Acto SEGUNDO · EL VASTO
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Del sesenta y dos sólo me llevé una cuchara.
Había sido un mundo con mucha gente. Eso se sabe desde arriba, antes de bajar, por el color: donde hubo ciudad la tierra tiene otro tono, más claro o más oscuro según el suelo, y el dibujo se conserva miles de años porque lo que cambia no es la superficie sino la composición de abajo.
Desde el vehículo se veían las plantas de once ciudades. Con las calles. Con las plazas. Con la traza de las murallas en dos de ellas y con lo que parecían puertos en otras tres.
Bajé a la más grande y no había absolutamente nada.
Voy a decir qué significa nada, porque en un sitio arrasado siempre queda algo y ahí no quedaba.
No había muros. Ni uno. Ni un metro de muro caído.
No había piedra trabajada. Busqué específicamente eso, porque la piedra trabajada es lo último que desaparece: es pesada, no arde y no le interesa a nadie. Cavé en catorce puntos hasta metro y medio y no salió una sola piedra con cara plana.
No había metal. No había cerámica, y la cerámica dura diez mil años en cualquier sitio. No había vidrio.
Y no había huesos. Cavé buscándolos y no salieron.
El suelo tenía una capa de algo que no era ceniza pero se le parecía, de unos cuatro centímetros, uniforme en toda la extensión, con el mismo espesor en el centro que en el borde. Eso descarta el fuego: el fuego no es uniforme.
Estuve cuatro semanas caminando por encima de una ciudad de varios millones de personas y lo único que se podía decir de ella era su forma vista desde el aire.
La cuchara apareció el día veintiséis, en un talud.
Un talud es una pendiente de tierra removida, en este caso por agua, y en los taludes aparecen cosas porque el agua las saca de donde estaban.
Estaba medio enterrada, con el mango fuera.
Metal blando. Un metal pobre, de los que se usan para lo que se usa a diario. Un palmo de largo, la cazoleta poco honda.
Y el mango torcido.
Torcido de una manera concreta: hacia la izquierda, en el tercio final, con la curva suave que le hace una mano que aprieta siempre del mismo lado. Yo he visto esa deformación en herramientas de mi pueblo. Se necesitan años.
Y en el mango, en la cara plana, había una figura rayada con un punzón.
Cuatro trazos.
Una línea vertical con dos rayitas abajo, que son las piernas, y a la derecha otra línea vertical más corta con dos rayitas abajo. Y entre las dos, a media altura, una raya horizontal que las une.
Dos figuras de la mano.
Está mal hecho. Es importante que se sepa que está mal hecho: los trazos tienen distinta profundidad, la línea de unión se sale por la derecha, y la figura pequeña está más baja de lo que debería porque se le acabó el sitio.
Lo hizo alguien con prisa, con el punzón que tenía a mano, apretando de más.
Y lo hizo por una razón que se entiende sin saber nada de esa gente: para que no se la cambiaran.
En una cocina donde hay más de una cuchara igual, alguien marcó la suya.
Y hay más, y lo leí ahí de pie, en un talud, después de cuatro semanas sin encontrar nada.
El punzón se le fue dos veces. La línea de unión se sale por la derecha, y la pierna izquierda de la figura grande tiene un temblor al final. Un punzón sobre metal blando no se va solo: se va cuando la mano que lo lleva no está apoyada.
Y empezó por la grande.
Eso se sabe por el sitio. La figura grande está centrada en el espacio disponible del mango, con margen a los dos lados. La pequeña está metida a la derecha, más baja, porque cuando fue a ponerla ya no le quedaba altura.
El que raya una marca de propiedad empieza por lo que quiere que se sepa que es suyo. Lo he visto en tres especies: se pone primero lo que más importa, porque es lo que se raya cuando todavía hay sitio y pulso.
Si la cuchara era de la figura grande, empezó por sí misma, que es lo normal y no dice nada.
Y una cuchara marcada con prisa en una cocina, con el mango torcido de tanto uso, no suele ser del pequeño.
Y no hay nombre.
En cuatro semanas encontré una sola cosa hecha por una mano de ese mundo. Y esa mano, teniendo sitio en el mango para poner un signo cualquiera —una raya, dos, lo que fuera— que dijera ésta es mía,
dibujó dos figuras agarradas.
Existiendo, como existen en todas las lenguas que he visto, maneras más cortas y más claras de decir eso.
Eso es todo lo que queda de ese mundo.
No sus ciudades, de las que sólo tenemos la sombra en la tierra. No su ciencia, que la tuvieron: tenían puertos y murallas y once ciudades. No su nombre, que no sé y que nadie sabe.
Queda un dibujo de cuatro rayas, mal hecho, con prisa, para que nadie le robara la cuchara a alguien que quería a otro alguien más pequeño.
La llevo.
Como con ella cuando me acuerdo, que no es siempre, y a veces pasan años.
Un día, mucho después, un idiota me preguntó por qué comía con una cuchara que no era mía.
Le dije que era mía.
Y él, que era listo cuando le convenía y tonto cuando le convenía más, miró el mango, miró los cuatro trazos, y no volvió a preguntar.