Acto PRIMERO · TEPIN
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De nosotros se cuentan cosas que no son.
Que volamos. Algunos. La mayoría, incluso. Yo no.
A mí las alas me salieron cortas y torcidas hacia adentro, que es un defecto que tiene nombre en mi lengua y que no voy a escribir porque es una palabra fea. Salen así una de cada cuatrocientas crías. No duele, no impide nada, no acorta la vida. Simplemente no vuelas.
A los nueve años me llevaron a que me revisara un hombre de la Casa del Agua que era el que veía esas cosas. Me tuvo diez minutos con los brazos levantados, midiéndome la envergadura con un cordel, y después salió al pasillo donde estaba mi madre y le dijo, sin bajar la voz, porque no se le ocurrió que hiciera falta bajarla:
—Son ornamentales.
Mi madre se puso a llorar ahí mismo, en el pasillo, con gente pasando.
Eso fue peor que la noticia. La noticia a mí no me importó nada — a los nueve años no sabes lo que es no volar, sólo sabes lo que es que te midan con un cordel y te digan una palabra larga. Lo que me marcó fue mi madre llorando delante de gente, porque en mi casa no se lloraba delante de nadie, y porque entendí, con nueve años, que yo acababa de convertirme en algo por lo que se llora.
Que echamos fuego. Nadie echa fuego. Lo que pasa es que cuando estamos furiosos —furiosos de verdad, no enfadados— el aire de alrededor se nos calienta, y si hay algo seco cerca, arde. No sale de la boca. No se apunta. No se apaga cuando quieres. Es una desgracia, no un arma, y a mí me ha costado tres incendios y una casa.
Que somos enormes. Yo mido dos veces un hombre y peso lo que pesa una puerta buena. Hay familias que sí, que hay que verlas de lejos para verlas enteras. Nosotros, los de la Casa Baja, salimos compactos y feos: escama chica y apretada, patas gruesas, la boca demasiado larga para la cara. Buenos para cargar. Malos para todo lo demás.
Lo que sí es cierto es lo del tiempo.
Un dragón vive lo que vive un bosque. Eso hace que todo nos llegue tarde: la inteligencia, el miedo, la pena. Un dragón de cien años sigue siendo alguien a quien las cosas no le han pasado todavía. Por eso cuando digo que yo tenía veintiséis y me reí en el patio de arriba, hay que entender que era una cría, y que una cría de mi especie es una cría durante mucho tiempo.
La cría salió, estuvo fuera ciento noventa años, y volvió sabiendo una sola cosa.
Mi madre me metió algo en el equipaje y no me lo dijo.
Lo encontré ochenta años después, entre las hojas del cuaderno viejo, donde ella lo había puesto de manera que no se cayera pero tampoco apareciera pronto.
Es una hoja del censo. De la Casa Baja. Del año en que yo tenía nueve.
CENSO DE LA CASA BAJA · RECUENTO DE INVIERNO
Cabezas vivas: cuatro mil ciento doce.
Crías nacidas en el año: once. Crías llegadas al año de edad: cuatro.
Comparativa a treinta años: cabezas vivas, seis mil ochocientos veinte. Comparativa a sesenta años: cabezas vivas, once mil cuatrocientos.
Observación del recontador: la Casa Baja pide que se haga constar, por tercer año consecutivo, que la proporción de crías llegadas al año no admite explicación local. Se ha revisado el agua. Se ha revisado el grano. No es el agua ni el grano.
Se traslada a la Casa Alta.
Once mil cuatrocientos. Seis mil ochocientos. Cuatro mil ciento doce.
Cualquiera puede hacer esa cuenta. Un niño puede hacerla. Yo la vi a los nueve años, porque el censo se leía en voz alta en el patio de abajo, y me acuerdo perfectamente de estar sentada en el suelo con las piernas cruzadas oyendo unos números y pensando en otra cosa.
Mi madre estaba de pie detrás de mí. Eso también me acuerdo, porque me apretó el hombro una vez, fuerte, y yo no supe por qué y me quedé quieta esperando que volviera a apretar y no volvió.
Ella hizo la cuenta ese día.
Y diecisiete años después, cuando el consejo mandó a la undécima, metió la hoja en el equipaje sin decir nada, porque tampoco a ella la dejaban decirlo, y porque sabía que yo era lo bastante tonta como para no abrir un cuaderno viejo en ochenta años.
Mi abuelo se llamaba Tzacual y no vino a despedirme.
Lo digo así, seco, porque durante mucho tiempo lo dije así y me convenía.
Tzacual era de los que se acuerdan. En mi familia se decía eso de él con una mezcla de orgullo y de fastidio: tu abuelo es de los que se acuerdan. Quería decir que sabía nombres de gente muerta hacía trescientos años, y qué familia era cada uno, y qué había pasado el año de la crecida grande, y qué contaba su propio abuelo que le habían contado a él.
