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Acto SEGUNDO · EL VASTO

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Cinco planetas seguidos y ninguno de los cinco significa nada.

Los pongo por eso, y los pongo juntos, y no voy a sacar ninguna conclusión de ninguno.

Cuando alguien cuenta un viaje cuenta los sitios donde aprendió algo. Y entonces el que escucha se hace una idea del universo que es falsa: se cree que está lleno de sitios donde se aprende algo. No lo está.

Treinta y nueve. Rocas apiladas. Sin agua, sin aire respirable, gravedad alta. Estuve tres semanas con el traje puesto por hacer el trabajo bien. Tomé cuatrocientas medidas. Al volver, tres semanas de dolor de espalda.

Cuarenta y uno. Océano de amoníaco. El atardecer duraba once horas y las nubes se ponían amarillas, de un amarillo que no he visto en ningún otro sitio y que no puedo describir mejor que diciendo que era muy hermoso.

Once horas mirando eso desde dentro del traje, sin poder abrirlo, sin poder oler nada, sin poder tocar nada.

Es lo más bonito que he visto en la vida y lo vi a través de un visor sucio.

Cuarenta y cuatro. Bosque. Bosque de verdad, alto, con hojas anchas, con insectos, con cosas que corrían entre la maleza y que nunca llegué a ver enteras. Aire respirable sin traje. Agua buena. Fruta comestible en cuatro variedades.

Cuatro meses. Comí bien, dormí bien, engordé.

No pasó nada.

Ese planeta era perfectamente habitable y perfectamente indiferente, y estuve cuatro meses de cuerpo presente sin que el sitio se enterara de que yo estaba ahí.

Cuarenta y siete. Un planeta partiéndose por el ecuador. Un centímetro cada dos años, medido por ellos —había un pueblo, pequeño, con una escuela— desde hacía cuatro siglos.

La grieta se ve desde arriba y es roja.

Me quedé nueve días. Esperando algo. No sé el qué: aquello iba a tardar cien mil años en ser un acontecimiento y yo lo sabía perfectamente antes de aterrizar.

Al noveno día me fui, y en la escuela había una tabla en la pared con las mediciones de cuatro siglos, y una casilla vacía para el año siguiente.

Cincuenta y uno. Otra vez rocas.

Ni siquiera bonitas.

Y en esos cinco planetas pasó lo que pasa siempre y de lo que nadie avisa, que es que uno se lee a sí mismo cuando no hay nadie más.

Y sale mal.

Con otro, el método funciona: hay un cuerpo delante, hace cosas, y uno mira los restos. Con uno mismo no hay cuerpo delante. Hay sólo lo que uno se cuenta.

Y lo que uno se cuenta está escrito por el mismo que lo lee.

Yo lo intenté durante esos años, y llevo el registro.

Me hacía preguntas y me contestaba, y anotaba las respuestas, y las revisaba a los meses.

¿Por qué sigo? — Diecinueve respuestas distintas en cuatro años, todas convincentes, ninguna igual a la anterior.

¿Quiero volver? — Once veces sí, ocho veces no, y las diecinueve con argumentos buenos.

¿Qué haría si supiera que no queda nadie? — Ésa la contesté una vez y arranqué la hoja.

Con la gente acierto. Sesenta y cuatro casos anotados, cuatro mundos, y la lectura sale.

Conmigo, en cuatro años, no saqué una sola cosa que resistiera seis meses.

Y ahí aprendí lo único que sé sobre esto y que no me ha servido para nada:

leer no es una habilidad. Es una distancia.

Se lee lo que está lo bastante lejos para tener un contorno. Yo veo el borde de todos los demás. El mío no lo he visto nunca, y he tenido ciento noventa años y más soledad de la que le deseo a nadie para intentarlo.

Ésa es la razón por la que un ser como yo necesita a alguien delante.

No por compañía.

Por ángulo.

Eso es un viaje.

Eso es la mayor parte de un viaje. La proporción real, si alguien la quiere, es la siguiente: de cada cien sitios donde bajé, en ochenta y algo no pasó nada, en diez pasó algo pequeño, en cuatro o cinco pasó algo que valió la pena contar, y en uno pasó una cosa que me cambió.

Cualquiera que te cuente lo contrario está resumiendo.