Acto PRIMERO · TEPIN
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A Tepin la oí antes de verla y creí que era un animal atrapado, que en cierto modo lo era.
Fue en el cuarto sitio. Llevaba dos días bajando por una zona de grietas — grietas de verdad, de las que se hacen cuando un suelo se enfría más deprisa por arriba que por abajo. Algunas tenían treinta metros y eran tan estrechas que no cabía de frente.
El sonido salía de una de ellas. Un chillido corto, agudo, y después una pausa, y otro chillido igual, y otra pausa igual.
Lo que me hizo bajar no fue el chillido. Fue la pausa.
Un animal con dolor grita cuando le duele, y le duele desordenadamente, y por eso los gritos de dolor no tienen ritmo. Aquello tenía ritmo. Aquello estaba contando.
Eso significa que algo ahí abajo había decidido un intervalo y lo estaba sosteniendo, y sostener un intervalo cuesta atención, y la atención cuesta fuerza, y la fuerza en una cosa que grita es lo único que tiene.
Me asomé. No se veía el fondo.
Grité. No contestó: siguió con su intervalo, exacto, como si yo fuera parte del paisaje.
Bajé de lado.
Nueve metros. Lo sé porque los conté con el brazo — un brazo mío es más o menos lo que hay entre dos apoyos buenos, y conté nueve.
La pared de la derecha estaba lisa y la de la izquierda tenía filo, así que fui de cara a la lisa y de espaldas al filo, que fue un error, porque la escama de la espalda es la más apretada pero también la que menos se dobla, y a los cuatro metros ya me la estaba rascando en cada movimiento.
A los seis metros me quedé encajada.
Eso hay que decirlo porque en la versión que conté durante años no aparece. Me quedé encajada, con el hombro derecho metido en un estrechamiento, sin poder subir ni bajar, durante lo que calculo que fueron veinte minutos. No entré en pánico — no me da por ahí — pero estuve veinte minutos evaluando muy en serio la posibilidad de morirme ahí por haber ido a ver un ruido.
Y en esos veinte minutos el ruido siguió. Con su intervalo.
Salí sacando el aire del pecho, que es un truco viejo y que te deja sin fuerza justo cuando la necesitas, y bajé los tres metros que quedaban más rápido de lo que debía.
Abajo había un saliente. En el saliente había una cosa del tamaño de mi mano.
Estaba mojada de sí misma.
La piel —piel, no escama: piel fina y clara, por la que se le veía ir la sangre— la tenía pegada al hueso de la manera en que se le pega a una cosa que lleva mucho sin comer. Se le contaban las costillas de lado.
Cuatro patas. Las dos delanteras más cortas y torcidas hacia adelante, con dedos. Dedos de verdad, cinco, con uno separado. Buenos para agarrar.
Y los ojos hacia el frente.
Eso me detuvo un segundo, aunque entonces no supe por qué. Los ojos al frente los tiene el que caza: te dan profundidad y te quitan lados. Están hechos para calcular la distancia a una cosa que huye.
Y aquello no cazaba nada. Aquello era lo que se caza, y llevaba once días gritando a intervalos en el fondo de una grieta con la cara de un depredador.
Me miró.
Y lo primero que hice, antes que nada, fue calcular cuánto le quedaba.
Eso lo hago sin querer. Es lo que hay que hacer cuando encuentras algo vivo en un sitio donde no debería estar: no qué es, sino cuánto aguanta, porque de eso depende si tienes tiempo de pensar o no lo tienes.
Le salían las costillas. Eso son días, no horas.
Tenía la piel pegada pero no arrugada, y la piel arrugada es el paso siguiente y es el que ya no se vuelve.
Y estaba mojada de sí misma, lo cual quería decir que todavía tenía agua que perder.
Le di entre dos y cuatro días. Me equivoqué: aguantó seis más, porque yo no sabía nada de su especie y porque esa especie aguanta lo que no está escrito en ninguna parte.
Pero eso es lo que hice en el primer segundo. Antes de tener lástima, antes de tener nada. Le puse un plazo.
Y después, en el segundo segundo, hice la otra cosa.
Miré el intervalo.
Llevaba chillando con metro desde antes de que yo llegara al borde de la grieta. Yo había estado escuchando desde arriba unos cuatro minutos y podía contarlo: grito, pausa, grito, pausa. La pausa era siempre la misma.
Sostener un intervalo cuesta atención.
La atención cuesta fuerza.
Y la fuerza, en una cosa que se está muriendo de hambre, es lo último que queda.
Es decir: aquello estaba gastando en contar lo poco que le quedaba para vivir.
Y sólo se cuenta cuando se cuenta para alguien. No se lleva el ritmo por gusto. Se lleva el ritmo porque un ritmo se oye mejor que un ruido, porque un ritmo dice esto no es el viento, porque un ritmo dice hay algo aquí que sabe contar.
Aquello llevaba once días diciéndole a un planeta vacío que sabía contar.
Chilló otra vez, en su turno exacto, sin variar nada, mirándome a mí.
Y otra vez.
Le puse la mano al lado, abierta, en el saliente.
No dudó. Se metió sola, se puso en el centro de la palma y se agarró con las cuatro patas de golpe, y apretó, y siguió apretando todo el rato que duró la subida, que fue mucho más que la bajada porque yo subía con una mano sola.
Cuando llegué arriba abrí la mano.
Estaba temblando, con esa vibración que tienen los animales pequeños y que uno confunde con miedo cuando en realidad es sólo que el cuerpo les va a una velocidad que a nosotros nos parecería un infarto.
Miró alrededor. Miró el cielo, que era feo. Miró la grieta de la que la había sacado. Miró la palma donde estaba.
Después giró dos veces sobre sí misma —dos vueltas completas, como hacen los animales que tienen memoria de una madriguera— se acomodó en el hueco de la mano, metió la cabeza debajo de una pata delantera, y se durmió.
Once días.
Once días manteniendo un intervalo en el fondo de un agujero, y en cuanto la sacaron, se durmió.
Yo me quedé de rodillas en el borde de la grieta con el brazo extendido, sin moverme, doce o trece minutos.
No fue ternura. Quiero ser exacta porque toda esta historia depende de que yo sea exacta en esto: no fue ternura, no sentí nada parecido a lo que se siente después. Lo que sentí fue una especie de responsabilidad administrativa muy incómoda.
Se me había dormido una cosa en la mano y no me pareció bien despertarla.
Ése es todo el heroísmo que hubo.