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Acto PRIMERO · TEPIN

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Me mandaron a mirar y volver, y me lo dijeron un día de mercado, que es la peor hora para decirle nada a nadie.

El consejo se reunía en el patio de arriba de la Casa Alta, que no es una casa alta sino una casa en alto, cosa distinta: está en el borde del segundo escalón del monte y desde ahí se ve el puerto entero. Se reunían arriba porque abajo, los días de mercado, olía a pescado seco. No es que les diera asco. Es que son gente que no soporta oler nada mientras decide, y eso lo digo sin ironía: he pensado mucho en ello después y creo que tenían razón. Un olor fuerte te apura. Y ellos llevaban ochenta años sin apurarse por nada.

Éramos siete en el patio. Cuatro del consejo, un escribiente, yo, y una mujer de la Casa Baja que estaba ahí para dar fe.

De esa mujer no supe el nombre y he pensado en ella más que en los cuatro.

No habló en toda la sesión. Estuvo de pie contra la pared del fondo, con las manos cruzadas por delante, y no se movió ni una vez, que es una cosa difícil de hacer durante una hora y que sólo hace quien ha decidido antes de entrar que no va a moverse.

Y me miró todo el rato.

Nosotros leemos a la gente. No es un don: es el tiempo. Un dragón de cien años ha visto tantas veces las tres o cuatro cosas que hace un cuerpo antes de hacer algo —el peso que cambia de pie, la mano que se decide, el aire que se toma un instante antes de hablar— que a partir de cierta edad uno sabe lo que va a pasar en una habitación tres segundos antes de que pase. Y a mí, además, se me fueron poniendo los ojos al frente con los años, y eso es peor: la vista de frente sirve para calcular la distancia a lo que huye, y acaba una calculándosela a todo el mundo.

Yo tenía veintiséis años y todavía no leía bien. Pero leí eso.

Ella me estaba mirando como se mira a un animal que va a la venta.

No con crueldad. Ése es el punto y por eso me acuerdo. Con pena administrativa: la de quien tiene que dar fe de que un trámite se hizo correctamente y sabe que el trámite es malo y sabe que no le corresponde a ella decirlo.

Yo, en el momento, pensé que era una antipática.

Ixquin era el que hablaba. Tenía entonces —esto lo he calculado después— unos cuatrocientos treinta años, que en nosotros no es viejo del todo pero ya se empieza a notar. Se le habían puesto mates los bordes de la escama, que es lo primero que pasa. De lejos parece polvo. De cerca se ve que no es polvo, que es que la escama ha dejado de renovarse por el filo y se queda con una película opaca que ya no se va aunque la frotes.

Yo lo conocía de vista desde niña. Nunca había hablado con él.

Habló mirando el suelo. No por vergüenza: por cálculo. Ixquin miraba el suelo cuando estaba haciendo cuentas, y todo el mundo en el puerto lo sabía, y era la única cosa transparente que hacía.

Dijo tres verbos.

—Ir. Mirar. Volver.

Y después estuvo callado el tiempo suficiente para que a mí me diera tiempo a sentirme lista.

El escribiente levantó acta. Yo pedí una copia el mismo día, no porque sospechara nada sino porque a los veintiséis años una pide copias de las cosas para tener pruebas de que le pasan.

La he cargado ciento noventa años. Está partida por los dobleces y ya no se puede abrir del todo. Dice así:

ACTA DE LA SESIÓN DÉCIMA · PATIO DE ARRIBA · CASA ALTA

Presentes: Ixquin de la Casa Alta, que preside. Molpa. Tecuel. Xiuh de la Casa del Agua. Un escribiente. Una fedataria de la Casa Baja.

Se hace comparecer a la designada, de la Casa Baja, veintiséis años, sin oficio asignado, sin descendencia, sin hermanos vivos.

Se le encomienda: ir, mirar, volver.

Se le entrega: un vehículo de la clase segunda, con dotación para cuarenta saltos. Un cuaderno. El método de salida, impartido en esta misma sesión por Ixquin de la Casa Alta.

Se le indica que no lleve compañía.

Se hace constar, a petición de Xiuh de la Casa del Agua, que la designada es la undécima y que de las diez anteriores no

Se levanta la sesión.

