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Acto SEGUNDO · EL VASTO

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El vehículo se rompió en el treinta y cuatro y fue lo mejor que me pasó, y tardé once años en enterarme.

Se rompió de la peor manera, que es la aburrida. Fatiga en el anclaje del sistema de empuje: la pieza que sujeta el motor al bastidor. Llevaba meses avisando con una vibración de baja frecuencia que aparecía sólo en aceleración y que yo había diagnosticado, con toda la seguridad del mundo, como un asiento de carga mal apretado.

Lo apreté cuatro veces.

Se partió en el aire, a poca altura, en aproximación. El motor siguió empujando por su cuenta durante un segundo largo y eso me puso el morro arriba y el resto abajo, y bajé de lado.

Aterricé sobre una plantación.

Eso hay que decirlo: sobre una plantación. Una cosa parecida a la caña, de tres metros, sembrada en hileras rectas, que alguien había plantado y estaba cuidando.

Aplasté una extensión que después medí, porque me hicieron medirla, y que eran seiscientos cuarenta metros cuadrados.

Salí entera. Con un corte en el antebrazo del que todavía tengo la marca. El vehículo no salió: se le partió el bastidor en dos sitios y el motor quedó enterrado a metro y medio.

Y a los veinte minutos había once personas alrededor mirando la caña.

No me atacaron. No me ayudaron. Se pusieron en el borde de lo aplastado y miraron la caña.

Estuvieron así un rato largo. Después uno se agachó, levantó un tallo partido, lo miró por los dos lados y lo dejó donde estaba.

Yo dije algo. No recuerdo qué, seguramente una disculpa, en mi lengua, que no entendían.

Y aquí conviene que cuente cómo se lee a once desconocidos a la vez, porque lo hice en veinte segundos y de ello dependía bastante.

Se leen los pies.

La cara miente. Y en una especie que no conoces la cara además no dice nada, porque no sabes qué significa cada cosa: lo que en un sitio es amenaza en otro es saludo.

Los pies no mienten en ninguna especie. Apuntan adonde el cuerpo ha decidido ir, aunque el cuerpo todavía no lo sepa.

Once personas alrededor de un campo aplastado, con una criatura desconocida en medio.

Ninguno tenía los pies hacia mí.

Cuatro los tenían hacia la caña. Tres hacia el que resultó ser Nictë, esperando a ver qué hacía él. Dos hacia atrás, hacia el camino, que es la postura de quien ha decidido irse si algo pasa. Y dos de lado, indecisos, que son los que en cualquier grupo hacen lo que haga la mayoría.

Ninguno hacia mí. Ninguno hacia el vehículo, que era la cosa más rara que habían visto en nueve mil años.

Eso me dijo tres cosas en veinte segundos, y las tres eran ciertas:

Que no iban a atacarme, porque no se ataca desde esa postura.

Que no iban a ayudarme, porque para eso hay que dar un paso y nadie estaba dispuesto a darlo primero.

Y que el problema, para ellos, en ese momento, no era yo.

Era la caña.

Cuando entendí eso me quedé quieta y cerré la boca, que fue la única cosa inteligente que hice ese día.

Y el que había levantado el tallo se enderezó y dijo, en una lengua franca de tránsito que yo hablaba mal y él hablaba peor:

—Seiscientos cuarenta.

Y ésa fue la primera cosa que me dijo alguien de ese planeta.

Se llaman a sí mismos con una palabra que significa «los de aquí», que es lo que se llama a sí misma toda la gente que no ha necesitado distinguirse de nadie.

Llevaban nueve mil años sin salir del planeta.

No por incapacidad. Ésa fue mi primera suposición y me duró tres semanas, hasta que vi lo que hacían. Habían salido. Tienen registros de haber salido, muy antiguos, con nombres y con lugares. Y en algún momento —los registros no dicen cuándo ni por qué, y yo pregunté mucho— dejaron de hacerlo.

Cuando pregunté por qué, la respuesta más completa que conseguí, de una mujer que llevaba el archivo, fue:

—Porque ya habíamos ido.

Y se movían por el planeta de una manera que a mí me costó cuatro meses aceptar que estaba viendo.

Los primeros días no lo noté. Uno no nota lo que no busca. Yo estaba con el vehículo destrozado, negociando lo de la caña, aprendiendo a comer lo que comen, y la gente iba y venía y a mí me parecía que iba y venía.

Lo noté en una conversación.

Estaba hablando con un hombre —el mismo del tallo; se llamaba Nictë— sobre la posibilidad de que alguien me llevara al continente del norte, donde había, según él, restos de máquinas viejas.

Dijo que iba a preguntar.

Y no estaba.

No se dio la vuelta. No se alejó. No entró en ninguna parte. Estábamos los dos de pie en un camino, hablando, y después yo estaba de pie en un camino sola, con la frase a medias.

