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Acto PRIMERO · TEPIN

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En el once había agua y no había nada.

Le hice todas las pruebas que sabía hacer, que son once, y las hice dos veces porque no me lo creía.

Agua dulce. Novecientos noventa y ocho de densidad, que es lo que tiene que ser. Nueve grados en superficie y siete a treinta metros, sin termoclina brusca. Oxígeno disuelto alto. Minerales en proporción de sitio vivo: hierro, calcio, fósforo, todo. El fósforo es el que me hizo repetir las pruebas, porque el fósforo se agota. Donde hay fósforo libre en cantidad, es que nadie lo ha usado.

Sin turbidez. Se veía el fondo a doce metros y el fondo era arena y piedra limpia, sin sedimento orgánico, sin esa capa parda que hay en el fondo de todo lo que ha estado vivo alguna vez.

Cavé en la orilla. A metro y medio salió más agua, igual de limpia.

Y no había una célula. Ni una. Pasé cuatro días con el equipo de campo mirando muestras a los aumentos que da el equipo, que no son muchos pero son suficientes para ver lo que hay que ver, y lo que había en las muestras era agua.

En las capas de sedimento se puede leer el tiempo. Hay que cortar en vertical, limpiar la cara del corte y contar. Conté doce millones de años, con un margen que no me atrevo a poner porque no soy de las que miden eso.

Doce millones de años con la mesa puesta.

Aire respirable, luz suficiente, temperatura estable, agua con todo lo que hace falta, y nadie.

Yo tenía entonces una teoría sobre por qué. Ya no la tengo, y he oído otras cinco y ninguna me convence, y lo que me quedó de ese sitio no es una explicación sino la sensación física de estar en un comedor grande, bien puesto, con la comida caliente, a una hora en que ya tendría que haber llegado alguien.

Nos quedamos once días. Es lo máximo que estuve en ningún sitio en los primeros sesenta años. No lo decidí: cada mañana me decía que nos íbamos por la tarde.

Tepin se metía al agua hasta el cuello y se quedaba flotando con las cuatro patas abiertas.

No sabía nadar. Ésa es la cuestión. Un cuerpo de doscientos gramos con esa densidad flota solo, y ella lo descubrió el primer día, y a partir de ahí se pasaba las horas ahí, boca arriba, moviendo una pata de vez en cuando para corregir el giro.

El problema era el frío. Nueve grados en una cosa que no produce calor propio es una cuenta atrás. Yo la sacaba cuando se le ponía el vientre pálido, y ella protestaba —protestaba de verdad, con sus tonos, y yo entendía perfectamente el sentido aunque no las palabras— y en cuanto la dejaba en la orilla se volvía a meter.

Al tercer día llegamos a un acuerdo: yo contaba. Contaba en voz alta hasta trescientos y ella salía. Después subimos a quinientos. Al séptimo día negociábamos el número antes de meterse, como se negocia todo lo que importa, y ella siempre pedía mil y siempre acabábamos en seiscientos.

Es la única negociación que he perdido en la vida sabiendo que la estaba perdiendo.

Y llevaba tres días viéndola preparar la frase.

Eso es lo otro que hace mi condición y de lo que no se habla: uno ve las conversaciones antes de que pasen.

No las palabras. La forma. Se ve cuando alguien está construyendo algo que va a decir, porque construir cansa y el cansancio se nota en cosas que no tienen que ver con hablar.

Tepin llevaba tres días haciendo tres cosas.

Volvía a los mismos sitios. A la orilla del este, siempre a la misma piedra. Los animales vuelven al mismo sitio a comer; los que piensan vuelven al mismo sitio a pensar, y ella no comía ahí.

Me dejaba terminar más rápido. Cuando alguien está esperando un hueco para decir una cosa suya, deja de meterse en lo que dices. Ella se metía siempre. Esos tres días no se metió.

Y empezó dos frases y no las acabó. Las dos veces empezó con oye, que es lo que decía cuando iba a preguntar algo, y las dos veces se calló y se metió al agua.

Yo lo vi entero. Los tres días. Y no le pregunté.

Podía haberle dicho: dilo ya. Dos palabras. Le habría ahorrado tres días de armarlo sola.

No se lo dije porque una parte de mí ya sabía qué venía, y porque prefería que llegara tarde.

El octavo día, flotando, con la cara para arriba y los ojos cerrados, dijo:

—Yo me quedaría aquí.

Yo estaba sentada en la orilla con los pies dentro.

—No hay nada aquí.

—Ya.

—No hay comida. Lo que comes lo traigo yo del vehículo. Cuando se acabe la dotación no hay nada que cazar, ni que recoger, ni que buscar. En doce millones de años no ha crecido una sola cosa en este planeta.

—Ya.

—Entonces no puedes quedarte.

Y ella dijo:

—Por eso.

Yo le pregunté qué quería decir con «por eso», y ella no me contestó, o me contestó con uno de los dos tonos que nunca aprendí a distinguir, que a estas alturas viene a ser lo mismo.

Estuve dándole vueltas esa noche. Llegué a la conclusión de que quería decir que en un sitio sin nada no hay nada que la pueda matar, que era una idea razonable y falsa —el frío la mataba, el hambre la mataba— y me dormí bastante satisfecha de haberla descifrado.

Ciento sesenta años después, en otro planeta, se me ocurrió la otra lectura. Que en un sitio donde no hay nada tampoco hay nadie a quien perder.

No sé cuál de las dos era. Nunca lo voy a saber. Y he descubierto que las dos me duelen igual, lo cual dice algo que no quiero mirar de frente sobre lo que entendemos de nadie.

De todos los sitios donde estuve, si tuviera que volver a uno, sería a ése.

No tengo ninguna razón que dar. He aprendido a decirlo sin dar razones y a quedarme callada después, que es lo más difícil.