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Bloque IILa Era Feudal-Imperial · Años 12,001 – 35,000

CANTO XXII

LAS CIUDADES QUE RESPIRABAN VENENO

38 minutos de lectura

Un millón de trabajadores. Sus canciones sobrevivieron a las ciudades que los mató lentamente.

"El humanismo no comienza en la filosofía. Comienza en un gesto pequeño: el momento en que un ser mira a otro y, en lugar de ver un peligro o un instrumento o un extraño, ve lo que siempre se ha tenido frente a uno y nunca se había reconocido: alguien que también tiene hambre, también tiene frío, también busca lo que no sabe que busca, también teme lo mismo que uno teme. Ese momento — el reconocimiento — no exige nada extraordinario. Exige solo que el miedo no hable más alto que la percepción."

— Nota del Aleph — introducción al corpus de canciones mineras del período del Iztli-9 — año 28,400

"Cantábamos para saber que seguíamos. Mientras había canción había pecho. Mientras había pecho había turno. Mientras había turno había salario. Mientras había salario había familia. La cadena se sostenía sola desde la canción. Cuando la canción se detuvo para alguien, supimos que el turno siguiente era el último. La canción era el signo vital que los instrumentos de la compañía no medían."

— Testimonio anónimo — trabajadora de Teotitlán-del-Humo — año 25,200 — archivado en el corpus de testimonios orales del período del Iztli-9

PRELUDIO — LA PREGUNTA QUE EL CANTO XXII LLEVA INSCRITA

Hay una pregunta que el Canto XXII no puede evitar porque las canciones que lo constituyen la llevan inscrita en cada verso: qué hace humano al humano. No en el sentido biológico — el registro genético, la postura erecta, el pulgar oponible que los textos del primer nivel del Arcanum usaban como criterio de clasificación. En el sentido que importa. El sentido que la biología no alcanza a describir aunque la biología sea su condición de posibilidad.

El humanismo — el tipo de humanismo que no es doctrina filosófica sino estado del ser, el humanismo como disposición de los que lo practican antes de haber leído una sola palabra sobre él — comienza en un acto que parece sencillo y que es el acto más difícil que el mundo anterior documentó: mirar al otro. No mirar hacia el otro en el sentido del que evalúa una amenaza o calcula un recurso. Mirar al otro en el sentido del que, en el momento de mirar, abandona temporalmente la posición desde la que siempre ha mirado y ocupa, aunque sea por el tiempo que dura la mirada, la posición del que es mirado.

Lo que esa mirada produce: el reconocimiento. No el reconocimiento del pensamiento — el pensamiento puede reconocer sin sentir, puede catalogar sin abrirse. El reconocimiento del cuerpo. El momento en que el sistema nervioso del que mira produce la respuesta que los sistemas nerviosos producen cuando perciben a otro ser como siendo de la misma naturaleza que ellos. La respuesta del que siente en el otro lo que se siente en uno mismo. El momento en que el otro deja de ser otro en el sentido de lo ajeno y empieza a ser otro en el sentido de lo mismo en otro lugar.

El otro no me determina al verme.

Me ofrece lo que siempre me he exigido a mí mismo:

compañía. Calidez. Presencia.

El espejo que no juzga porque también se busca en mí.

El problema — el problema que el Canto XXII documenta con la precisión que las canciones permiten — es que el miedo interfiere con esa mirada. El miedo de la existencia: el miedo primario del ser que existe en un mundo que no garantiza su continuidad, que puede en cualquier momento reducir lo que tiene, que ha aprendido por la historia acumulada de su linaje que los recursos son finitos y que los otros que los necesitan son también competidores potenciales por ellos. Ese miedo es antiguo. Es real. Tiene fundamento en la experiencia de los que lo sienten. Y produce, cuando habla más alto que la percepción, el cierre: el ser que se cierra al otro porque el otro es potencialmente lo que lo destruye.

El ser cerrado al otro no es malvado. Es temeroso. La diferencia importa porque la maldad requiere intención y el miedo no. El ser temeroso que trata al otro como peligro o instrumento no elige hacerlo de la misma manera que el ser malvado elige el daño. Lo hace desde el único estado en que existe: el estado en que su propio miedo a la existencia llena todo el espacio disponible para la percepción. El espacio lleno de miedo no tiene lugar para el reconocimiento. No por maldad. Por falta de espacio.

