Acto SEGUNDO · EL VASTO
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En algún momento de esos años dejé de hacer las cuentas.
No lo decidí. Es lo que quiero dejar claro y es lo que me sigue costando: no hubo una noche en que yo dijera se acabó, ya no cuento. No hubo enfado, no hubo duelo, no hubo una decisión que pueda contar.
Simplemente dejé de hacerlas y no me di cuenta durante siete años.
Lo descubrí revisando el cuaderno para pasar el rato, en un sitio donde estaba esperando una ventana de salida.
Iba pasando hojas hacia atrás y vi la columna.
Estaba a mitad. Cortada. Con la línea del último número terminada de mala manera, con ese rasgo que se hace cuando a uno lo interrumpen: el trazo que se va hacia la derecha porque la mano se levantó antes de acabar.
Y no me había interrumpido nadie. Yo estaba sola en un vehículo. No había nadie que pudiera interrumpirme.
Y antes de mirar la fecha ya sabía cuánto tiempo llevaba, y lo sabía por la letra.
Uno se lee a sí mismo. Es lo último que se aprende y lo que menos sirve.
Mi letra tiene cuatro estados y los conozco todos:
La de cuando estoy bien es inclinada a la derecha, con las palabras separadas y los números con el travesaño largo.
La de cuando estoy cansada se endereza. Pierde la inclinación. Las palabras se juntan.
La de cuando estoy haciendo algo por obligación es más pequeña y más apretada, y las líneas se van hacia arriba al final del renglón.
Y la de cuando ya no me importa es todas esas cosas a la vez y además no corrige. No hay tachaduras. Cuando algo me importa, tacho.
La columna cortada estaba escrita con la tercera. Pequeña, apretada, subiendo al final.
Y las tres páginas anteriores estaban escritas con la cuarta.
Sin una sola tachadura en tres páginas de cifras.
Es decir: yo tenía la información en las manos desde hacía siete años, en mi propia letra, y la había estado pasando por delante de mis propios ojos cada vez que abría el cuaderno.
Y no la leí, por lo mismo de siempre.
Miré la fecha de la hoja. Y después miré la fecha del día en que estaba.
Siete años.
Siete años sin calcular cuánto faltaba para volver.
Y en esos siete años yo había seguido moviéndome exactamente en la misma dirección, con el mismo método, comprobando el rumbo con la misma frecuencia, sin desviarme ni un grado.
Eso es lo que no sé explicar y lo dejo escrito sin explicarlo.
Dejé de creer que me esperaban y no cambié absolutamente nada de lo que hacía.
Al pasar las hojas hacia adelante se cayó un papel.
Era una hoja doblada en cuatro, metida entre dos páginas del final, en la parte del cuaderno que nunca había usado porque nunca llegué a llenarlo.
Yo llevaba ochenta años con ese cuaderno.
Estaba puesta de manera que no se cayera al abrir y que no apareciera al hojear. Alguien la había metido ahí sabiendo cómo se meten las cosas para que se encuentren tarde.
CENSO DE LA CASA BAJA · RECUENTO DE INVIERNO
Cabezas vivas: cuatro mil ciento doce.
Crías nacidas en el año: once. Crías llegadas al año de edad: cuatro.
Comparativa a treinta años: cabezas vivas, seis mil ochocientos veinte. Comparativa a sesenta años: cabezas vivas, once mil cuatrocientos.
Observación del recontador: la Casa Baja pide que se haga constar, por tercer año consecutivo, que la proporción de crías llegadas al año no admite explicación local. Se ha revisado el agua. Se ha revisado el grano. No es el agua ni el grano.
Se traslada a la Casa Alta.
Es del año en que yo tenía nueve.
Ese censo se leyó en voz alta en el patio de abajo, como se leía todos los inviernos. Yo estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas, aburrida, oyendo unos números y pensando en otra cosa.
Mi madre estaba de pie detrás de mí.
Y en algún punto de la lectura me apretó el hombro. Una vez. Fuerte.
Yo no supe por qué. Me quedé quieta, sin volverme, esperando a que volviera a apretar, porque a los nueve años uno espera que las cosas se repitan para entenderlas.
No volvió a apretar.
Once mil cuatrocientos. Seis mil ochocientos veinte. Cuatro mil ciento doce.
Esa cuenta la puede hacer cualquiera. Un niño puede hacerla. La hizo mi madre de pie en un patio, con la mano en el hombro de una hija de nueve años.
Y diecisiete años después, cuando el consejo mandó a la undécima, metió la hoja en el fondo del cuaderno sin decir nada.
Porque a ella tampoco la dejaban decirlo.
Y porque sabía —me conocía— que yo era lo bastante despreocupada como para no llegar al final de un cuaderno en ochenta años.
Me quedé sentada con las dos hojas.
La del censo en una mano y el cuaderno abierto en la otra, con la columna de distancias cortada a mitad hacía siete años.
Y las dos decían lo mismo por caminos distintos, y las dos habían tardado décadas en llegarme, y las dos las había tenido encima todo el tiempo.
No hice nada.
No cambié de rumbo. No aceleré. No me senté a rehacer las cuentas con la información nueva. No lloré, que es lo que uno esperaría, y he pensado mucho en por qué no lloré.
Cerré el cuaderno. Doblé la hoja del censo en cuatro y la volví a meter en el mismo sitio, entre las mismas dos páginas, de la misma manera.
Y al día siguiente seguí.