← La Travesía

Acto PRIMERO · TEPIN

3

7 minutos de lectura

El primer sitio donde bajé no tenía nombre y sigue sin tenerlo, porque no se lo puse y porque no había nadie que se lo hubiera puesto antes.

Voy a contarlo despacio. Después voy a ir muy rápido por otros sitios y quiero que quede claro, al menos una vez, que yo esto lo miré.

El suelo. Cedía. No como cede la arena, que se aparta y vuelve: cedía como cede una cosa que estuvo blanda y se secó por encima. Pisabas y se hundía un dedo, con un crujido muy fino, y al levantar el pie la huella se quedaba. A las tres horas seguía ahí. A las nueve seguía ahí.

Yo caminaba por la mañana en una dirección y volvía por la tarde por el mismo sitio, y me encontraba mis propias huellas de ida, todas, perfectas, en fila, y las miraba un rato largo. Es una sensación que no le deseo a nadie. Es como mirar una conversación que tuviste con otro.

El aire. Tenía polvo todo el rato. No en ráfagas, no por viento — no había viento, en cinco semanas no hubo viento una sola vez. Es que había polvo en suspensión permanente, tan fino que no se veía a contraluz y sólo se notaba en la lengua.

Sabía a metal frío. A los cuatro días empecé a notar un rechinar mínimo al cerrar la mandíbula, en la articulación de atrás, un crac muy pequeño, y me pasé una semana enjuagándome con lo que llevaba, gastando agua buena, hasta que acepté que no se iba a ir. Se me fue tres años después, sola, en otro planeta. Todavía no sé si era el polvo.

La luz. No venía de un sol. Venía de todas partes a la vez, gris, sin dirección, exactamente como la luz que hay dentro de una casa cuando afuera está nublado y no has encendido nada.

Por eso no había sombras.

Eso es lo que peor llevé y lo que menos habría imaginado. Yo caminaba y no llevaba sombra. Levantaba la mano delante de la cara y la mano no proyectaba nada. El vehículo, que es una masa de cuatro metros, no proyectaba nada.

Una sombra te dice dónde estás. Te ancla. Sin ella, uno se pasa el día con la sensación exacta de estar a punto de flotar, y por la noche, dentro, con la luz encendida y la sombra otra vez en su sitio, me quedaba mirándomela un rato antes de dormir. Como quien comprueba una cosa.

Y había un ruido de fondo. Muy bajo. Continuo.

El segundo día decidí que era el suelo asentándose. El quinto decidí que no era nada. El noveno ya no lo oía.

He pensado mucho en ese ruido, después. Sobre todo he pensado en la facilidad con que dejé de oírlo. Nueve días y ya no estaba, y no porque se hubiera ido.

Caminé nueve días en línea recta.

Se camina en línea recta porque es la única manera de que un sitio sin referencias no te devuelva al mismo punto. Se elige una dirección con el instrumento, se fija, y se camina, y cada cierto tiempo se comprueba. Yo comprobaba cada dos horas los primeros días y cada seis los últimos, que es lo que pasa siempre.

Anoté lo que había que anotar. Cada doscientos metros, temperatura del suelo y del aire, y una casilla de observación.

Lo que había que anotar era que no había nada.

Y ahí hice una cosa de la que no me he reído nunca del todo.

Escribí «sin rasgos» las primeras veinte casillas. Después me pareció que veinte veces lo mismo daba mala impresión — no sé a quién, no había nadie que fuera a leerlo, pero me lo pareció — y empecé a variar.

«Terreno uniforme.»

«No se observan accidentes.»

«Continúa la uniformidad del tramo anterior.»

Llené catorce páginas así, buscando maneras distintas de decir que no había nada, como quien tiene que rellenar un formulario delante de un funcionario que no existe.

Lo cuento porque nadie más lo vio y porque me parece que dice algo de aquellos primeros meses: yo todavía me estaba portando bien. Todavía había alguien mirándome desde dentro de mi cabeza y yo le estaba entregando un trabajo presentable.

Eso duró unos cuatro años. Después se me quitó.

Y en el noveno día me pasó una cosa que no supe nombrar entonces y que ahora sé que es lo peor que le puede pasar a alguien como yo.

Empecé a leer el planeta.

Lo hago con la gente sin querer: miro un cuerpo y sé qué va a hacer. Es un músculo. Y un músculo que no se usa se pone a trabajar solo.

Nueve días sin nadie. Nueve días con un músculo entrenado en ciento sesenta cuerpos, encendido, buscando, sin nada que leer.

Así que empezó a leer lo que había.

Vi intención en la manera en que el polvo se acumulaba contra el lado este de las piedras. Vi propósito en una zona donde el suelo cedía menos. Al octavo día me sorprendí a mí misma pensando que una hondonada estaba esperando.

No me asusté. Ése es el detalle. Uno cree que darse cuenta de eso asusta y no asusta: es cómodo, es agradable, es una compañía. Yo pasé tres días leyendo un planeta como se lee a alguien y me sentí acompañada.

Lo dejé porque a la tarde del noveno me oí explicarle en voz alta a una piedra por qué había elegido esa dirección.

Y me callé a mitad de la frase, y me quedé de pie en un sitio sin sombras escuchándome el final de la palabra en el aire.

Después de eso empecé a hablar sola a propósito, con método, en horario. Que es distinto. El que se lo propone controla cuándo empieza.

El décimo día me senté sobre una piedra.

No era una piedra especial. Del tamaño de mi torso, gris, medio hundida, con la cara de arriba lisa de estar mucho tiempo mirando hacia arriba.

Me senté porque llevaba nueve días caminando y porque una piedra en un sitio donde no hay nada es un acontecimiento.

Y al apoyar la mano por el borde, para levantarme, la noté tibia por debajo.

Me quedé quieta con la mano ahí.

La saqué. Toqué el suelo: frío, el mismo frío de todos los días. Toqué la cara de arriba de la piedra: fría. Metí la mano otra vez por debajo, y estaba a temperatura de cuerpo. La de un cuerpo vivo. La mía, con la mano dentro, no subía ni bajaba: estábamos igual.

Le di la vuelta a la piedra. Debajo no había nada. Suelo. El mismo suelo que cedía un dedo.

Le di la vuelta otra vez, para dejarla como estaba, y volví a comprobar, y seguía tibia por debajo aunque «debajo» ahora fuera lo que antes era arriba.

Me senté al lado y estuve tres horas.

No pasó nada. En ese planeta no pasó nada en cinco semanas, ni ese día ni ningún otro. Sigo sin saber qué era. He hablado con gente que sabe de piedras y me han dado cuatro explicaciones y ninguna me convenció, y una de ellas era claramente inventada para quitarme de encima.

Pero durante tres horas hubo dos temperaturas en vez de una.

Cuando me levanté para irme me llevé la piedra. Pesaba, y en un vehículo de clase segunda cada cosa que subes la pagas en salto.

La tuve setenta años.

La perdí en el treinta y cuatro, cuando el vehículo se partió en el aire y bajé de lado y aplasté una extensión considerable de una planta parecida a la caña. Se me cayó en la caída y no la busqué. Estuve dos días en ese planeta antes de acordarme de que existía, y cuando me acordé no fui a buscarla, porque para entonces yo ya no era la que llenaba catorce páginas buscando maneras de decir que no había nada.

Me acuerdo mucho más de esa piedra que de casi todo lo que pasó después.