El párrafo tachado está tachado con una sola línea, no con un borrón, que es como se tacha cuando alguien quiere que se siga leyendo debajo.

Yo tardé ochenta años en leerlo. La copia la llevaba en el fondo del equipaje desde el primer día. La abría de vez en cuando por sentimentalismo y me saltaba la línea tachada porque estaba tachada, que es una cosa que hace la gente y que yo he decidido que dice algo malo sobre nosotros.

—Ir. Mirar. Volver.

Los conté con los dedos. Levanté la mano y los conté, uno, dos, tres, para que se viera que eran pocos.

Alguien se rió.

Creo que fue Molpa. Fue una risa corta, de las que se hacen cuando algo es gracioso y además conviene que parezca que es gracioso.

Y aquí hay algo que vi y que no supe leer, y que he reconstruido tantas veces que ya forma parte del recuerdo aunque a lo mejor no estuvo.

Cuando yo levanté la mano y conté con los dedos, hubo una fracción de segundo antes de la risa.

Y en esa fracción los cuatro hicieron lo mismo. No a la vez: uno detrás de otro, en cascada, como se mueven las cosas cuando una empuja a la siguiente.

Xiuh, que era el que había perdido la votación —yo eso no lo sabía—, bajó la vista al suelo y la dejó ahí.

Tecuel miró a Ixquin.

Ixquin no miró a nadie.

Y Molpa, que era el único que estaba mirando hacia mí, tomó aire para decir algo y no lo dijo, y en su lugar se rió.

Eso es lo que hay en la fracción de segundo. Cuatro personas que saben una cosa, que acaban de ver a una cría contar tres verbos con los dedos, y que se reparten en un instante el trabajo de no decírsela: uno se retira, otro delega, otro aguanta, y el cuarto tapa el hueco con un ruido.

Yo tenía veintiséis años y lo que vi fue que se reían de mi gracia.

Y yo también me reí.

Ésa es la parte que he repasado más veces en ciento noventa años, y la he repasado buscando en mi propia cara de entonces alguna señal de que sospechaba algo, y no la hay. Yo me reí de verdad. Estaba contenta. Me habían escogido para algo y no me habían asignado oficio en cinco años y en el puerto ya se hablaba de mí como de la que no servía para nada, y de pronto había cuatro viejos en un patio dándome un vehículo.

A los veintiséis años una se ríe en los sitios donde después va a doler, y no hay manera de avisarle. Lo he intentado con dos jóvenes en toda mi vida y las dos veces me tomaron por amargada.

Después Ixquin bajó del sitio donde estaba y se acercó, y me explicó el método de salida.

Lo explicó tres veces.

La primera, deprisa, como quien recita. La segunda me hizo repetirlo a mí y me corrigió dos cosas. Y la tercera la hizo él otra vez, entera, muy despacio, con las manos, mirándome a la cara —no al suelo: a la cara— y sin decir por qué la hacía otra vez.

Yo pensé que era porque me había equivocado.

Y por último dijo la frase.

—Nos vas a hacer falta.

No dijo nos harás falta. Dijo vas a hacer, en presente, y yo, que tenía veintiséis años y una prisa terrible por salir de ahí, lo oí como se oye una despedida amable.

Eso fue todo lo que me llevé. Ni mapa, ni arma, ni promesa de nada. Un vehículo con dotación para cuarenta saltos, un cuaderno, un método explicado tres veces y una frase mal conjugada dicha por un viejo que olía a pescado seco porque el viento venía de abajo.

Durante los primeros veinte años pensé que esa frase era una carga.

La sacaba cuando estaba cansada. Me la decía en voz alta en sitios sin nadie: nos vas a hacer falta, con el tono con que se recuerda una deuda. Me parecía que llevaba a un pueblo entero colgado del cuello y que por eso no podía parar.

Tardé ochenta años en entender que era exactamente al revés. Que no me habían puesto un peso encima: me habían dado lo único que iba a impedir que me sentara.

Y tardé ciento diez en leer el párrafo tachado y entender que Ixquin, cuando repitió el método por tercera vez, muy despacio, mirándome a la cara, estaba haciendo lo único que podía hacer por mí sin romper el acta.

Me estaba enseñando a salir bien de un sitio.

Porque él ya sabía que yo no iba a volver pronto, y no podía decírmelo.