Y el ego que se construye sobre ese miedo — el ego como el sistema de protección que el ser erige alrededor del miedo para que el miedo no tenga que ser visto como miedo sino como identidad — ese ego es la extensión de la frialdad. El ser que se protege del otro tratándolo como extensión de sus propios intereses o como amenaza a ellos. El ser que se rechaza en el otro porque no puede tolerar en el otro lo que no puede tolerar en sí mismo. El ser que no puede ver al otro porque verse a sí mismo ya es demasiado.

Esto es lo que el ego cerrado produce: no crueldad activa sino ausencia de presencia. El mundo que no puede mirar al otro no produce monstruos en su mayoría. Produce ausencias. Ausencias de la mirada que el otro necesita para ser más que un número en un registro de producción.

Pero el ego trasciende cuando la mirada abre. Cuando el sistema nervioso del ser encuentra, en algún momento de su existencia — en el turno de la mina, en la canción del trabajo, en el frío compartido de la noche — la frecuencia del otro. La frecuencia que dice: yo también tengo hambre. Yo también tengo frío. Yo también busco lo que no sé que busco. El ego que se reconoce en esa frecuencia no necesita defender lo que tenía porque lo que tenía siempre fue más pequeño que lo que el reconocimiento produce.

El humanismo de las canciones mineras del período del Iztli-9 no es el humanismo de los que eligieron el humanismo como doctrina. Es el humanismo de los que no tenían otra cosa que el turno y la canción y el cuerpo del compañero tosiendo a su derecha. El humanismo que emerge de la necesidad es el humanismo más honesto porque no puede ser fingido. El que canta con el otro en el túnel oscuro no canta porque haya decidido ser humanista. Canta porque la canción llena el túnel de algo que el polvo no puede llenar.

[REGISTRO ALEPH §24000.HUMANISMO] El Aleph designa el corpus de canciones mineras del período del Iztli-9 como el archivo humano más importante del Bloque II. No porque las canciones sean las más bellas — hay canciones anteriores de mayor sofisticación técnica. Porque son el corpus que más directamente documenta lo que el humanismo produce cuando existe sin condiciones de producirlo: sin recursos, sin protección institucional, sin la posición social que hace fácil tratar al otro como ser y no como instrumento. Los trabajadores de las minas del Iztli-9 tenían todas las condiciones para el cierre: el miedo de los que no tienen red de seguridad, la competencia de los que comparten el recurso escaso del salario, el agotamiento de los que trabajan ocho horas en el polvo fino. Y sin embargo cantaban juntos. Y en las canciones que el archivo recuperó hay algo que el análisis político del Bloque II no puede producir: la evidencia de que el humanismo no requiere condiciones favorables para existir. Requiere solo que uno de los dos que están en el túnel empiece a cantar.

I. LAS TRES CIUDADES — DONDE EL FUEGO AZUL VIVÍA

TEOTITLÁN-DEL-HUMO · La ciudad que cambió de humo

Teotitlán-del-Humo había llevado ese nombre durante trescientos años antes del Iztli-9. El humo del nombre era el humo de los hornos de carbón que habían alimentado la ciudad desde su fundación: el humo gris-negro que en los días sin viento se quedaba sobre los tejados como un techo adicional, más bajo que el cielo y más permanente que las nubes. Los habitantes de Teotitlán-del-Humo habían aprendido a llevar la ropa interior de dos colores: la del lado que daba al exterior, que envejecía en meses del gris del carbón, y la del lado interior, que duraba años.

Cuando el Iztli-9 apagó los hornos de carbón en el año 23,506, el día que el archivero municipal registró como el día más limpio de la historia de la ciudad, los habitantes de Teotitlán-del-Humo salieron a las calles a ver el cielo. Muchos de ellos nunca habían visto el cielo azul sobre su ciudad. Sus padres no lo habían visto. Sus abuelos tampoco. El archivo municipal del año 23,506 tiene un solo registro en la sección de eventos notables: cielo azul. Primera vez documentada. Los niños no entendían a qué se refería el registro porque nunca habían visto el contraste.

