Acto PRIMERO · TEPIN
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Voy a describirla con detalle porque no queda nadie que la haya visto y porque las especies pequeñas no salen en ninguna parte.
El tamaño. Doscientos gramos largos. Del extremo del hocico al arranque de la cola, una mano mía abierta. Con la cola, mano y media. La cola era gruesa en la base y se afinaba de golpe, no progresivamente, como si se la hubieran cortado y le hubiera vuelto a crecer una punta más fina; después supe que todas son así.
La piel. Sin escama y sin pelo. Fina, de un color que cambiaba con la temperatura: pálida cuando tenía frío, rosada cuando estaba tibia, casi transparente en el vientre. Ahí se le veían las vísceras trabajar. No de manera desagradable — se veía un movimiento debajo, rítmico, y si le ponías el dedo se notaba.
El calor. Ella no lo hacía. Ése fue el descubrimiento que más problemas me dio y tardé dos meses en entenderlo, porque yo doy calor y no me había planteado nunca que hubiera cuerpos que no lo dan.
Tepin tomaba prestado. Si el sitio estaba tibio, ella estaba tibia. Si el sitio se enfriaba de noche —y en un vehículo de clase segunda el sitio se enfría de noche, porque la calefacción gasta— ella se enfriaba con él, y se le ponía la piel pálida, y se movía más despacio, y hablaba más despacio, y a partir de cierto punto dejaba de hablar.
La primera vez que la vi así creí que se estaba muriendo. La metí en el hueco del brazo, contra las escamas del pecho, y en cuatro minutos estaba parloteando otra vez.
Después de eso dormía siempre ahí. No por cariño: por termodinámica. Se lo he dicho a mucha gente y todos ponen la misma cara, la cara de ya, claro, y a mí me molesta, porque es verdad y no es menos por ser verdad.
Las manos. Cinco dedos, uno separado, con uña plana. Yo tengo garra. La uña plana es una cosa que había visto en tres especies en toda mi vida y ninguna de ellas hablaba.
Con esas manos hacía lo que hacen las manos: agarrar, girar, apretar, meterse donde no cabe el brazo. Y una cosa más, que no he visto en nadie: giraba la comida.
Todo. Un trozo de raíz, un pedazo de lo que fuera, se lo llevaba a las dos manos y lo hacía rodar entre los dedos, entero, mirándolo por todos lados, tres o cuatro vueltas completas antes del primer mordisco. Con un trozo de raíz podía estar cuatro minutos.
Le pregunté una vez qué buscaba.
Me dijo que el lado bueno.
Le dije que un trozo de raíz no tiene lado bueno.
Y me contestó, con la boca llena y sin dejar de girarlo, que eso es exactamente lo que dice la gente que nunca ha buscado el lado bueno de un trozo de raíz.
Los ojos. Al frente. Grandes para la cara, con una membrana que le pasaba de lado a lado antes del párpado de verdad. Veía mejor que yo de cerca y mucho peor de lejos. Y no distinguía el rojo — eso lo descubrí por accidente, con un fruto, y desde entonces le decía yo cuáles estaban maduros y ella se fiaba, que es la primera cosa que hicimos juntas que se parecía a un trato.
Comía cinco veces al día una cantidad ridícula.
Un cuerpo de doscientos gramos con ese metabolismo gasta más de lo que parece, y al principio yo calculaba mal y ella pasaba hambre sin decírmelo. Tardé casi un año en darme cuenta de que no me lo decía. Cuando se lo pregunté —directamente, enfadada, después de encontrarla royendo el aislante de un cable— me dijo que no lo había dicho porque yo ya me ocupaba de muchas cosas.
Le dije que eso era una tontería, que se lo dijera y ya está.
Y ella dijo que bueno.
Y siguió sin decírmelo. Once años. Yo aprendí a mirarle el color del vientre.
Eso, más o menos, es lo que fuimos las dos: dos especies que no podían entenderse por dentro, arreglándoselas por fuera. Yo no sabía lo que era tener frío por no producirlo. Ella no sabía lo que era tener cuatrocientos años por delante. Nos pasamos once años traduciéndonos mal, y la mayor parte de las cosas importantes las supimos por observación y no por conversación, que es como se entera uno de casi todo con casi todo el mundo.
Hablaba, además. Eso fue lo que me desconcertó más que las manos.
Una lengua con estructura. Con tonos que cambiaban el sentido — cuatro tonos, los conté, y no llegué a distinguir el tercero del cuarto en once años, cosa que a ella le hacía muchísima gracia y que utilizaba para insultarme sin que yo me enterara.
Y en tres semanas estaba hablando la mía. Mal. Con las vocales largas. Decía aaaby en vez de Aby, arrastrando la primera, y así me quedé llamándome dentro de la cabeza para siempre. Todavía hoy, cuando me hablo a mí misma, me llamo así.
Le pregunté cómo se llamaba.
Dijo una palabra que empezaba con un chasquido de la garganta, un golpe seco contra el paladar, y yo no tengo ese paladar. Lo intenté cuatro veces. A la tercera se me fue el aire por el sitio equivocado y tosí.
A la cuarta hizo un sonido nuevo, seco, repetido, como dos piedritas chocando — que era como se reía; tardé un mes en saber que eso era reírse y no atragantarse — y después dijo otra palabra, más corta, señalándose el pecho con el dedo separado.
Le pregunté si eso era su nombre.
—No.
Le pregunté qué era, entonces.
—Lo mínimo.
Le pregunté qué era lo mínimo.
Y se lo pensó de verdad. Ésa es la parte que quiero dejar bien escrita, porque la gente pequeña tiene fama de contestar rápido y ella no contestaba rápido nunca. Juntó las dos patas delanteras delante del pecho, puso la cabeza de lado, y tardó.
Después dijo:
—Lo que queda cuando ya se quitó todo lo que se puede quitar.
Le pregunté si en su lengua eso era una palabra sola.
Dijo que sí.
Le dije que en la mía hacían falta trece.
Y ella dijo que por eso hablábamos tanto los grandes.
Le dije que entonces la llamaría así. Tepin.
Lo dije como se dicen esas cosas, medio en broma, sin darle importancia, porque llevaba tres días llamándola tú y empezaba a ser incómodo.
Y ella dijo que bueno.
Y añadió, sin ningún énfasis, mientras giraba un trozo de raíz:
—De todas formas nadie me ha llamado nunca de ninguna manera.
Yo seguí con lo que estaba haciendo. Creo que dije algo, alguna cosa de esas que se dicen. No paré. No le pregunté qué quería decir con eso. No le pregunté si había habido más como ella en esa grieta, ni cuántos, ni desde cuándo, ni cómo se llamaban entre ellos si es que se llamaban.
Tuve once años para preguntárselo y no lo hice ninguno de los once.
Y ahora hay una especie entera —porque era una especie, tenía lengua, tenía tonos, tenía una palabra sola para lo que queda cuando ya se quitó todo lo que se puede quitar— de la que lo único que queda escrito es lo que estoy escribiendo yo, que no le pregunté.