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Acto PRIMERO · TEPIN

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En el catorce había una ciudad dentro del hielo.

No debajo: dentro. Es importante la diferencia. Debajo del hielo hay muchas cosas en muchos sitios y no tiene misterio: nieva, se acumula, se compacta. Ahí no. Ahí el agua subió, o el suelo se hundió, y después se congeló desde abajo hacia arriba, y la ciudad quedó suspendida en el espesor.

Treinta y cinco metros de hielo, medidos con sonda en cuatro puntos. La ciudad empezaba a los ocho de la superficie.

El hielo era transparente en unas zonas y lechoso en otras, según por dónde hubieran subido las burbujas. Se caminaba por encima y se veía. Como se ve el fondo de una poza: con la deformación, con el temblor, con esa cosa de que las distancias no son las que parecen.

Las calles. Rectas, anchas, con una traza que se lee perfectamente desde arriba porque desde arriba se lee mejor que desde dentro.

Las casas, de un material que no reconocí: ligero, claro, con las paredes muy delgadas — cuatro o cinco centímetros para dos plantas, que no sé cómo se sostenía.

Y cosas ordenadas. Eso es lo que hace que no se pueda mirar y ya está. Recipientes en fila en un alféizar. Algo parecido a un tendedero con algo parecido a ropa. Una puerta abierta hacia dentro, con el ángulo justo de una puerta que alguien empujó al salir y no cerró.

Y ellos.

Ya no eran cuerpos. Llevaban tanto que se habían convertido en otra cosa: una transparencia distinta dentro de la transparencia, con la silueta dentro. Como cuando echas agua en agua y durante un segundo se ve por dónde va.

De cerca —bajamos, ahora cuento cómo— se les distinguía la forma general y nada más. Dos brazos, dos piernas, más altos que yo, la cabeza pequeña para el cuerpo. Ni ropa, ni cara, ni color.

Pero la postura sí. La postura se conserva entera.

Eso es lo que no se me quita.

Uno estaba agachado sobre algo, con los dos brazos hacia abajo y la espalda curvada. Recogía. No se sabe qué.

Dos estaban de pie, de frente, a un metro escaso. La distancia exacta a la que se habla. Llevaban doce mil años a esa distancia.

Y uno iba corriendo. La pierna de atrás extendida entera, el pie levantado, el cuerpo inclinado hacia adelante los grados que se inclina el que corre y no el que anda. Doce mil años sin llegar.

Bajamos por una fisura.

Había una, hacia el este, de las que se abren por tensión y no por fractura: los bordes casaban. Bajaba en diagonal, con repisas, hasta unos veinte metros. Con cuidado se llegaba a la altura de las ventanas de las plantas segundas.

Tardamos media hora en bajar y yo llevaba a Tepin en el hombro, agarrada de la cresta.

Abajo hacía menos frío del que hacía arriba, que es una cosa del hielo que la gente no espera. Y había luz: el hielo la traía de la superficie, difusa, azulada, sin dirección. Otra vez sin sombras. Como el primer planeta.

Yo iba mirando por las ventanas conforme pasábamos. Se ve mal, con la deformación, pero se ve. Muebles. Un cuarto con lo que parecían estanterías. Uno con nada.

Y bajando, mirando por las ventanas, hice lo que hago siempre y que ese día me salió cruel.

Leí las posturas.

Es lo mismo que hago con los vivos, y con los muertos funciona mejor, porque un muerto no corrige lo que su cuerpo estaba diciendo.

El que estaba agachado tenía la espalda curvada y los dos brazos hacia abajo, juntos. Dos brazos juntos hacia abajo no es recoger: recoger se hace con uno. Dos brazos es levantar algo pesado, o es sujetar algo que se mueve.

Los dos que estaban de frente estaban a un metro escaso. Ésa es la distancia de hablar, sí — pero uno de los dos tenía el peso hacia atrás.

El peso hacia atrás en una conversación de un metro significa una cosa sola en todas las especies que he tratado: que ese quería irse y el otro no lo dejaba irse todavía.

Doce mil años queriendo irse de una conversación.

Y el que corría. El pie levantado, el cuerpo inclinado, la pierna de atrás extendida entera.

Pero la cabeza no iba hacia adelante. La cabeza estaba girada un poco hacia la derecha, hacia atrás.

Un cuerpo que corre con la cabeza girada no está huyendo. Está comprobando si alguien lo sigue.

Y no lo seguía nadie, porque a los doce metros que tenía detrás no había ninguna otra forma en el hielo.

Corría solo, mirando atrás, hacia un sitio donde no venía nadie.

Tepin quería una casa concreta.

No sé por qué ésa. Estaba a unos cuarenta metros hacia el norte de donde habíamos bajado y para llegar había que ir de repisa en repisa por una zona donde el hielo estaba lechoso y no se veía nada.

