Acto PRIMERO · TEPIN
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Ahora la rutina, que es lo que de verdad ocupa un viaje y de lo que nunca se habla.
Un vehículo de clase segunda tiene dos plazas mal contadas: una de asiento y una de carga que se puede convertir en asiento si no llevas carga. Yo llevaba carga. Así que dormía en el suelo, entre el panel y la escotilla, encajada de lado, y he dormido así ciento noventa años y ya no sé dormir estirada.
El día se organiza solo. Cuatro horas de comprobación de sistemas —que son cuatro horas de mirar diez cifras que no cambian y anotarlas para que consten—, dos de mantenimiento real, y el resto de nada.
El resto de nada es la parte peligrosa. En el resto de nada es donde a la gente le pasan cosas en los viajes largos.
Tepin llenaba el resto de nada.
La palanca. Estaba a la altura de mi cadera, que para ella era una torre. Todas las mañanas lo intentaba: se subía al reposabrazos, saltaba, se agarraba con las cuatro patas y colgaba. La palanca tiene un muelle de retorno duro, porque no conviene que se mueva sola. No se movía.
Ella se quedaba colgando, girando muy despacio sobre su propio eje, con esa cara de concentración absoluta, hasta que se le cansaban las patas y se soltaba y caía sentada.
Lo hizo todas las mañanas durante once años. Calculo unas cuatro mil veces.
Nunca movió la palanca.
Yo al principio la ayudaba. Le puse el dedo debajo y empujé, y la palanca se movió, y ella se soltó y se fue a otra parte y no volvió a intentarlo en tres días.
No volví a ayudarla.
El charco. Ésta es más difícil de explicar.
Cada vez que bajábamos a un sitio con agua estancada —un charco, una poza, un resto de lluvia en una roca— ella se acercaba al borde y se quedaba mirando dentro. No bebía. No metía la pata. Se ponía con las cuatro patas juntas en el borde y miraba el agua un rato largo.
Y después me llamaba.
Y yo iba. Los primeros años iba de mala gana, arrastrando los pies, porque ya sabía lo que había: nada. Un charco. Le decía que no había nada. Ella decía que ya. Yo me iba.
Como a la vigésima vez empecé a ir sin que me llamara.
Y aquí va lo que tardé años en formular, y que es la razón de que estos once años sean los que son.
A Tepin no se la podía leer.
Yo leo a todo el mundo. Es lo que soy. Con ella el método no funcionaba, y los dos primeros años me irritó de verdad.
No es que ocultara nada: no ocultaba nada, no sabía. Es que el cuerpo no le iba por delante.
En todos los demás el cuerpo se adelanta. Alguien va a hacer algo y antes de hacerlo el peso ya cambió, la mano ya se decidió, la mirada ya fue. Ahí es donde leo yo. No adivino: miro el ensayo que el cuerpo hace medio segundo antes.
Ella no ensayaba.
Se le ocurría una cosa y la hacía. Sin transición. Estaba comiendo y de pronto estaba en el borde de un charco, y entre las dos cosas no había habido un solo gesto que lo anunciara.
Pensé que era el tamaño. Que un cuerpo tan pequeño va tan rápido que no da tiempo a ver el ensayo.
No era eso. Lo comprobé después con otras especies pequeñas, en tres mundos, y todas ensayan.
Era otra cosa y me costó cuatro años ponerle nombre:
el ensayo es lo que hace el cuerpo mientras calcula si le conviene.
Todo el mecanismo que llevo ciento noventa años usando se apoya en que la gente duda medio segundo. Y duda porque está midiendo qué le va a costar, o cómo va a quedar, o si la van a dejar.
Ella no medía.
Once años y no la vi calcular una sola vez.
Por eso no pude anticipar ni una cosa de las que hizo. Ni una, en once años. Yo, que veo a la gente pararse dos segundos antes de que se pare.
Y por eso, cuando dijo aquello de las cuatro horas, no lo vi venir aunque llevaba tres días viéndola prepararlo: podía ver que estaba armando algo, y no podía ver qué.
