Acto SEGUNDO · EL VASTO
19
6 minutos de lectura
Y aquí empieza a cambiarme el cuerpo.
Voy a ponerlo por años porque así lo apunté, y voy a ponerlo entero, porque nadie de mi familia va a leer esto y porque de las once que salimos yo soy la única que ha podido escribir qué nos pasa cuando salimos.
REGISTRO DE CAMBIOS
Año uno. Escama del dorso de las manos: más gruesa, más oscura. De gris a casi negro. Sin dolor, sin proceso visible. Un día me miré y estaba.
Año dos. Nada.
Año tres. Alas. Ver aparte.
Año cuatro. Cambio en el paladar. Se me endureció la parte de atrás. Consecuencia: dejé de poder hacer tres sonidos de mi propia lengua. Hablo mi idioma con acento desde entonces.
Año cinco. Nada.
Año seis. Ojos. Migración hacia el frente, uno o dos grados por año, que continuó otros veinte. Campo lateral perdido: mucho. Profundidad ganada: mucha.
Año siete. Cresta dorsal endurecida. Duele al dormir de espaldas. Dejé de dormir de espaldas.
Años ocho y nueve. Nada.
Año nueve, final. Temperatura basal por encima del ambiente, de forma permanente. Entre uno y tres grados según el sitio.
Año diez. Nada.
Año once. La voz bajó. No sé por qué. Nadie sabe por qué. Se lo pregunté a los once y ninguno lo tenía apuntado.
Y hay un cambio que no está en el registro porque no es del cuerpo, y es el que más me cambió la vida.
Los ojos hacia el frente me arruinaron la lectura de los grupos.
Lo digo con precisión porque me costó años entenderlo y porque es una pérdida real.
Con los ojos a los lados —como los tenía antes, como los tienen los míos— se ve una sala entera de una vez. No con detalle: con presencia. Se sabe que hay once personas, dónde están, cuál se movió, sin mirar a ninguna.
Yo leía así. Leía el conjunto. Sabía qué iba a hacer una habitación.
Con los ojos al frente eso se acabó.
Ahora veo una cosa a la vez, con una profundidad que antes no tenía, y para leer una sala tengo que ir de cuerpo en cuerpo, en orden, gastando segundos.
Gano precisión y pierdo el conjunto.
Y ahí está lo que se llevó Ohuel sin saberlo, a cambio de enseñarme a mover mundos.
Aquel patio de arriba —cuatro consejeros repartiéndose en una fracción de segundo el trabajo de no decirme la verdad— es una lectura de conjunto. De las que se hacen enteras, en el momento, sin ir de cara en cara.
Ésa la habría hecho con los ojos que tenía a los veintiséis años, si hubiera tenido la práctica.
Con los que tengo ahora no la puedo hacer en el momento. Sólo la puedo hacer después, de memoria, reconstruyendo cuerpo por cuerpo, como la hice ochenta y un años más tarde tirada en un escombro.
Por eso todo lo que entiendo en este libro lo entiendo tarde.
No es una manera de hablar. Es óptica.
Cambié la mirada que abarca por la mirada que atraviesa. Con la que atraviesa se mueven planetas.
Y no se ve venir a nadie.
Lo de las alas hay que contarlo aparte.
No se cayeron. Se me pegaron.
Empezó por la raíz, con una sensación de tirantez que yo achaqué al ejercicio. Después la membrana se fue acortando —dos o tres centímetros por estación— y adhiriéndose al costado. No hubo herida, no hubo sangre, no hubo nada que se pudiera enseñar.
Al final del tercer año yo no tenía alas: tenía una cresta baja de tejido duro que va del hombro a la cadera, por los dos lados, y que ahora uso para colgarme cosas.
Se lo dije a Ohuel. Le pregunté si eso era normal.
Y ella, que estaba haciendo otra cosa y no levantó la vista, dijo que el cuerpo retira lo que no se usa y refuerza lo que se usa, y que si yo empujaba el espacio no necesitaba empujar el aire.
Y siguió con lo suyo.
Yo nunca volé.
Que quede claro, porque cuando cuento esto la gente pone cara de pérdida. Nunca volé un metro. Nací con las alas cortas y torcidas hacia adentro, ornamentales, inútiles desde el primer día. En veintiséis años en el puerto no las usé jamás para nada que no fuera equilibrio.
Y lloré tres días.
Tres días enteros, a los ciento y pico años, en el planeta de la caña, encerrada en un cobertizo que me habían dejado, por unas alas que no habían servido nunca para nada.
Aquella noche me acordé del cordel.
Del hombre de la Casa del Agua midiéndome la envergadura con un cordel, a los nueve años, con los brazos levantados hasta que me dolieron. Y de la palabra larga dicha en el pasillo sin bajar la voz.
Y de mi madre llorando delante de gente.
Pero esa noche me acordé de lo que vino después, que no lo he contado y que no había vuelto a pensar en ciento y pico años.
Que mi madre lloró en el pasillo, sí. Y que después nos fuimos a casa. Y que en casa, esa misma tarde, sacó una tela y se puso a coser.
Estuvo cosiendo tres días.
Lo que hizo fue una especie de chaleco, con dos piezas rígidas por detrás, muy mal cosido porque ella no cosía. Y a los tres días me lo puso y me llevó al tejado y me dijo que probara.
Yo tenía nueve años y no entendí que aquello era para volar. Creí que era ropa.
Me subí al pretil con el chaleco puesto y salté, porque me lo dijo ella, y me caí dos metros al tejado de al lado y me abrí la rodilla.
Y ella bajó corriendo, me limpió la rodilla, me quitó el chaleco, y no volvió a hablar del asunto nunca.
Ciento y pico años después, en un cobertizo, en un planeta que no sabía que existía, entendí que mi madre había pasado tres días cosiendo unas alas.
Que no sabía coser. Que no sabía nada de vuelo. Que estaba haciendo lo único que se le ocurrió.
Ésa es la clase de cosa que hace mi familia. Todo el mundo haciendo lo que puede, en silencio, en la dirección equivocada.
Cuando volví —mucho después, cuando por fin volví— mi propia gente tardó en reconocerme.
Ixquin ya estaba muerto. Mi madre ya estaba muerta. Tzacual ya estaba muerto.
Un sobrino de Ixquin, que no me había visto nunca, que tenía sesenta años y un cargo en la Casa Alta, me recibió en el patio de arriba —el mismo patio, el mismo olor, era día de mercado— y me miró la espalda sin alas y las manos negras y la cara con los ojos hacia el frente.
Y me preguntó de qué familia era.
Le dije mi familia.
Y dijo:
—No me parece.