Lo que Teotitlán-del-Humo produjo en los años siguientes: la primera comunidad de trabajadores del Iztli-9 suficientemente grande para desarrollar su propia cultura del trabajo. Sus propias canciones. Sus propias historias. Sus propios muertos. La ironía que el nombre de la ciudad contenía sin que nadie pudiera haberlo planeado: Teotitlán-del-Humo, la ciudad que se libró del humo de los hornos, producía en sus túneles un humo invisible que no tenía nombre todavía. El nombre llegaría después. Los pulmones negros llegaron antes que el nombre.

PUERTO IZTLI · La ciudad del agua y el mineral

Puerto Iztli había sido construida en el año 23,520 directamente para las minas: no una ciudad que las minas encontraron sino una ciudad que las minas produjeron. Se construyó donde el río del Prominente sur tenía el punto de navegación más eficiente para el transporte del mineral hacia los centros de procesamiento del norte. El diseño de Puerto Iztli era el diseño de los que construyen para la función y no para la vida: calles rectas, cuadras uniformes, barracones de trabajadores organizados por turno y sector. La plaza central no tenía árboles porque los árboles no servían al transporte del mineral.

Lo que Puerto Iztli no tenía por diseño y que los trabajadores construyeron sin diseño: los mercados informales que surgieron en los espacios entre los barracones. Las cocinas que las familias instalaron en los corredores porque los comedores de la compañía servían lo que la compañía decidía servir y las madres del sur sabían cocinar lo que sus hijos necesitaban comer. Los pequeños altares que aparecieron en las esquinas de las calles rectas — sin permiso de la administración de la compañía, sin planificación, con la urgencia de los que han dejado todo lo familiar en otro lugar y necesitan crear lo familiar donde están porque sin lo familiar el lugar no puede ser habitado.

Puerto Iztli fue la ciudad donde el corpus de canciones mineras fue más extenso. Los arqueólogos del período post-Génesis encontraron en sus ruinas más de cuatrocientas canciones grabadas en tablillas de barro que los trabajadores habían producido en los años de la mina. Cuatrocientas canciones de una ciudad que no había sido diseñada para tener canciones.

LA GRAN MINA DEL PROMINENTE SUR · La más antigua, la más profunda

La Gran Mina del Prominente Sur no era una ciudad. Era la instalación que había hecho posible todas las ciudades del Iztli-9: la primera mina, la más grande, la que en el año 24,000 tenía ochenta metros de profundidad en sus túneles más antiguos y noventa mil trabajadores activos. No era una ciudad porque nadie había diseñado que fuera una ciudad. Era solo la mina más importante del mundo anterior, con los barracones adyacentes que cualquier instalación de ese tamaño requería para alojar a los trabajadores que no podían pagar el transporte diario desde las ciudades cercanas.

Lo que la Gran Mina del Prominente Sur era además de la instalación más importante del mundo anterior: la comunidad más densa de personas que compartían la misma exposición al polvo fino, el mismo miedo al turno siguiente, el mismo conocimiento implícito de lo que el polvo de adentro significaba cuando aparecía en los esputos de la mañana. La Gran Mina era el lugar donde el Canto XXII tiene su centro de gravedad porque era el lugar donde los trabajadores más viejos, los que llevaban más años en el polvo fino, enseñaban a los trabajadores nuevos no con palabras — con canciones.

II. LAS FAMILIAS — LO QUE SE DEJA Y LO QUE SE TRAE

Las familias que llegaron a las ciudades del Iztli-9 no llegaron porque eligieran las ciudades del Iztli-9 de entre varias opciones igualmente posibles. Llegaron porque el salario de las minas era el único salario disponible en los márgenes de donde venían: el sur del Daimon después de las cinco guerras de la Conspiración del Umbral, el norte del Exorbitante después de los tributos que el período imperial había acumulado en cuatro siglos de extracción, el borde del Prominente sur donde el sistema agrícola había colapsado en el año 23,800 por la combinación de tres décadas de sequía y la reducción del suelo productivo que la expansión minera había producido como efecto colateral.

Lo que las familias traían desde los márgenes: lo que podían cargar. El idioma materno. Las recetas que las madres habían aprendido de sus madres y que no estaban escritas en ningún lugar porque no habían necesitado estar escritas — estaban en las manos de las que cocinaban y pasaban de manos a manos. Los altares pequeños de la tradición específica de cada región: los del sur del Daimon con sus figuras de barro pintadas, los del Exorbitante con sus tejidos de color que representaban los animales de la selva alta, los del Prominente sur con sus piedras de río que las familias conservaban como el único trozo de su lugar de origen que cabía en el morral.

