Acto PRIMERO · TEPIN
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En el noveno había una especie que construía torres y las dejaba a medias.
Voy a explicar primero lo de las torres, porque si no lo explico bien parece un capricho y no lo era.
Eran de una piedra rosada, blanda, que se trabaja con herramienta de mano y que endurece con el aire después de cortada. Todo el planeta es de esa piedra. Se extrae en placas grandes y se sube a hombro, que es como lo hacen ellos, sin grúas y sin animales, en cuadrillas de seis.
Contamos ciento cuarenta torres en la llanura que teníamos delante. Después supe que había más de cuatro mil en el continente.
Ninguna terminada.
No en ruinas: a medias. Que es distinto y se ve a la primera. Una ruina tiene el borde roto, irregular, con el material caído alrededor. Aquello tenía el borde recto. Cortado. La última hilada colocada con el mismo cuidado que la primera, y encima el aire.
Y el andamio puesto. Y las herramientas al pie, ordenadas, en un cajón, con una lona encima por la lluvia.
En algunas se veía que llevaban así doscientos años. Se sabe porque la piedra rosada, a la intemperie, se pone gris muy despacio, y las hiladas de abajo estaban grises y las de arriba menos, y por la diferencia se puede leer cuánto tiempo lleva parada una torre como se lee la edad de un árbol.
La mujer estaba comiendo en el primer piso de una torre que no tenía segundo piso.
Ese detalle me costó entenderlo también. La torre tenía dos plantas construidas y la tercera empezada. Ella vivía en la segunda. La tercera estaba a medias por encima de su cabeza, abierta al cielo, con el andamio.
Se llamaba —lo pongo como lo oí, que seguramente está mal— Nemet.
Hablan empezando por el final de la frase. Es agotador durante las primeras horas y después se le agarra el ritmo. Yo transcribo en mi orden porque si no esto no se puede leer, pero quiero que quede dicho que ella no lo dijo así.
—Está buena la torre —dije, por decir algo.
—Está.
—¿La estás haciendo tú?
—La hizo mi madre. La empezó su madre.
—¿Y tú la sigues?
—Yo la tengo.
Y mientras hablábamos le fui leyendo la casa, que es lo que se lee cuando la persona no da nada.
Nemet no daba nada. Comía, contestaba, tenía el cuerpo suelto. Ni una tensión, ni una espera, ni un adónde-quiere-llegar. Es la lectura más difícil que hay: la gente sin agenda.
Así que miré la casa.
El suelo del segundo piso estaba gastado en dos sitios. Uno junto a la ventana, donde ella estaba sentada. El otro junto a la escalera que subía a la tercera planta empezada.
Un suelo se gasta donde se está. Que hubiera dos manchas y no una significa que alguien pasaba mucho tiempo al pie de esa escalera.
Las herramientas del andamio estaban engrasadas. Eso lo vi al subir. Una herramienta que lleva doscientos años sin usarse no está engrasada: está seca y tomada. Aquéllas tenían la película fresca.
Alguien las cuidaba. Alguien subía a engrasar unas herramientas que no pensaba usar.
Y había una piedra rosada cortada, sola, apoyada contra la pared del descansillo.
Una. Cortada a medida. Con el corte limpio y el canto sin desgastar, que es lo que pasa cuando una piedra se corta y no se coloca.
Es decir: yo tenía delante a una mujer perfectamente en paz explicándome una filosofía sobre no decidir la altura,
y tenía la casa diciéndome que esa mujer subía a menudo al pie de la escalera, que mantenía las herramientas en condiciones, y que en algún momento había cortado una piedra para seguir.
Nunca se lo dije. No me pareció que tuviera derecho, otra vez.
Pero cuando cuento lo de las torres a medias siempre digo que era una filosofía, y no estoy segura de que lo fuera.
Estoy segura de que era una filosofía para el que la oye.
Le pregunté cuándo iban a terminarla.
Y ella dejó de comer.
No con hostilidad. Con sorpresa. Con la sorpresa exacta de alguien a quien le preguntan una cosa que nadie le ha preguntado nunca y que además parece que tuviera respuesta.
—Terminarla es decidir la altura.
Le dije que sí, que ése es más o menos el asunto de construir algo.
Y ella dijo que no.
Y después dijo la parte que me llevé:
—Una torre acabada ya sólo puede ser eso de alta. Ya no puede ser otra cosa nunca. Una torre a medias todavía puede ser cualquier cosa. Mi madre la dejó donde la dejó y yo la tengo donde la tengo, y cuando yo me muera la tendrá otra donde la tenga.
Le pregunté si nunca terminaban ninguna.
Dijo que sí, que a veces sí. Que hay quien las termina.
Le pregunté qué les pasa a ésos.
Y dijo, encogiéndose de hombros, volviendo a la comida:
—Que ya está.
Estuve dos días. Comí con ellos dos veces. Son gente amable, hospitalaria, tranquila y absolutamente insoportable.
Insoportable de una manera muy concreta: no se les puede preguntar por el futuro. No es que no contesten — contestan, con toda la educación del mundo, y la respuesta siempre te devuelve al presente como una pared devuelve una pelota.
Al segundo día yo ya estaba de mal humor y no sabía por qué, y ahora sé perfectamente por qué. Yo llevaba treinta y un años viajando hacia un sitio, con una frase en futuro metida en el pecho, haciendo cuentas de lo que faltaba. Y había llegado a un planeta entero organizado alrededor de la idea de que decidir adónde llegas es empobrecerte.
Me fui de mal humor. Le dije a Tepin que era una manera idiota de vivir, que así no se construye nada, que un pueblo que no termina las torres no tiene ciudades.
Y Tepin dijo que a ella le parecía bien.
Le pregunté por qué, con bastante mala educación.
Y dijo:
—Porque cuando se muera esa señora, la torre todavía va a poder ser cualquier cosa.
Yo le dije que eso era una tontería y que no significaba nada.
Se lo dije así, con esas palabras, y me acuerdo del tono con que se lo dije, que era el tono de la que sabe de escalas hablándole a la que no.
Ella no discutió. Nunca discutía. Se puso a girar algo.
Once años después la enterré bajo una piedra en un planeta feo, sin ceremonia, porque no sabía ninguna de su especie y no quise ponerle una mía, y estuve un rato largo de pie ahí, y lo único que se me ocurrió pensar —lo único, con todo lo que se puede pensar en un momento así— fue que su vida no se había acabado sino que se había quedado a medias, y que eso tendría que ser mejor, y que no lo era.
Ahora tengo doscientos y pico años y he visto cuatro mil torres sin terminar y todavía no sé quién tenía razón.