Le pregunté por qué ésa. No me contestó. Me tiró de la cresta hacia esa dirección, que era lo que hacía cuando quería algo y no le apetecía discutirlo.

Tardamos cuarenta minutos más.

Dentro había dos.

Uno grande y uno pequeño. El pequeño llegaba a la altura de la cadera del grande.

El grande tenía el brazo por encima del pequeño y la mano en el hombro del pequeño.

No era un abrazo. Quiero ser exacta. Un abrazo es otra cosa, tiene los dos brazos y tiene el cuerpo girado. Aquello era un brazo por encima y una mano puesta, con los dos mirando en la misma dirección, hacia la ventana.

Es lo que se hace cuando estás con alguien mirando algo y no hay nada que decir.

Tepin se quedó.

Yo la bajé del hombro y la puse en la repisa, delante de la ventana, y ella se sentó con las patas juntas y se quedó.

Yo esperé.

He esperado a mucha gente en mi vida y casi siempre mal, con impaciencia, contando el tiempo. Ese día no. Ese día me apoyé en la pared de hielo detrás de ella y me quedé también, y no calculé el tiempo, y por eso no puedo decir cuánto fue.

Fue mucho más de lo que yo habría esperado a nadie.

Y en ese rato la fui leyendo, que es lo que hago, y lo que leí lo he tenido ciento sesenta años sin poder soltarlo.

No estaba mirando a los dos.

Estaba mirando el brazo.

Se sabe por la altura de la cabeza. Un cuerpo que mira una escena entera mueve la cabeza: va de una figura a la otra, vuelve, comprueba. Ella la tenía quieta, levantada apenas, apuntando a un punto que estaba por encima del pequeño y por debajo del hombro del grande.

Al brazo. Exactamente al brazo.

Y tenía las patas delanteras sueltas.

Eso es lo raro. Ella las juntaba contra el pecho para pensar; era su manera de estar. Ahí las tenía colgando, una a cada lado.

He visto ese gesto en once especies y significa lo mismo en todas: es lo que hace un cuerpo que se ha olvidado de sí.

En algún momento le puse la mano al lado, en la repisa, cerca. No encima. Al lado.

Y esa decisión también la tomé leyendo. Y la tomé mal.

Iba a ponerle la mano encima. Levanté el brazo para hacerlo.

Y la vi con las patas sueltas y la cabeza fija, y calculé —en ese medio segundo en que calculo todo— que si la tocaba la iba a interrumpir. Que estaba en algo. Que lo respetuoso era no meterme.

Es una lectura impecable. Cualquiera la haría. Yo la haría hoy.

Y bajé la mano y la puse al lado.

Cuatro años después, en un vehículo a oscuras, me preguntó si a nosotras nos iba a pasar lo del brazo.

Y yo hice como que estaba dormida.

Las dos veces tenía el brazo levantado. Las dos veces lo bajé. Y las dos veces tuve una razón excelente, leída del cuerpo que tenía delante, técnicamente correcta.

Si me dejaran pedir una cosa al universo no pediría un día más con ella, ni que no hubiera espora en aquel aire.

Pediría los dos segundos del hielo. Con la mano ya levantada.

Subimos. No habló en todo el resto del día.

Fue la primera vez en tres años. Yo al principio no lo noté —una tarda en notar que falta un ruido al que se ha acostumbrado— y cuando lo noté, ya llevábamos horas.

No le pregunté. Tomé la decisión de no preguntarle, conscientemente, mientras subíamos la fisura, y me pareció que era lo respetuoso.

Ahora creo que fue por comodidad. Preguntar habría abierto algo y yo no tenía ganas de abrir nada esa tarde.

Por la noche, con el vehículo apagado y ella en el hueco del brazo, dijo:

—¿A nosotras nos va a pasar?

Yo estaba medio dormida.

—A todo el mundo le pasa.

—Ya. Eso ya lo sé.

Y después:

—Digo lo del brazo.

Y yo no contesté.

No es que dijera algo torpe, ni algo tranquilizador, ni algo verdadero. No contesté. Hice como que ya estaba dormida.

Estuve despierta bastante rato después de eso, con ella encima del brazo, haciendo respiraciones largas para que pareciera que dormía.

He tenido ciento sesenta años para pensar qué debí decir. Se me han ocurrido muchas cosas. Ninguna de ellas era difícil. Cualquiera de ellas habría servido.

Lo que ella preguntó no era si íbamos a morirnos. Sabía que sí, me lo acababa de decir. Lo que preguntaba era si en el momento en que a una de las dos le tocara, la otra iba a estar poniendo la mano.

Y eso era una pregunta con respuesta.