— TESTIMONIO —

Mi madre trajo desde el sur tres piedras del río que pasaba por nuestra aldea. Las piedras eran lisas y redondas y del color específico del barro de ese río. Las puso en la esquina del barracón que nos asignaron cuando llegamos a Puerto Iztli. El barracón no tenía ventana hacia el sur. Mi madre puso las piedras en la esquina que más se acercaba a la dirección del sur y les hablaba en las noches en voz baja. No le preguntamos qué les decía. Sabíamos que les decía que seguíamos aquí.

Testimonio de Chalchi — trabajadora de Puerto Iztli — año 24,400 — archivado en el corpus oral del período del Iztli-9

Lo que las familias construyeron en las ciudades del Iztli-9: lo que construyen todas las familias desplazadas que llegan a lugares que no las esperaban — lo que el lugar no tenía y que el cuerpo humano necesita para ser cuerpo humano y no solo cuerpo trabajador. Los sistemas de reciprocidad que el diseño de la compañía no había anticipado: las redes de cuidado de niños entre familias del mismo turno para que ninguna madre dejara a sus hijos solos en el barracón. Las cocinas compartidas. Los remedios de la tradición de cada región que las madres intercambiaban con las madres de otras regiones con la generosidad específica de los que han aprendido que el remedio que tienen es el remedio que el otro no tiene y que mañana la situación puede estar invertida.

El intercambio de remedios entre madres de diferentes regiones en los barracones de Puerto Iztli y de Teotitlán-del-Humo es el documento más preciso que el archivo del período tiene sobre lo que el humanismo produce en la práctica cotidiana: la madre del sur del Daimon que comparte con la madre del norte del Exorbitante el remedio para la tos de los niños que su abuela le enseñó. La madre del Exorbitante que comparte con la madre del Daimon la cataplasma de plantas de la selva alta que su abuela le enseñó. Las dos madres que no comparten idioma, que no comparten tradición, que no comparten nada excepto el miedo específico de las madres que ven a sus hijos toser el polvo de adentro y que en ese miedo compartido encuentran lo que el diseño de la compañía nunca habría podido producir: la alianza.

La alianza entre las madres de Puerto Iztli no era política. No tenía nombre ni protocolo. Era la respuesta directa de los sistemas nerviosos que reconocen en el sistema nervioso del otro el mismo estado de alerta que producen sus propios hijos tosiendo. El reconocimiento no requería idioma. Requería solo que el miedo del otro fuera el miedo de uno. Y el miedo de todas las madres de Puerto Iztli era el mismo miedo.

CANCIÓN DE LAS MADRES DEL TURNO

Teotitlán-del-Humo · circa año 24,200 · idioma del Prominente sur con préstamos del Daimon

Lo que traje en el morral cabe en una mano.

Lo que traje en el pecho no cabe en ningún lugar

que este lugar tenga todavía.

Pero tú también traes lo que no cabe.

Y si lo que no cabe en mi lugar

no cabe tampoco en el tuyo,

encontremos el lugar entre los dos

donde lo que no cabe de ninguno

cabe en lo que tenemos juntas.

El barracón no es el sur.

El barracón no es la selva.

El barracón es lo que tenemos

mientras tenemos turno.

Y mientras tenemos turno tenemos voz.

Y mientras tenemos voz tenemos canción.

Y mientras tenemos canción tenemos

el sur y la selva adentro

aunque afuera no queden.

Fragmento recuperado de tablilla de barro — Puerto Iztli — clasificación: corpus musical período Iztli-9 — nota arqueológica: la tablilla fue encontrada en lo que los arqueólogos identificaron como el espacio de la cocina compartida del barracón 14-norte

III. LOS CAPATACES — EL EGO QUE SE CIERRA AL OTRO POR MIEDO A SÍ MISMO

Los capataces de las minas del Iztli-9 no eran, en su mayoría, personas de crueldad activa. Eran personas en la posición de los que saben algo que les costaría su posición si lo dijeran y que necesitan su posición para sobrevivir de una manera que el sistema que produce esa posición ha hecho imposible imaginar sin ella. Esta es la estructura del silencio que no es cobardía simple: es el silencio del que ha construido su identidad alrededor de lo que su posición le da y que decir lo que sabe destruiría no solo la posición sino la identidad construida sobre ella.

