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Acto PRIMERO · TEPIN

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4 minutos de lectura

La enterré en el veintiuno, que era un planeta feo.

He pensado mil veces que debí llevarla al once. Al del agua. Al que ella quiso.

Quedaba a cuatro meses de vuelo con la dotación que me quedaba, y habría gastado seis saltos, y no fui capaz de viajar cuatro meses con ella en una caja.

Ésa es toda la razón. No hay otra. La he adornado de varias maneras a lo largo de los años y ninguna se sostiene.

Cavé con las manos.

Con herramienta habría tardado veinte minutos y con las manos tardé casi tres horas, porque la tierra rojiza se apelmaza y no se aparta: hay que sacarla a puñados y el puñado siguiente vuelve a caer donde estaba.

No sé por qué lo hice con las manos. En ese momento me pareció evidente. Ahora supongo que era por gastar el tiempo.

Salió un hoyo mal hecho. Más ancho que hondo, con las paredes irregulares, del tamaño de dos manos.

La puse dentro. La puse de lado, con las patas dobladas, que es como dormía.

Y antes de taparla la leí una última vez, y ésta es la única lectura de este libro que no debería haber hecho.

Porque no se puede apagar. Eso es lo que hay que entender de esto. Yo no decidí mirarla: yo miro, es lo que hago, y llevaba once años mirando ese cuerpo todos los días para saber si tenía hambre.

Y un cuerpo sigue diciendo cosas después.

Tenía las patas dobladas. Como dormía. Eso lo hice yo al ponerla, y por eso no cuenta.

Tenía las manos cerradas. Eso no lo hice yo.

Cinco dedos, uno separado, cerrados sobre la palma. Las dos.

Un cuerpo se queda con las manos como estaban al final. Y ella no tenía nada dentro: se lo comprobé, se las abrí, no había nada.

Las manos cerradas sin nada dentro es lo que hace alguien que estaba agarrando y soltó tarde.

Y tenía la cabeza girada hacia el lado del vehículo.

La saqué en la palma. La puse en el suelo, en el hoyo, mirando hacia donde la puse.

Y cuando volví con la piedra la tenía girada unos treinta grados, hacia la izquierda, hacia donde estaba el vehículo aparcado.

Un cuerpo se mueve al enfriarse. Los músculos tiran y las articulaciones ceden y las cosas se acomodan. Es física. Yo lo sé perfectamente. Lo he visto en cuatro especies y lo he explicado a gente que no lo sabía.

Y me quedé de pie con la piedra en las manos, sabiendo exactamente qué había pasado, y aun así tardé un rato largo en poder taparla.

Porque una cosa es saber lo que significa y otra es lo que hace el cuerpo de uno al ver una cabeza girada hacia su casa.

No dije nada.

No sabía ninguna ceremonia de su especie. No le pregunté nunca — es una de las cuatrocientas cosas que no le pregunté nunca — y llevaba once años con ella.

Y no quise ponerle una de las mías. Nosotros tenemos una que se dice de pie, con la mano en el pecho, y que menciona a la Casa de la que uno viene. Tepin no venía de ninguna Casa. Habría sido decir algo que no era suyo delante de alguien que ya no podía corregirme.

Así que estuve de pie con las manos sucias y no dije nada, y eso me pareció mal entonces y me sigue pareciendo mal ahora, y sigo pensando que era lo correcto.

Puse una piedra encima.

La busqué un rato, porque quería una que tapara entero. Encontré una plana, del tamaño de mi torso.

Y antes de ponerla la levanté y le pasé la mano por debajo.

No lo pensé. La mano fue sola.

Estaba fría.

Estuve un momento con la piedra levantada y la mano debajo, comprobando, como si comprobar sirviera de algo, como si en algún sitio del universo hubiera una regla por la cual las piedras que van encima de las cosas que uno quiso tuvieran que estar tibias por debajo.

La puse. Estaba fría por las dos caras.

Volví al vehículo.

Me senté en el sitio de siempre, que era el suelo entre el panel y la escotilla.

Los instrumentos seguían encendidos porque yo no los había apagado. Presión exterior: correcta. Composición del aire: catorce componentes, todos dentro de márgenes. Temperatura: dieciséis coma dos. Integridad del casco: sin observaciones. Consumo en reposo: dentro de lo previsto.

Cinco pantallas informando con toda exactitud del estado de un planeta feo, en el que acababa de pasar lo único que había pasado ahí en doce millones de años, y ninguna de las cinco tenía una casilla donde ponerlo.

Estuve mirándolas un rato largo. Tenían razón todas.

Y entonces empezó el ruido.