de las crecidas. El injerto. Y una manera de contar los años que todavía usamos.
Cuatro cosas útiles. Cuatro cosas buenas. Cuatro cosas que ese pueblo sigue usando nueve siglos después y por las que está mejor.
Le pregunté cómo eran.
Y dijo que en los dibujos salen altos.
Le pregunté qué más.
Y dijo que con la piel dura, y que se les dibuja siempre con las manos hacia adelante.
Le pregunté qué quería decir con eso.
Y dijo:
—Que en los dibujos siempre están dando algo.
Estuve dos años en ese planeta y me fui sin decir nada a nadie.
Podía haber cavado un pozo. Lo pensé mucho. Lo pensé durante meses, y sé perfectamente lo que habría pasado: habría salido agua, la habría enseñado, y habría pasado una de dos cosas. O nada, o algo muy grande y muy violento.
Y yo me habría ido de todas formas.
Lo que me quitó las ganas no fue la prudencia. Fue una cosa que pensé una noche y que no he podido dejar de pensar desde entonces.
Que quien puso ese dicho no mató a nadie.
Que enseñó la molienda de rueda y el cálculo de las crecidas, que son cosas buenas, y que dejó caer cinco palabras, y que se fue.
Y que lleva nueve siglos matando gente sin haber vuelto.