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Acto SEGUNDO · EL VASTO

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Los cuatro años siguientes los pasé trabajando, y quiero explicar en qué, porque «trabajando» no dice nada.

Me inventé un protocolo.

Bajaba a un sitio. Elegía una dirección con el instrumento y la fijaba. Y caminaba en línea recta tomando dos medidas cada doscientos metros: temperatura del suelo a cinco centímetros de profundidad, y temperatura del aire a la altura del pecho.

Doscientos metros son unos ciento sesenta pasos míos. Los conté una vez y después me fié.

En un día de marcha salen unas noventa medidas. Ciento ochenta cifras. Una hoja y media.

Y por la noche revisaba las hojas buscando errores.

Eso es lo importante y es lo que quiero dejar claro: buscaba errores. No analizaba nada. No sacaba conclusiones. No comparaba planetas entre sí, aunque podría haberlo hecho y aunque el instrumento lo permitía. Repasaba columnas de cifras que no le importaban a nadie, buscando una resta mal hecha.

Y cuando encontraba una me alegraba.

Me alegraba de verdad. Se me ponía el cuerpo de otra manera. Porque corregir un error son veinte minutos: hay que localizarlo, comprobar la medida original, tachar limpio, escribir al lado, y anotar la corrección al pie de la hoja con la fecha.

Veinte minutos ocupados. Con un principio y un final. Con una cosa mal que pasa a estar bien.

En cuatro años llené sesenta y un cuadernos.

Los tiré todos el año siguiente, en un sitio con un río, de golpe, sin ceremonia, y me quedé mirando cómo se abrían al caer.

Y hay una cosa de esos cuatro años que no he contado y que es la que los explica.

Empecé a leer a Tepin muerta.

No es lo que parece. No hubo visiones, no oí voces, no me volví loca de una manera que se pueda contar en una frase.

Fue esto: yo llevaba once años leyendo a un cuerpo. Todos los días. Era lo primero que hacía al despertar y lo último antes de dormir, y la mayor parte de lo que supe de ella lo supe así y no hablando.

Un músculo entrenado once años en un solo cuerpo no se apaga porque el cuerpo falte.

Así que seguía leyéndola.

Le leía el color del vientre a las siete de la mañana, cuando no había vientre. Calculaba, al servirme de comer, cuánto le tocaba. Me giraba a comprobar si estaba tibia antes de bajar la temperatura de noche.

Eso duró, con esa intensidad, unos ocho meses. Después bajó, como bajó todo.

Y sigue pasando. Cuatro o cinco veces al año, ciento sesenta años después, calculo raciones para dos.

Y por eso los cuatro años de medir temperaturas del suelo.

Porque un músculo que no tiene a quién leer se pone a leer lo que haya —ya me pasó en el primer planeta, con las piedras y las hondonadas que estaban esperando— y yo ya sabía adónde lleva eso.

Así que le di cifras.

Ciento ochenta al día, en dos columnas, con un error de vez en cuando para tener veinte minutos con principio y final.

No estaba midiendo planetas. Estaba dándole de comer a una cosa que si no come se pone a inventar.

Alguna vez he pensado que esos cuatro años son lo más parecido a rezar que he hecho nunca.

No creo en nada. En mi pueblo hay quien sí y hay quien no y a mí me tocó lo segundo por familia, no por convicción. Nunca me ha faltado.

Pero he visto rezar a mucha gente en muchos sitios y hay una cosa que hacen todos, sean de donde sean: repiten algo que no sirve para nada, a horas fijas, con cuidado.

No piden. Los que piden son pocos y casi siempre están asustados. Los otros —los que llevan cuarenta años haciéndolo— repiten.

Y yo no rezaba: yo tomaba temperaturas del suelo a cinco centímetros. Pero lo hacía a horas fijas, con cuidado, sabiendo que no servía, y por la noche buscaba un error para tener veinte minutos con principio y final.

Es lo mismo. Estoy razonablemente segura de que es lo mismo.