Acto PRIMERO · TEPIN
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A los cuatro días levanté el vehículo y seguí en la misma dirección.
Cuatro días. Los conté después, en el cuaderno, por las casillas vacías.
No fue valor. Que quede claro porque hay una versión de esto que circula por tres mundos y que me pone bien, y la versión es falsa.
No fue el encargo. No me acordé de la frase de Ixquin ni una sola vez ese mes. No pensé en el puerto, ni en las Casas, ni en el censo que llevaba en el equipaje sin saberlo.
Fue lo siguiente:
Que si me quedo quieta se oye más.
Es literal. Es una propiedad física de la cosa, comprobada por mí en todas las posiciones posibles: sentada se oye más que de pie, tumbada más que sentada, y quieta con los ojos cerrados es insoportable. En movimiento baja. Cuanto más movimiento, más baja. Nunca desaparece, pero baja.
Así que levanté el vehículo, no por fortaleza sino por acústica, y me pasé los siguientes ciento sesenta años moviéndome por una razón que no le conté nunca a nadie porque me daba vergüenza que fuera tan pequeña.
Se lo dije una sola vez, mucho después, a un idiota escamoso, una noche, sin venir a cuento.
Le dije: no me muevo porque sea valiente. Me muevo porque quieta se oye más.
Él no dijo nada en ese momento.
Y yo lo leí mientras no decía nada, porque no puedo no hacerlo, y anoté el resultado esa misma noche en el margen del cuaderno de consumo, que es donde anotaba las cosas que no eran del cuaderno.
Anoté: no le importó.
Los datos eran limpios. No cambió de postura. No dejó de comer. No hizo la cosa que hace todo el mundo cuando alguien le confiesa algo pequeño y vergonzoso, que es un movimiento mínimo hacia adelante, medio dedo, para avisar de que está recibiendo. Él siguió exactamente igual, con el peso en el mismo sitio, mirando el mismo punto del fuego.
Con cualquier otro, eso significa una sola cosa y la significa siempre.
Ahora sé lo que pasaba y lo tuve delante veintidós años.
Los demás ensayan porque calculan. Miden lo que les va a costar y ensayan el gesto más barato, y por eso se les ve: el ensayo es la sombra de la cuenta.
Él no hacía la cuenta.
Lo que le llegaba se le quedaba dentro sin ser procesado, dando vueltas, como una piedra en un zapato que uno decide no quitarse. Y salía cuando terminaba de dar vueltas. A veces esa misma noche. A veces —y ésta es la que me arruinó— dos años después, en otro mundo, en mitad de una conversación sobre el precio de un tanque.
De modo que yo tenía un sistema que mide el ensayo de la gente, y me pasé un cuarto de mi vida al lado de un ser que no ensayaba nada.
Que es el segundo. La primera fue ella, en una grieta, y de ella lo escribí muy pronto en estas hojas y no supe qué hacer con el dato.
La diferencia entre las dos veces es que a ella no le hizo falta calcular nunca — tenía doscientos gramos y ninguna decisión— y él sí tenía que calcular, todos los días, y no lo hacía.
Yo lo llamaba tonto por eso.
Como dos años después, en otro sitio, en mitad de otra conversación que no tenía nada que ver, dijo:
—El sol tampoco se para.
Y yo le dije que qué tenía que ver.
Y él dijo que nada, que se le había ocurrido.
Y se puso a hablar de otra cosa, y yo lo dejé, porque era tonto y decía tonterías todo el rato, y ésa me pareció una más.
Lo escribió después. Con muy mala letra, en una hoja, entre otras cuarenta y nueve.
Yo lo leí ciento veinte años más tarde, sentada, con el poemario en las rodillas, y tuve que parar y dejarlo en el suelo y salir a la calle.