Sabía todos los mitos. Todos. Los de los dragones grandes, los que cruzaron cosas, los que estuvieron en sitios de los que nadie ha vuelto. Me los contó de niña con una precisión insoportable, con fechas, corrigiéndose a sí mismo a mitad —no, espera, eso fue el otro— como si fueran actas y no cuentos.
Cuando yo tenía ocho años le pregunté si eran verdad.
Me dijo que qué más daba.
Le dije que daba mucho, y él se rió y me dijo que un mito no es una mentira: es una cosa que se cuenta tantas veces que acaba teniendo tanto peso como si hubiera pasado, y que si algún día yo hacía algo que se contara mucho, sería igual de verdad que ellos.
Y después me dijo una cosa que no entendí hasta ciento cincuenta años más tarde, sentada en el suelo de una cocina viendo hervir una olla:
—De chico yo quería ser uno de ésos. Éramos dos. Nos lo decíamos.
Le pregunté quién era el otro.
Y no me contestó.
El día que salí, Tzacual no bajó al puerto. Mi madre me dijo que estaba malo. Yo sabía que no estaba malo. Estuve ciento noventa años pensando que no había bajado porque le daba igual, y lo pensé con un rencor que se me hizo pequeño y cómodo, de esos que uno se lleva de viaje porque abultan poco.
Cuando volví ya estaba muerto.
Y una prima me contó que aquel día él había subido al segundo escalón del monte, solo, y que se había quedado ahí hasta que el vehículo salió de la vista.
Que no bajó porque no quería que yo lo viera desde abajo.
Ésa es la clase de cosa que hace mi familia. Todo el mundo haciendo lo que puede, en silencio, en la dirección equivocada.
—Se le indica que no lleve compañía.
Esa línea del acta la leí desde el primer día, muchas veces, y siempre me pareció una precaución razonable: el vehículo es de dos plazas mal contadas, la dotación es la que es, y una boca menos son cuatro saltos más.
Ahora sé que lo que dice es otra cosa.
Los diez anteriores tampoco llevaron compañía. A ninguno de los once nos mandaron con nadie. Y no era por la dotación.
Era porque cuando mandas a alguien a un sitio del que no vuelve, mandarlo solo te cuesta uno.
Mi madre me acompañó hasta la subida y ahí la leí, y es la lectura más completa que he hecho en mi vida y la que más tarde entendí.
Duró unos cuatro minutos y no dijo nada importante en ninguno.
Habló de comida. De que llevara suficiente, de que lo de la Casa del Agua se conserva mejor, de que el pescado seco no, que pesa y no alimenta. Cuatro minutos de logística.
Y mientras hablaba de pescado hizo cinco cosas.
Me tocó tres veces. Ella no tocaba. En veintiséis años yo tengo contadas —y las tengo contadas de verdad, porque las contaba de niña— unas cuarenta veces que mi madre me tocó sin motivo funcional. Tres en cuatro minutos.
Miró el equipaje dos veces. No la cara: el equipaje. La primera al llegar y la segunda cuando yo me lo eché al hombro. La segunda fue una mirada larga, de dos segundos, en un bulto que ella había visto cargar cien veces.
Ahí estaba mirando la hoja del censo. Yo lo sé ahora. Estaba comprobando si se notaba.
Se le cortó la voz una vez y lo tapó con una tos. En el minuto tres, a mitad de una frase sobre el agua. Fue medio segundo.
*No me dijo vuelve pronto. Esto no lo pensé hasta ciento y pico años después, tirada en un escombro, cuando descubrí lo del buen viaje*. Mi madre no me dijo ni una fórmula de las que se dicen. Ni una.
Y me soltó la primera.
Ésa es la que me quedó, porque me pareció fría. Nos despedimos y ella retiró la mano antes que yo, y se dio la vuelta antes que yo, y bajó sin volverse.
Yo tenía veintiséis años y lo que leí fue que mi madre tenía prisa.
Lo que había ahí era que no podía sostenerlo más rato.
Salí un día claro. Eso lo recuerdo bien porque el puerto se veía entero desde arriba, con los tejados planos y las redes tendidas, y porque a mitad de la subida se me ocurrió que aquello era lo último que iba a ver de mi casa en mucho tiempo, y me obligué a mirarlo con atención, como se obliga uno a mirar las cosas cuando decide que le van a hacer falta.
Duró ocho segundos. Después había nubes.
Nadie me esperaba en ningún sitio. Nadie iba a preguntar por mí en cuarenta años. Yo era la undécima de once y no lo sabía, y llevaba en el fondo del equipaje dos papeles que decían por qué, y no abrí ninguno de los dos hasta que ya no servía de nada.