Acto SEGUNDO · EL VASTO
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En el cincuenta y tres pedí algo y me lo dieron.
Había una formación. No sé llamarla de otro modo: no es un edificio, no es una cueva, no es una máquina. Es una cosa de piedra o de algo parecido a la piedra, de unos veinte metros, con una entrada, en mitad de una llanura.
Nadie la construyó. Eso lo dicen ellos y yo no tengo motivo para dudarlo: no hay más restos en trescientos kilómetros.
Y concede.
Yo llevaba treinta y un años fuera, doce con el ruido, y no creía en nada.
Fui porque estaba de paso, porque la fila era corta y porque llevaba dos días sin nada que hacer.
La fila era de once personas.
Y en esa fila estuve dos horas y media leyendo, porque no tenía otra cosa que hacer y porque no puedo evitarlo.
Once personas de pie, en silencio, esperando entrar de una en una a decir en voz alta lo que quieren.
Cuatro llevaban las manos cerradas. No apretadas: cerradas, con los dedos doblados sobre la palma, que es lo que hace uno cuando lleva un rato repasando mentalmente una frase. La mano copia el esfuerzo de la cabeza.
Dos movían los labios. Muy poco. Estaban ensayando.
Tres tenían el peso adelantado, hacia la puerta, y ésos eran los que iban a pedir algo grande.
Y dos estaban de lado.
Ésos me llamaron la atención y no supe leerlos hasta después. Estaban en la fila pero orientados hacia fuera, con un hombro puesto hacia la salida. Como quien está haciendo cola y no ha decidido del todo.
Yo los leí como indecisos.
No eran indecisos. Eran los que iban a devolver.
Nadie hablaba con nadie, que me pareció raro en una fila y que después entendí.
Se entra solo. Se dice lo que se quiere. Se sale.
No hay nadie dentro. No hay un altar, ni una imagen, ni un sitio donde poner nada. Es una sala redonda con el techo alto y una acústica muy mala, de las que se comen la voz.
Dije, en voz alta, sintiéndome ridícula:
—Quiero dejar de oír el ruido.
Y salí.
Y no lo oía.
Los primeros seis días de silencio en doce años.
Día uno. No me lo creí. Me quedé quieta —quieta, que era lo que peor llevaba— probando a ver si volvía. No volvió. Me eché a reír sola en mitad de la llanura.
Día dos. Dormí once horas seguidas. Once. Llevaba doce años durmiendo en tramos de tres.
Y al despertar, con la cabeza descansada por primera vez en más de una década, intenté acordarme de la cara de Tepin.
Y no pude.
Sabía los datos. Ojos al frente, manos de cinco dedos, la piel que cambiaba de color. Podría haberla descrito perfectamente. Estoy describiéndola en este mismo cuaderno ahora mismo, y todo lo que he escrito es correcto.
Pero la cara no estaba.
No me alarmé. Pensé que era el sueño, o que llevaba doce años y es normal.
Día tres. Nada. Trabajé. Estuve bien.
Día cuatro. Intenté acordarme de cómo giraba la comida entre las manos.
Ese gesto lo vi cuatro o cinco veces al día durante once años. Calculo veinte mil veces. Es la cosa que más veces he visto hacer a nadie en mi vida.
Y lo que tenía era la frase: giraba la comida entre las manos. Una frase. Como la que acabo de escribir.
Ahí me asusté.
Día cinco. Estuve todo el día haciendo pruebas conmigo misma. Recuperé algunas cosas —la voz sí, la voz me volvió entera, y el sonido de las dos piedritas cuando se reía— y otras no.
Día seis. Intenté decir su nombre en voz alta.
Y salió.
Salió perfectamente, con los dos tonos correctos, sin esfuerzo.
Salió como sale el nombre de un pueblo por el que pasaste una vez.
Y hay un dato de esos seis días que es el que de verdad me hizo volver, y no fue lo del nombre.
Fue que dejé de leer.
El tercer día, que anoté como nada, bajé a un asentamiento a comprar y estuve una hora entre gente.
Y volví al vehículo sin nada.
No es que leyera mal: es que no leí. No me salió el impulso. Una hora entre cuarenta personas y ninguna me llamó la atención, ninguna se me quedó, ninguna me pidió nada por dentro.
Fue muy agradable. Eso hay que decirlo. Fue la hora más descansada que había pasado en doce años.
El cuarto lo probé a propósito, ya con sospecha. Me senté en una plaza y me obligué a leer a alguien: una mujer discutiendo con un chico.
Saqué los datos. El peso de ella adelantado, la mano de él abierta hacia arriba, la distancia entre los dos más corta de la que corresponde a una pelea.
Todos correctos. Y no se juntaban.
Y ahí lo entendí, en una plaza, con el mejor descanso de doce años en el cuerpo:
yo leo a la gente porque me duele algo.
No sé decirlo mejor y he tenido ciento sesenta años para intentarlo.
El mecanismo entero se apoya en eso. Uno mira a un desconocido y calcula qué va a hacer, y lo calcula bien, porque en alguna parte hay una cosa despierta que necesita saber por dónde viene el próximo golpe.
Quítese eso y quedan los datos.
Los datos no leen nada.
Volví a la formación esa misma tarde.
Y no volví por ella. Que quede escrito, porque lo otro suena mejor y es lo que he contado siempre.
Volví porque en seis días de silencio me había quedado ciega.
La fila ya no era corta. Había cuarenta o cincuenta personas, porque había pasado una caravana, y estuve casi un día esperando.
Y en ese día entendí por qué nadie habla en esa fila.
Porque la mitad va a pedir y la otra mitad va a devolver.
Se les distingue. Los que van a pedir miran hacia adelante. Los que van a devolver miran al suelo y tienen la cara de alguien que ha hecho el ridículo.
Entré y dije:
—Lo quiero de vuelta.
Y salí, y volvió.
Volvió entero, de golpe, a la altura exacta a la que estaba, con la misma modulación cada cuatro o cinco segundos.
Me senté en el suelo, a veinte metros de la entrada, en la llanura, y estuve toda la noche escuchándolo sin hacer nada más.
Como se escucha a alguien que ha estado muy enfermo y ya respira bien.
Vi salir a otros de ahí en esos dos días.
Vi a un hombre salir y ponerse a llorar en la puerta, de pie, sin taparse, delante de la fila entera, y nadie lo miró: se ve que ahí es normal.
Vi a una mujer salir y quedarse parada mirándose las manos como si fueran nuevas.
Y vi a uno que pidió que le quitaran una cosa y se la quitaron y se fue andando muy deprisa, casi corriendo, y no volvió en los dos días que estuve.
No sé qué pidió. Espero que le haya salido mejor que a mí.