Miré alrededor. No había dónde meterse en cien metros.

Volvió cuatro horas después, por el otro lado del camino, cansado, con los pies cubiertos de un polvo que era rojo y en ese sitio el polvo era gris.

Y siguió la conversación por donde la había dejado.

Se lo pregunté ochenta veces. Las tengo contadas porque a partir de la veinte empecé a contarlas por rabia.

Las primeras setenta me contestó cosas que no entendí. No porque no quisiera explicarse: porque me las explicaba en su marco.

Decía cosas como se aprieta. Como hay que buscar la veta. Como no todos los sitios están igual de lejos aunque estén a la misma distancia.

Yo pedía precisión y él me daba más de lo mismo, con paciencia, sin entender qué no entendía yo. Es lo que pasa siempre que alguien que sabe hacer algo desde niño se lo tiene que explicar a alguien que no.

La setenta y una fue distinta.

Estábamos sentados. Yo estaba de mal humor. Y le dije que era imposible, que un cuerpo no se mueve sin empujar contra algo, y que entre dos sitios no hay nada contra lo que empujar.

Y él se quedó callado un momento, y después dijo:

—No es que te muevas tú. Es que empujas lo de en medio.

Ahí empezaron once años.

El maestro no fue Nictë. Nictë sabía hacerlo y no sabía enseñarlo, que es lo normal. Me pasó a una mujer que se llamaba Ohuel.

Ohuel tenía —traduciendo su cuenta a la mía— unos setenta años, que para ellos es mayor. Era pequeña, seca, con las manos estropeadas de trabajar la caña, y no me tuvo la menor paciencia ni un solo día de los once años.

Y eso no era desprecio. Al contrario. En su cultura tener paciencia con el que aprende se considera ofensivo: significa que no crees que vaya a conseguirlo, y por eso le ahorras el mal rato. La paciencia es lo que se tiene con los tontos y con los que se van a morir.

Que Ohuel me gritara desde el primer día era la manera que tenía de decirme que contaba conmigo.

Tardé cuatro años en entender eso también. Los cuatro primeros los pasé convencida de que me odiaba.

Voy a poner lo que se aprende, aunque escrito no sirva de nada. Lo pongo porque es lo único que traje de ese planeta y porque un día alguien va a necesitar saber que existió.

LA COSA DE OHUEL (lo que me hizo repetir hasta que dejé de decirlo mal)

El espacio entre dos sitios no es nada. Es algo.

Tiene grosor. Tiene grano, como la madera. El grano no está siempre en la misma dirección y no depende de la distancia: hay sitios muy lejos con el grano a favor y sitios muy cerca con el grano cruzado, y por eso no todos los sitios están igual de lejos aunque estén a la misma distancia.

Encontrar el grano se hace con el cuerpo, no con la cabeza. No hay instrumento. El que dice que hay instrumento no ha empujado nunca.

Se aprieta en la dirección del grano. No se aprieta uno mismo: se aprieta lo de en medio. Uno se queda donde está y lo de en medio se reduce, y cuando lo de en medio se ha reducido a nada, uno está en el otro sitio sin haberse movido.

Duele. Duele siempre. No es un efecto secundario: es el trabajo. Lo que duele es el grosor cediendo, y si no duele es que no ha cedido y no vas a llegar.

Se lo pregunté a los once que sabían hacerlo en ese planeta, incluidos los tres que llevaban toda la vida. A todos. Con la misma pregunta: ¿a ti todavía te duele?

Los once dijeron que sí.

Las primeras cuatro veces que lo conseguí no me moví: me desmayé.

Después conseguí seis metros. Un año en llegar a seis metros. Ohuel no dijo nada: me señaló un árbol a treinta y se fue.

A los cuatro años hacía kilómetros y vomitaba después.

A los siete cruzaba el continente y podía comer al llegar.

A los once, el día que me fui, salté del planeta al sistema siguiente y llegué consciente y con las dos manos funcionando, y Ohuel, que había subido a despedirme y que no me había dicho una palabra amable en once años, me dijo:

—Bueno.

Y se dio la vuelta y se fue andando, que era como se iba cuando no tenía prisa.

Y ahora lo que importa y lo que no supe hasta mucho después.

Se puede empujar con carga.

Ohuel se movía con lo que llevara encima: la ropa, una herramienta, un saco. Eso es lo que hacen todos ahí y les basta, porque no llevan nada a ninguna parte.

Yo pregunté, hacia el año ocho, cuánto se puede llevar.

Y ella dijo que lo que aguantes.

Le pregunté qué significaba aguantar.

Y me contestó una cosa que entonces me pareció una tontería de las suyas y que resultó ser la frase más importante que me han dicho en la vida:

—Lo de en medio no sabe qué es tuyo. Sabe qué estás tocando.