De todo lo que perdí en el planeta feo, ésa es la pérdida que tardé más en saber contar.
Era el único ser del universo al que yo no podía ver venir.
No sé cuándo cambió eso. No hay un día. Pero llegó un punto en que si bajábamos y había agua estancada, yo iba al charco, y me ponía al lado, y mirábamos.
No había nada. Nunca hubo nada en ningún charco de ningún planeta.
Sigo haciéndolo. Tengo doscientos y pico años y sigo parándome en los charcos, y no se lo he explicado nunca a nadie, y he pasado por bastante vergüenza en sitios públicos.
Aquí va lo que Ixquin no puso en el acta.
Esto no lo escribió él. Lo he reconstruido yo, ochenta años después, con lo que me contaron tres personas distintas y con lo que decía el registro de la Casa Alta, que pude leer cuando volví porque para entonces ya no le importaba a nadie.
LO QUE SE SABÍA EN EL PATIO DE ARRIBA
Que el recuento de la Casa Baja llevaba cuarenta años cayendo, y el de la Casa del Agua treinta, y el de la Casa Alta —que es la que menos hijos tiene y la que más tarda en notarlo— doce.
Que no era el agua ni el grano. Que se había revisado tres veces.
Que Xiuh de la Casa del Agua había propuesto en la sesión séptima que se dijera. Que se votó. Que perdió tres a uno.
Que el argumento de Ixquin para no decirlo fue que un pueblo que sabe que se muere deja de tener crías, y que la única posibilidad estaba en que siguieran teniéndolas mientras se buscaba dónde ir.
Que a esa altura ya habían salido siete y no había vuelto ninguno.
Que el vehículo de clase segunda tiene dotación para cuarenta saltos, y que cuarenta saltos no alcanzan para volver de donde hay que llegar, y que eso lo sabían los cuatro.
Que Ixquin, que presidía, era el nieto del hermano de la madre de mi abuelo. Que en el puerto eso se sabía. Que por eso me escogieron a mí y no a otra: porque si mandas a la tuya, nadie puede decir que mandas a los de los demás.
Ese último párrafo me costó más que todos los otros juntos.
Durante ochenta años pensé que me habían escogido porque no valía nada. La frase del acta —sin oficio asignado— la leí mil veces con esa lectura.
Y resulta que me escogieron porque valía demasiado para que lo pareciera. Que Ixquin puso a la suya para poder seguir mandando a las de otros sin que nadie levantara la voz en el patio de abajo.
Ésa es la clase de cosa que hacía mi pueblo. Cálculos correctos, decisiones razonables, y una cría de veintiséis años riéndose en un patio con la mano levantada contando tres verbos.
Y ahora la conversación. Va entera.
Fue en el séptimo sitio, de noche, con el vehículo apagado para ahorrar. Eso significa a oscuras y a la temperatura de fuera, que esa noche eran cuatro grados, así que Tepin estaba metida en el hueco de mi brazo y sólo se le veía la cabeza.
Yo estaba con el cuaderno en las rodillas y una luz química de las que duran seis horas. Haciendo cuentas. Las hacía cada cierto tiempo por gusto, como se muerde uno una muela que duele.
—¿Qué haces?
—Cuentas.
—¿De qué?
—De lo que falta para volver.
Se quedó callada un rato. Después:
—¿Volver adónde?
Y yo se lo conté. Le conté el puerto, y el monte con los dos escalones, y que las redes se tienden en los tejados y no en la playa, y quién era Ixquin, y cómo huele el mercado los días de mercado. Le conté la Casa Baja. Le hablé de mi madre y no le hablé de mi abuelo.
Y le dije la frase.
—Nos vas a hacer falta.
—¿Eso te dijeron?
—Eso me dijeron.
—¿Y qué quiere decir?
Le expliqué que vas a hacer es un futuro, y que un futuro sólo se sostiene si alguien lo sigue esperando desde el otro lado. Que si allá dejaban de esperarme, la frase se quedaba sin sujeto. Que yo no tenía manera de comprobarlo desde aquí y que por eso hacía las cuentas: porque mientras las cuentas dieran, la frase estaba viva.