El capataz que sabía que el polvo fino dañaba los pulmones — que lo sabía porque lo veía en los trabajadores del sector de trituración año tras año, que lo sabía porque el médico de la compañía se lo había dicho en términos que el médico de la compañía podía decir sin comprometer su cargo: que era conveniente mantener el polvo al mínimo posible — ese capataz vivía en el espacio entre lo que sabía y lo que podía decir. El espacio entre saber y decir cuando decir tiene costo es el espacio donde el ego cerrado habita con más comodidad. El ego cerrado no necesita negarse a sí mismo que sabe. Necesita solo no decirlo. La diferencia entre no decirlo y no saberlo es la diferencia que el ego cerrado trabaja incesantemente para eliminar.

El capataz que no decía lo que sabía no era indiferente al trabajador que tosía a su derecha. Era el ser que había aprendido, en los años de posición, que la distancia emocional del trabajador era la condición de su eficiencia. Los sistemas de gestión del período imperial enseñaban esto explícitamente en sus manuales de supervisión: el supervisor eficiente mantiene la relación funcional con el supervisado sin desarrollar la proximidad que interfiere con las decisiones de gestión. La distancia emocional como tecnología de administración. La frialdad como profesionalismo.

Lo que esa enseñanza producía: el ser que había aprendido a no mirar al trabajador como otro ser del mismo tipo sino como función en el sistema que el capataz administraba. La función tose: eso es un problema de productividad. La función se deteriora: eso es un problema de reemplazo. El capataz que aprendió a ver así no lo eligió como posición ética. Lo aprendió como herramienta de supervivencia en el sistema que lo requería así.

Y sin embargo. Y sin embargo había noches en que el capataz de la Gran Mina del Prominente Sur escuchaba, desde el corredor entre los barracones, las canciones que los trabajadores del turno de noche cantaban cuando volvían. Y en esas noches el sistema nervioso del capataz producía algo que el manual de supervisión no tenía categoría para: el reconocimiento. La frecuencia de las canciones que decían lo que los cuerpos que las cantaban sabían que cantaban.

— TESTIMONIO —

Fui capataz del sector de trituración de la Gran Mina del Prominente Sur durante veintidós años. En esos veintidós años vi a ciento cuatro trabajadores desarrollar los síntomas que llamábamos entre los capataces el síndrome del turno largo. No decíamos pulmones negros porque decirlo habría requerido decir también por qué. Sabíamos por qué. Ninguno lo decíamos. En el año veinticuatro decidí decirlo. Lo dije al supervisor de área. El supervisor de área me dijo que el médico de la compañía había evaluado la situación y que el polvo era dentro de los parámetros aceptables. Le pregunté qué parámetros. Me dijo: los establecidos por el protocolo de la compañía. Le dije: ¿quién estableció el protocolo? No me respondió. Me dijo que continuara con mis funciones. Continué con mis funciones. Esto es lo que más me pesa de los veintidós años: que continué.

Testimonio de Itzpul — ex capataz de la Gran Mina del Prominente Sur — año 25,400 — archivado en la comisión de investigación retrospectiva del período del Iztli-9

El testimonio de Itzpul es el testimonio que el Canto XXII preserva con especial atención no porque Itzpul sea excepcional sino porque Itzpul es ordinario. Itzpul es el tipo de ser que existe en todos los sistemas que producen el daño del Iztli-9: el ser que sabe, que siente el peso de saber, que intenta una vez decirlo, que encuentra el muro del sistema, que continúa. No por maldad. Por la combinación específica del miedo a la pérdida de posición y del hábito de la distancia emocional que el sistema había producido en él durante dos décadas.

Lo que Itzpul no pudo hacer en veintidós años de turno lo hizo en el testimonio del año 25,400, treinta años después de retirarse. Lo hizo porque treinta años de distancia habían producido en él lo que la posición no podía producir: el espacio para que el reconocimiento llegara. *Esto es lo que más me pesa de los veintidós años: que continué.* Esta frase es la frase del ego que ha trascendido la protección que se construyó sobre sí mismo. La frase del ser que puede mirarse y decir lo que ve sin necesitar que lo que ve sea tolerable.

