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Acto PRIMERO · TEPIN

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Creí que era el vehículo.

Necesito que esto se entienda bien: lo creí de verdad. No fue un momento de negación bonita. Fue un diagnóstico técnico, hecho por alguien que llevaba veintiocho años haciendo mantenimiento de un vehículo de clase segunda y que conoce todos sus ruidos.

Un chirrido bajo, continuo, con una modulación mínima cada cuatro o cinco segundos.

Eso es exactamente el sonido de una junta de presión trabajando. Se produce cuando el sellado ha perdido elasticidad y cede y recupera con el ciclo del compensador. No es grave y hay que arreglarlo.

Me levanté.

Revisé el casco por dentro, panel por panel, con la mano abierta pegada al material, que es como se busca: la vibración se nota antes con la palma que con el oído. Once paneles. Nada.

Revisé las cuatro juntas de presión, que era lo más probable. Se comprueban con una tira de papel químico en el borde: si hay fuga, el papel cambia de color en el minuto. Cuatro tiras. Ninguna cambió.

Corté la ventilación.

El chirrido siguió.

Corté el sistema principal entero y me quedé con la reserva, que es un circuito independiente que no tiene partes móviles y que no hace ruido de ninguna clase.

El chirrido siguió, exactamente igual.

Salí.

Caminé doscientos metros en la tierra rojiza, en línea recta, hasta un sitio donde no había nada en pie. Sin el vehículo cerca. Sin una pared, sin una roca grande, sin una duna, sin nada que pudiera doblarse ni rozar con nada ni vibrar con el aire.

Comprobé el aire: no había. Ese día no corría el aire.

Me quedé de pie, en mitad de un planeta feo, en el sitio más silencioso en el que he estado en mi vida.

Y escuché.

Seguía.

Cerré la boca. Seguía igual.

Me tapé los oídos con las dos manos, apretando fuerte. Y en vez de bajar, subió — que es lo que hacen los ruidos que están dentro cuando les tapas la entrada de los de fuera.

Contuve la respiración. Puedo aguantar cerca de tres minutos.

Aguanté dos y algo, de pie, con las manos en los oídos, en mitad de la nada.

Y el chirrido siguió sin cambiar ni una vez, con su modulación cada cuatro o cinco segundos, indiferente a que yo respirara o no.

Ahí supe que no lo estaba oyendo con los oídos.

Viene de más abajo del pecho y de más adentro que el hueso.

De una zona que no tiene nombre porque nadie ha tenido que nombrarla nunca. He preguntado. He preguntado a médicos de cuatro especies, con rodeos, sin decir para qué. No hay palabra. Hay palabras para el pecho, para el vientre, para lo que va entre los dos, y todas se refieren a sitios donde hay algo.

Es como algo de metal que se está doblando muy despacio y no termina de doblarse nunca.

Y desde ese día empecé a hacer una cosa que hice durante setenta y dos años y que no le he contado a nadie, ni siquiera al tonto, que se enteraba de todo.

Empecé a leer a la gente buscando un solo dato.

Yo tenía un oficio entero de mirar cuerpos y sacarles lo que iban a hacer. Y a partir de esa noche, cada vez que me ponía delante de alguien nuevo, antes de sacarle nada, le hacía la misma comprobación.

No preguntaba. Nunca pregunté. Preguntar es una manera de que te contesten lo que tú quieres oír.

Lo que hacía era esto: me quedaba callada un momento, en un sitio donde no sonara nada, y le miraba la cara mientras el silencio se estiraba.

Porque si él también lo tiene, el silencio no le va a resultar cómodo.

Nadie soporta el silencio si por dentro le está sonando algo. Se rasca, se aclara la garganta, dice cualquier tontería, empieza a hablar del tiempo. Yo buscaba a alguien que hiciera eso, y después ver si lo hacía por incomodidad social —que tiene su gesto, y su gesto es hacia el otro— o por lo otro. Por taparse.

Sesenta y cuatro casos anotados en el cuaderno de gente, y encima de cada uno, en la esquina, una marca que sólo entiendo yo.

Cuatro mundos. Puertos, mercados, casas de reunión, salas de espera de médicos — ésas eran las mejores, porque ahí la gente está sentada, callada, sin nada que hacer, con el cuerpo entero suelto y sin vigilar.

Miré a mucha gente estando sola. Muchísima. No tengo el número y no lo quiero.

Y de todos ellos, el resultado fue el mismo, todas las veces, sin una sola excepción en setenta y dos años:

no les suena nada.

Están enteros. Ésa es la palabra y la escribo sin ninguna amargura, aunque no la lea así el que la lea.

Se les rompió algo a casi todos: se les murió gente, perdieron cosas, hay ahí dentro cicatrices que se ven a dos metros. Pero se les rompió y cerró. La carne de la gente cierra. Es lo que hace la carne cuando le pasa algo: se junta, tira de un borde y del otro, y queda una marca fea que no suena.

Yo miré a miles de personas buscando a una sola a la que no le hubiera cerrado.

Y en setenta y dos años no la encontré nunca, y llegué a la conclusión —muy razonada, muy anotada, muy tranquila— de que lo mío era un defecto de fábrica y no una herida, y que había una cosa mal hecha en mí desde el principio, y que por eso me habían dejado.

Después, en una escalera de un mundo apagado, un hombre que no había preguntado nada me dijo cuatro palabras sin levantar la voz.

Y llevo ciento veinte años sin saber qué es peor:

los setenta y dos años en que nadie oyó nada,

o que el único que lo oyó fuera él.