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Acto PRIMERO · TEPIN

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Sé lo que es. Lo supe esa misma noche, sentada en el suelo entre el panel y la escotilla, y no me ha servido de nada.

Hay dolores que se curan sabiendo qué son. Se les pone el nombre y aflojan. Éste funciona al revés: cada vez que lo identifico lo estoy volviendo a hacer.

Es el sitio por donde me partí. No lo digo como una manera de hablar. Hay una parte de mí que estaba entera y ahora está en dos, y sigue funcionando en dos, y el ruido es el de las dos mitades tocándose cada vez que respiro.

Va a sonar hasta que me muera. Eso también lo supe esa noche y tampoco sé cómo.

Lo que probé, por orden y sin ahorrarme nada:

Trabajar. Cuatro años de mediciones inútiles, que ya conté. No sirve, pero es lo único de la lista que no empeora nada.

No trabajar. Once meses en un sitio con clima suave sin hacer absolutamente nada, que era el consejo que me dio una mujer en el veintinueve. Es lo peor de la lista. No recomiendo ni un día.

Hablar en voz alta. Estuve un año hablando sola, todos los días, en voz alta, describiendo lo que hacía. Ahora abro el panel. Ahora compruebo la línea tres. Funciona mientras hablas. Se acaba cuando cierras la boca y entonces está más fuerte que antes, porque has estado un rato sin oírlo y hay que volver a acostumbrarse.

No hablar. Cuatro meses sin decir una palabra. No cambia nada y además te sale la voz rara después.

El cansancio. Volar —bueno, moverme— hasta caer. Varias veces. Sirve durante el rato exacto en que estás inconsciente.

Leer a otros. Esto no está en ninguna lista y es lo que más hice.

Bajaba a un sitio con gente sin ningún motivo de trabajo. Me sentaba en un mercado, en un puerto, en la puerta de una casa de reunión, y leía cuerpos durante horas.

Y funciona.

Funciona muy bien, y por eso lo pongo en la lista de las cosas que probé y no en la de las que me ayudaron.

Mientras lees a alguien no estás dentro de ti. El músculo se lleva todo: la atención entera va a un cuerpo ajeno, a calcular qué va a hacer con las manos, a qué distancia se sienta del otro, cuánto tarda en contestar. Y el ruido, que está dentro, se queda sin nadie escuchándolo.

Hice eso durante años.

Llegué a pasar jornadas de doce horas sentada en sitios públicos leyendo a gente que no conocía y que no me hablaba, y volvía al vehículo agotada como si hubiera trabajado, y dormía.

Y aquí está lo que tardé un siglo en admitir.

Yo no leo a la gente por oficio. El oficio vino después y fue la excusa.

Yo leo a la gente porque mientras lo hago no estoy en mí.

Y eso no empezó con Tepin. Eso empezó mucho antes, en un puerto, en una casa donde no se lloraba delante de nadie, con una cría a la que le habían dicho que sus alas eran ornamentales y que aprendió a mirar a los demás para no mirarse.

El ruido sólo lo hizo evidente.

Cantar encima. Esto es lo peor y lo pongo con detalle porque a mí me lo recomendaron dos veces y las dos veces era gente que quería ayudar.

Si cantas encima, no lo tapas. Lo que pasa es que el ruido y la voz son casi iguales de graves, y dos sonidos casi iguales no se suman: se pelean. Aparece un tercer sonido, más lento, que va y viene. Es peor que los dos. Y cuando dejas de cantar el tercer sonido tarda un rato en irse, y en ese rato hay dos cosas sonando en vez de una.

Lo hice una vez, un rato largo, y después estuve dos días sin poder hacer nada.

Y después, muy despacio, bajó.

No sabría decir cuándo. No hay un día. Pero llegó un momento, calculo que hacia el año diez, en que me di cuenta de que estaba trabajando y no lo estaba oyendo, y de que llevaba un rato así.

Ahora hay días en que sólo lo oigo si me quedo quieta.

Y hay noches en que no lo oigo.

Y esas noches me despierto de golpe, sentada, con el corazón como si me hubieran llamado por mi nombre, y me quedo quieta en el borde de donde esté durmiendo, buscándolo, con el mismo pánico exacto con que se busca la respiración de alguien que lleva demasiado rato callado.

Lo encuentro siempre. Está más abajo, eso es todo.

Hay una parte de esto que no le he dicho a nadie y que voy a poner aquí porque para eso escribo.

No quiero que se vaya.

Es todo lo que me queda de once años. No tengo un objeto suyo —no tenía objetos—, no tengo una imagen, no tengo su voz, y su lengua la he perdido casi entera: me quedan siete palabras y dos de ellas no estoy segura de que las esté diciendo con el tono correcto.

Lo único que se ha quedado en el mismo sitio, sin cambiar, sin gastarse, todos los días, durante ciento sesenta años, es el ruido.

Y sé perfectamente lo que significa que yo prefiera esto a no tener nada.