Acto PRIMERO · TEPIN
6
4 minutos de lectura
Aquí debería explicar por qué la subí al vehículo.
He empezado esta parte cuatro veces y voy a dejar los cuatro intentos, porque tacharlos sería otra vez lo del párrafo del acta.
Uno. La subí porque un ser que habla no se deja en una grieta. — Falso. Había dejado cosas peores en sitios peores. Dos años antes había pasado de largo por un sitio donde algo pedía ayuda con una voz clarísima y yo decidí que era un reclamo de caza, y a lo mejor lo era, y nunca bajé a comprobarlo.
Dos. La subí porque me servía de testigo. — Falso y además ridículo. Un testigo de doscientos gramos que no sabía escribir y que no iba a durar lo que dura un viaje mío.
Tres. La subí porque estaba sola y ella estaba sola. — Esto es lo que dije durante ochenta años cuando alguien me preguntaba, y es lo que suena bien, y es mentira. Yo entonces no sabía que estaba sola. Uno no sabe que está solo los primeros años; sabe que está trabajando.
Cuatro. La subí porque se me durmió en la mano. — Esto se acerca. Pero tampoco: podía haberla dejado dormida en el borde y haberme ido, y ella no se habría enterado, y ésa habría sido la decisión más limpia de las posibles.
La verdad es que iba sola y dejé de ir sola, y en el momento no me pareció una decisión.
No hubo momento. He buscado el momento durante ciento noventa años y no está. Hay un tramo de dos horas en que yo estaba de rodillas en el borde de una grieta con el brazo extendido y una cosa dormida en la mano, y después hay un tramo en que estoy en el vehículo comprobando el consumo con una cosa dormida en un trapo doblado, y entre los dos tramos no hay nada.
Eso me ha preocupado bastante.
Y he intentado hacerme a mí lo que le hago a los demás, para ver si el tramo aparece.
No aparece. Y ya sé por qué no aparece, y es la parte de todo esto que menos me gusta escribir.
Yo a un desconocido lo leo en cuatro segundos. Lo he hecho delante de testigos y lo he hecho por dinero. Me pongo enfrente, miro dónde tiene el peso, qué hace con las manos cuando no las usa, hacia dónde apunta el pie de atrás, cuántas veces traga antes de hablar. Y sale.
Sale porque el cuerpo del otro ensaya. Ésa es toda la técnica y no hay más: nadie hace un movimiento sin hacerlo antes en pequeño. El que va a levantarse ya adelantó el peso. El que va a mentir ya escogió dónde poner los ojos. El que va a pegarte ya cerró la mano una vez, media hora antes, sin darse cuenta.
Yo no leo intenciones. Leo ensayos.
Y a uno mismo no se le ve el ensayo, porque uno está dentro del ensayo.
Lo he probado. Con espejos, que es humillante. Sentada frente a una lámina pulida en un puerto, mirándome las manos como si fueran de otra, tratando de averiguar qué iba a hacer yo en la hora siguiente.
Y lo que sale es lo que sale siempre: sale lo que yo creo que voy a hacer. Que es exactamente el dato inútil. El que va a mentir no cree que va a mentir; lo descubre a mitad de la frase. Por eso la mano ya lo sabía y él no.
Y hay una cosa peor, que es la que explica el hueco de las dos horas.
Yo veo el ensayo de los demás porque estoy fuera cuando lo hacen. Ellos ensayan, y yo miro, y entre el ensayo y el gesto bueno hay un intervalo — a veces medio segundo, a veces media hora — y en ese intervalo cabe todo lo que sé.
En mí no hay intervalo. Yo soy el ensayo y el gesto al mismo tiempo y en el mismo sitio.
Por eso la parte donde se decide no tiene testigos: es el único lugar del universo donde no hay nadie mirando desde fuera, ni siquiera yo.
Así que sí: yo veo venir a la gente. Con dos días, con un gesto, con un pie.
Y las tres cosas grandes de mi vida —subir una mano por una grieta, quedarme con un tonto veintidós años, dejar a un hombre solo en un mundo apagado— las tres las hice sin verlas venir, en tramos de los que no tengo recuerdo, con la única persona del universo que no puedo mirar de frente.
Porque de todo lo que he hecho en mi vida —que es mucho y algo de ello fue difícil y algo de ello salvó a gente— la única cosa que cambió lo que soy la hice sin enterarme, en dos horas de las que no tengo recuerdo, subiendo nueve metros con una mano.
Y de las decisiones que sí tomé pensándolas, sentada, calculando, con el cuaderno delante — de todas ésas no queda ninguna en pie.