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Acto PRIMERO · TEPIN

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Fue en el veintiuno. Voy a contar los seis días seguidos y no voy a adornar ninguno.

El planeta era feo de la manera aburrida: tierra rojiza, hondonadas, un cielo que siempre estaba a punto de algo. Habíamos bajado a hacer lo de siempre.

El aire llevaba una espora. Muy fina, en concentración baja. Venía de un hongo que crecía en las paredes de las hondonadas, en placas, y que yo vi y anoté el segundo día como «vegetación menor en paredes» sin acercarme, porque no me interesaba.

Para mí no era nada. La escama filtra y lo que entra se quema. Estuve cinco meses en ese planeta al final y no me pasó absolutamente nada.

Para un cuerpo de doscientos gramos sin escama y sin calor propio era otra cosa.

Día uno. Nada. Hablamos de un pájaro.

Ella decía que había visto un pájaro. Yo le dije que en ese planeta no había pájaros, que no había nada que volara, que llevábamos once días y no habíamos visto una sola cosa moverse.

Ella insistió. Lo describió: dos veces su tamaño, oscuro, con el vuelo por saltos.

Le dije que había visto una sombra o una piedra que cayó.

Y se enfadó. Se enfadó de verdad, que le pasaba tres o cuatro veces al año, y me dijo que yo siempre hacía lo mismo, que ella decía una cosa y yo la corregía, y que a veces sólo quería contar algo.

Tenía toda la razón y yo lo sabía mientras me lo estaba diciendo.

Le dije que vale.

Ella dijo que no, que no era vale, que era que yo dijera que había visto un pájaro.

Le dije: viste un pájaro.

Y me dijo que ya era tarde.

Y a los diez minutos se le había pasado y me estaba contando otra cosa.

Día dos. Nada. Trabajé. Ella durmió más de lo normal y yo lo apunté en el cuaderno, en la casilla de observación, con estas palabras: T. duerme mucho.

Está escrito. Lo he mirado. En la casilla de al lado, la de temperatura del aire, puse la cifra correcta con dos decimales.

Día tres. Habló menos y más despacio.

Y aquí empieza lo que me condena, que no es lo que hice sino lo que vi y decidí no mirar.

Porque yo lo vi. Vi las tres cosas y las tres las tengo con fecha, porque las apunté en la casilla de observación sin saber que las estaba apuntando.

Uno. Dejó de girar la comida.

Once años girando todo lo que se llevaba a la boca, tres o cuatro vueltas completas, buscando el lado bueno. Ese día cogió un trozo de raíz y se lo comió. Sin girarlo.

Yo lo vi. Estaba a un metro. Vi a un animal de doscientos gramos hacer, por primera vez en once años, una cosa que no había hecho nunca.

Y lo que pensé fue: qué raro.

Dos. Se puso del lado del calor.

En el vehículo hay un sitio, junto al conducto de retorno, que está tres grados por encima del resto. Ella nunca dormía ahí. Se lo ofrecí muchas veces los primeros años y siempre volvía al hueco de mi brazo, porque el hueco de mi brazo está más caliente todavía y porque, supongo, tenía otras ventajas que ella nunca me dijo.

Ese día se fue al conducto.

Es decir: eligió un sitio más frío que el que tenía disponible.

Un cuerpo que no produce calor sólo hace eso por una razón, que es que ya no puede llegar hasta el sitio bueno.

Yo lo vi y pensé que quería estar sola.

Tres. Contestó completo.

Le pregunté si estaba bien y dijo:

—Estoy cansada.

Tres palabras, ordenadas, con las dos partes de la frase. Ella no hablaba así. Ella decía cansada y ya, o decía cansadaaa estirando, o decía una cosa larga sobre por qué estaba cansada que duraba cuatro minutos.

La gente contesta completo cuando está midiendo lo que dice.

Tres señales en un día. Con un cuerpo delante que llevaba once años dejándose leer y que aquel día decía tres veces la misma cosa de tres maneras.

Y yo, que llevaba ciento y pico años leyendo desconocidos en mercados por oficio, que había aprendido a mirarle el color del vientre para saber cuándo tenía hambre porque ella no me lo decía,

ese día no le miré el vientre.

No es que no supiera leer. Es que dejé de leer.

Y sé por qué. Lo sé perfectamente y me ha costado ciento sesenta años poder escribirlo: porque leer es una cosa que uno hace con lo que le puede hacer daño, y con lo que le puede doler no lee, mira.

Día cuatro. Peor. Se movía poco. No comió a mediodía y a mí me pareció bien —había comido mucho el día anterior— y por la tarde le dije que durmiera.

Y durmió.

Cuarenta horas.

Es la cifra que llevo. Cuarenta horas entre que le dije que durmiera y que me di cuenta de que aquello no era dormir. Cuarenta horas en las que yo hice mantenimiento, revisé el filtro de admisión, anoté catorce casillas y comí dos veces.

He repasado si en esas cuarenta horas había algo que hacer. Es lo que más he repasado de toda mi vida. La respuesta es que sí: subir, salir de la atmósfera y poner el sistema de aire cerrado. Cuatro horas de maniobra. Lo pensé al quinto día, cuando ya no servía.

Día cinco. No se levantó.

Le llevé agua. Bebió acostada, de lado, y se le salía por la comisura. Se la limpié con el pulgar y ella dijo:

—Perdón.

Le dije que no dijera eso.

A media tarde la moví para que no estuviera sobre el mismo costado, y al moverla volvió a decir:

—Perdón.

Por la noche intentó ponerse de pie —no sé para qué, no había ningún sitio adonde ir— y no pudo, y se cayó de lado, y dijo:

—Perdón.

Y ya de madrugada, cuando yo creía que estaba dormida y me estaba quedando dormida yo, con la luz apagada, dijo una vez más, muy bajo, sin motivo, sin que hubiera pasado nada:

—Perdón.

Cuatro veces ese día.

De todo lo que dijo en once años —y habló todo el rato, todo, once años— es la palabra que más recuerdo, y es la única que no quería oírle.

Día seis. Me pidió salir.

No con esas palabras. Levantó una pata delantera y la movió hacia la escotilla, que era como decía las cosas cuando hablar le costaba.

La saqué. La puse en la palma, en el hueco, con los dedos un poco cerrados para que no rodara.

Afuera estaba nublado. En un planeta feo. Con la tierra rojiza hasta donde se veía y ninguna cosa en ninguna dirección que mereciera que alguien la mirara.

Yo me quedé de pie. Después me senté, porque de pie ella estaba a más altura y no sabía si eso le hacía algo.

Le pregunté si quería ver algo en concreto.

Tardó. Y dijo:

—No. Ya vi.

Estuvimos un rato así.

Le pregunté si quería que le contara algo. No contestó. Le conté de todas formas —le conté lo del puerto, otra vez, que se lo había contado veinte veces y le gustaba— y a mitad me di cuenta de que estaba hablando para mí y me callé.

Y entonces preguntó:

—¿Falta mucho para que llegues?

Y yo dije que no.

Dije que no faltaba nada. Dije que estábamos casi.

Llevaba veintiún planetas. Cuarenta saltos de dotación, veintinueve gastados. No tenía ninguna idea de dónde estaba, ni de cuánto faltaba, ni de si había un allá, ni de si quedaba alguien esperando en el sitio de donde salí.

Ella dijo:

—Ah, qué bien.

Y no dijo nada más nunca.