Ella escuchó todo. Con las patas juntas, que es como escuchaba.
Y después preguntó:
—¿Y si no?
—¿Y si no qué?
—Si nadie te espera.
Le dije que entonces todo esto no servía de nada.
Lo dije rápido, sin pensarlo, como se dice una obviedad.
Y ella dijo:
—Pero yo sí te espero.
Y aquí tengo que contar lo que hice antes de contestar, porque lo hice y porque es lo que me condena.
Yo la vi venir.
Ella tardó un momento antes de decirlo. Un momento pequeño, de esos que la gente no nota, pero yo estaba a un palmo de su cara en un vehículo apagado con una luz química, y yo llevaba treinta y un años mirando cosas para vivir.
Le vi hacer tres cosas seguidas.
Primero cerró un poco las patas delanteras contra el pecho. Eso lo hacía cuando iba a decir algo que le importaba, y sólo entonces; cuando hablaba por hablar las tenía sueltas.
Después miró a un lado. No a mí: a un lado. Un ser pequeño en un sitio cerrado mira a un lado antes de decir algo cuando ha calculado que puede salirle mal.
Y por último tomó aire. Ella no necesitaba tomar aire para hablar. Yo lo sabía porque llevaba tres años oyéndola hablar sin parar y sin tomar aire nunca.
Es decir: la vi prepararse.
Vi a un animal de doscientos gramos armarse de valor para decirme una cosa a un palmo de mi cara.
Y tuve, calculo, medio segundo entre que supe que iba a decir algo importante y que lo dijo. Medio segundo, que para nosotros es mucho, que a nosotros nos cunde como a otros les cunde una respiración entera.
Podía haber hecho una cosa cualquiera. Bajar el cuaderno. Girarme hacia ella. Callarme.
Y lo que hice con ese medio segundo fue decidir que iba a corregirla.
Ya sabía lo que le iba a contestar antes de que ella terminara de tomar aire. Ya tenía el ejemplo preparado.
Ésa es la parte que no se me quita. No que la corrigiera. Que la viera venir, que supiera que le costaba, y que dedicara el rato que ella tardó en juntar el valor a preparar la respuesta que la iba a apagar.
Y le expliqué.
Le expliqué —con paciencia, con el tono con que se explican las escalas a los que no las tienen, sin levantar la vista del cuaderno— que ella estaba ahí, en el vehículo, a un palmo de mi cara, metida en el hueco de mi brazo. Que esperar es una cosa que se hace en la distancia. Que para esperar a alguien hay que no tenerlo delante. Que lo suyo, técnicamente, no era esperarme.
Fui bastante insistente. Recuerdo que puse un ejemplo.
Ella dejó que terminara. Siempre me dejaba terminar.
Y después dijo:
—Ya. Eso ya lo sé.
Y después:
—Yo te espero cuando sales.
Le dije que cuando salía eran cuatro horas.
Y dijo:
—Cuatro horas también son un lugar.
No supe contestar.
No es que no se me ocurriera una respuesta: es que se me ocurrieron tres y las tres eran malas, y me di cuenta a tiempo de que eran malas, que es una cosa que me pasa muy pocas veces.
Me quedé con el cuaderno abierto y la luz química bajando de intensidad, y ella se durmió a los pocos minutos porque tenía cuatro grados fuera y estaba tibia.
Volví a las cuentas.
Las hice mal.
Sumé una columna dos veces y me salió una cifra que no tenía sentido, y en vez de buscar el error taché la columna entera y la volví a hacer, y me volvió a salir mal, distinta.
Cerré el cuaderno.
Al día siguiente lo intenté otra vez, con luz, descansada, y también me salieron mal, y esa vez sí encontré el error —era de los tontos, un traslado— pero para entonces yo ya estaba pensando en otra cosa y lo dejé sin corregir.
Esa columna está en el cuaderno todavía. Con el error dentro.
Es del año veintiocho de la travesía. La miré hace poco. Debajo, con mi letra de entonces, que era más redonda, hay una línea que no recuerdo haber escrito:
Comprobar qué se considera un lugar.