Acto PRIMERO · TEPIN
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Esto no lo puedo probar y lo escribo igual.
He llegado a sitios donde no ha estado nunca nadie de fuera. Sitios donde no sabían lo que yo era y me miraban con ese miedo educado con que se mira lo que no se entiende y todavía no ha hecho nada.
Y en esos sitios he visto a alguien pararse a mitad de una frase.
La primera vez fue en un mercado, en el treinta y tres, dos años después.
Un hombre me estaba diciendo el precio de una cosa. Estaba en mitad de la cifra.
Y se paró. Se le fue la mirada a un punto medio, se puso la mano abierta en el pecho —no cerrada, no como quien tiene un dolor: abierta, plana— y se quedó así tres o cuatro segundos.
Después buscó con los ojos hacia su derecha, donde había una mujer y una niña ordenando fruta, y las miró.
Y después terminó la cifra.
Yo no le di ninguna importancia. Se lo cuento a quien me lo pregunte: la primera vez no le di ninguna importancia.
Lo empecé a contar hacia el año veinte, cuando ya llevaba once vistas y las últimas seis las había visto sabiendo que las iba a ver.
Y ahí está lo que me costó admitir.
Las últimas seis las vi antes de que pasaran.
No es misterio: es el mismo músculo. Cuando llevas veinte años mirando cuerpos, sabes qué está a punto de hacer cada uno en una plaza. Yo entraba en un mercado y en treinta segundos tenía leídos a cuarenta.
Y a partir de cierto punto empecé a distinguir, entre esos cuarenta, a los que estaban a punto de pararse.
No sé decir por qué. He intentado aislarlo mil veces y no puedo. Hay algo que cambia entre uno y dos segundos antes: no en la cara, no en las manos. En la manera de ocupar el suelo. Como si el cuerpo dejara de estar yendo a donde iba un instante antes de que la cabeza lo notara.
Yo lo veo. Los veo pararse antes de que se paren.
Y entonces me giro y espero, y a los dos segundos se para, y se pone la mano abierta en el pecho, y busca a los suyos.
He hecho eso sesenta y cuatro veces en cuatro mundos.
Sesenta y cuatro veces he sabido, dos segundos antes, que a un desconocido le iba a llegar mi ruido.
Y no he podido avisar a ninguno. No hay manera de avisar de eso. No hay una frase que se le diga a alguien en dos segundos que sirva para algo.
Así que lo que hago es girarme y mirar.
Y eso es lo más parecido a acompañar que se me ha ocurrido en ciento sesenta años: estar mirando a alguien en el momento exacto en que le llega una cosa mía, para que al menos haya en esa plaza una persona que sepa lo que le está pasando.
Ellos no me ven. Están buscando a los suyos.
Es siempre igual. Y lo digo con la seguridad de quien ha anotado sesenta y cuatro casos en cuatro mundos:
Se detiene la actividad. Sea la que sea. Se detiene a mitad.
Viene la mano al pecho, abierta.
Duran entre nueve y catorce segundos. La media que me sale es once.
Y después buscan a alguien. Siempre. Con los ojos primero. Y si tienen a alguien cerca, van.
He visto a un hombre levantarse y abrazar a un hijo que no había pedido nada y que estaba jugando. He visto a una mujer sentarse al lado de un viejo que estaba perfectamente y quedarse ahí sin decir nada, con la mano encima de la manta. He visto a dos que discutían pararse los dos a la vez, a mitad de la discusión, y quedarse callados, y no seguir discutiendo.
Y he visto a gente que no tenía a nadie a quien ir. Ésos se quedan quietos y esperan a que pase.
Una vez, muy lejos —en el cuarenta y nueve, que está a una distancia que no significa nada porque no hay manera de decirla— oí a una mujer explicárselo a otra.
Estaban sentadas en un escalón. Una era mayor y la otra era joven, y a la joven le acababa de pasar y estaba asustada.
Y la mayor le dijo, con el tono con que se explican las cosas normales:
—Eso pasa. No es tuyo. Viene, y no es de una, y no dura. Lo mejor es agarrar a alguien mientras.
La joven preguntó si le iba a volver a pasar.
Y la mayor dijo que sí, unas cuantas veces en la vida, y que no había que darle más vueltas.
Y después le dijo el nombre que le dan.
Yo no lo entendí. Era una palabra corta, con un sonido que no está en mi lengua, y no me atreví a preguntar.
Me fui de ese planeta sin preguntar el nombre de la cosa que yo estaba haciendo.
Tienen nombres para eso. En seis sitios distintos que yo sepa, y seguramente en muchos más.
Ninguno acierta.
Ninguno puede acertar. Para acertar habría que saber que no es una cosa que pasa, ni un aire, ni un mal del tiempo, ni una advertencia de nada.
Habría que saber que hay una sola criatura, en un solo punto que ninguno de ellos podría señalar en ningún mapa, que perdió a un animal de doscientos gramos con las patas delanteras torcidas hacia adelante y las manos de cinco dedos.
Y que el ruido que hace desde entonces llega hasta ahí.
Y hay una cosa más, que es la que hace que a veces no pueda dormir.
Ellos hacen lo correcto.
Yo, cuando me pasó, no abracé a nadie. No tenía a nadie. Me quedé sentada en el suelo mirando cinco pantallas que informaban de la presión exterior.
Ellos, que no saben nada, que no la conocieron, que no podrían pronunciar su nombre ni el que le puse yo, se paran once segundos y van a buscar a los suyos.
Hay millones de personas en este universo que han hecho por Tepin lo único que había que hacer.
Y ninguna sabe que existió.