Acto SEGUNDO · EL VASTO
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En el cincuenta y ocho no quedaba nadie y seguía habiendo conversación.
Bajé en una llanura con edificios bajos, de dos plantas, todos abiertos, ninguno destruido. Sin señales de fuego, sin derrumbes, sin impacto. Las puertas abiertas hacia dentro y hacia fuera indistintamente, que es lo que pasa cuando nadie las cierra en mucho tiempo.
No encontré un solo cuerpo. Busqué. Estuve tres días buscando antes de aceptarlo.
Y se oía hablar.
Quiero ser precisa con esto porque si no parece un cuento.
No eran voces de fantasma. No había ecos, ni susurros, ni nada que sonara mal.
Eran voces normales, a volumen normal, con el timbre de gente de mediana edad, hablando de cosas de gente. Se oían desde la calle. Se oían desde dentro de los edificios. Se oían detrás de mí cuando no había nada detrás de mí.
Entré en una casa el primer día porque oí a dos discutiendo. Discutían sobre una gotera: uno decía que era del tejado y el otro que era de una tubería y que se notaba porque el agua salía limpia.
Dentro no había nadie. Había una habitación con dos sillas y una mesa y una mancha en el techo, y la conversación estaba ocurriendo ahí.
Estuve once días.
Aprendí dos cosas.
La primera: si te quedas quieta y escuchas, las conversaciones se repiten. Hay un ciclo. Es largo —lo medí en nueve días y algo— pero se repite. A los diez días volví a oír la discusión de la gotera, entera, con las mismas palabras y las mismas pausas.
La segunda: si hablas, contestan.
Lo probé el cuarto día, en mitad de una plaza vacía, sintiéndome bastante idiota.
Dije, en voz alta:
—¿Hay alguien?
Y una voz de mujer, muy cerca, sin ninguna sorpresa, con el tono de quien contesta desde otra habitación, dijo:
—Aquí.
Se me pusieron todas las escamas de punta. No exagero: se me erizó la cresta entera y estuve un minuto sin poder hablar.
Después dije:
—¿Dónde es aquí?
Y la voz dijo:
—Aquí, mujer, dónde va a ser.
Estuve siete días haciendo preguntas.
Pregunté qué había pasado. Pregunté si estaban bien. Pregunté cuántos eran. Pregunté si podía ayudar. Pregunté si me oían.
Y recibí respuestas. Todas. Ninguna sin respuesta.
—¿Qué pasó aquí?
—Lo de siempre.
—¿Estáis bien?
—Vamos tirando.
—¿Me oís?
—Perfectamente.
Y en esos siete días hice una cosa que no le he contado a nadie y que fue lo que me hizo entender.
Me puse a leerlos.
Es decir: cerraba los ojos, escuchaba una conversación entera, y reconstruía los cuerpos.
Lo puedo hacer. Es lo que hago con los vivos y no hace falta verlos: la voz lleva casi todo. La respiración dice dónde tienes el peso. Un final de frase que se apaga dice que estás girando la cabeza. Una consonante que se come dice que estás comiendo.
Reconstruí catorce conversaciones. Y aquí van tres, porque son lo único que queda de esa gente:
La de la gotera. El que dice que es del tejado está de pie. El otro está sentado y no se levanta ni una vez en cuatro minutos, y por dos veces se le oye la silla. El que está de pie tiene razón y el que está sentado no piensa comprobarlo.
Dos que hablan de una deuda. El que debe habla más rápido y más alto, que es lo que hace todo el mundo. El que presta apenas habla, y cuando habla se le nota que está mirando a otro sitio. No le interesa el dinero. Le interesa que el otro se vaya.
Y una mujer que le habla a alguien que no contesta.
Ésa la oí el quinto día y la esperé los otros dos ciclos para volver a oírla.
Habla de cosas de la casa. De que hay que cambiar una cuerda. De que llegó no sé quién. Habla tres o cuatro minutos y hace pausas, pausas del largo exacto de una respuesta, y nadie contesta nunca.
Yo la reconstruí veinte veces buscando al otro y el otro no está. No es que el otro no se oiga: es que las pausas son demasiado largas para una conversación y demasiado exactas para un monólogo.
Esa mujer le estaba hablando a alguien que ya no contestaba, en una casa, con toda naturalidad, dejándole el hueco.
Y ese ciclo lleva repitiéndose ahí no sé cuántos años.
Al octavo día entendí.
No me contestaban a mí.
Las respuestas ya estaban dichas. Estaban dichas hacía mucho, en conversaciones que ocurrieron de verdad, entre gente que existió de verdad. Y yo, con mis preguntas, me estaba metiendo en los huecos.
Aquí. Lo de siempre. Vamos tirando. Perfectamente.
Son las respuestas que sirven para todo. Son las que más se dicen en cualquier sitio donde vive alguien. Y por eso encajaban con lo que yo preguntara.
Yo había estado siete días teniendo una conversación conmigo misma con las palabras de unos muertos.
Me fui al día siguiente.
Podía haberme quedado más. Podía haber montado un registro, medido el ciclo con precisión, transcrito todo lo que se oía, cruzado las voces, intentado reconstruir qué pasó ahí.
Habría sido un trabajo excelente. Probablemente el trabajo más valioso de toda mi travesía. Cualquiera de los que fueron mandados antes que yo lo habría hecho.
No lo hice.
Me pareció que no tenía derecho.
No sé explicarlo mejor y he intentado explicármelo a mí misma muchas veces. Aquello no era un yacimiento. Era gente hablando de una gotera. Y yo llevaba siete días metiendo preguntas en los huecos de su vida para ver si me contestaban.
Levanté y me fui, y no anoté las coordenadas.
Ésa es la única vez en ciento noventa años que no anoté unas coordenadas.