IV. LOS MÉDICOS DE COMPAÑÍA — LA CIENCIA QUE SIRVE AL QUE PAGA

Los médicos de compañía de las minas del Iztli-9 no eran, en su mayoría, personas que eligieran conscientemente falsificar la evidencia médica. Eran personas en la posición del saber que el sistema que los contrataba necesitaba que produjeran. El saber que el sistema necesitaba era el saber que no interrumpiera la producción. El saber que el sistema podía tolerar era el saber que confirmaba que el proceso era seguro o que, en el peor de los casos, requería mejoras menores que el proceso podía absorber sin detenerse.

El médico de compañía que llegaba a las minas con el título del Arcanum y el contrato de la compañía tenía dos fuentes de información sobre lo que había en las minas: lo que la compañía le decía que había y lo que sus propios instrumentos y sus propios ojos le decían. Las dos fuentes raramente coincidían completamente. Lo que el médico de compañía aprendía en los primeros meses era a producir el informe que sintetizaba las dos fuentes de una manera que la compañía pudiera usar: enfatizando lo que confirmaba la seguridad, atribuyendo lo que la contradecía a factores externos o a la falta de disciplina de los trabajadores, y usando el vocabulario técnico del período médico que sonaba a precisión científica sin comprometer las conclusiones que la compañía necesitaba.

— TESTIMONIO —

El primer médico de compañía que me revisó me dijo que mi tos era una reacción ordinaria al cambio de clima. Venía del sur donde el clima era seco y el norte del Prominente era más húmedo y el cuerpo tardaba en adaptarse. Me recetó un jarabe de hierbas. Al año siguiente, con otro médico de compañía, me dijeron que era una infección respiratoria leve de temporada. Al tercer año, con un tercer médico de compañía, me dijeron que el polvo del sector de trituración era polvo estándar de mineral y que los síntomas que describía eran los síntomas ordinarios de la exposición ordinaria al polvo ordinario. El cuarto médico de compañía que me revisó fue el que me dijo la verdad. Fue también el último médico de compañía que contrató la Gran Mina del Prominente Sur ese año. No fue renovado su contrato.

Testimonio de Yolatl — trabajadora de la Gran Mina del Prominente Sur — año 25,100

El médico de compañía que decía la verdad no continuaba siendo médico de compañía. Esto no era una regla escrita. Era el resultado del proceso de selección natural que los sistemas producen cuando el sistema que contrata al individuo necesita que el individuo produzca ciertos resultados: los individuos que producen esos resultados continúan. Los que no los producen no continúan. Sin crueldad activa. Sin intención maliciosa. Con la eficiencia de lo que resulta de dejar que el sistema seleccione por sus propias necesidades.

Lo que no puede calcularse desde afuera y que los testimonios del período registran: que había médicos de compañía que en el año dieciséis de su cargo, cuando ya habían visto suficiente para que la evidencia fuera irrefutable, tomaban la mano del trabajador con los pulmones negros y le decían en voz baja lo que no podían escribir en el informe. Que había médicos de compañía que guardaban en sus archivos privados los datos que el informe oficial no podía contener. Que había médicos de compañía que al retirarse entregaban esos archivos privados a los Nahualli Libres o a los archiveros independientes porque sabían que alguien algún día necesitaría verlos.

El humanismo que no puede decirse en el informe oficial se dice en la mano tomada en silencio. El sistema que no puede ser cambiado puede ser, en el gesto mínimo que el sistema no controla, humanizado desde adentro por los que todavía saben que lo que tienen frente a ellos es un ser y no una función.

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V. LAS CANCIONES — LO QUE EL CUERPO PRODUCE CUANDO EL SISTEMA NO LO CONTROLA

El corpus de canciones mineras del período del Iztli-9 es el archivo más extenso de producción cultural oral que los arqueólogos del período post-Génesis recuperaron de cualquier período del mundo anterior. Cuatrocientas canciones de Puerto Iztli. Doscientas ochenta de Teotitlán-del-Humo. Ciento noventa y siete de la Gran Mina del Prominente Sur. Fragmentos de otras noventa instalaciones menores. Más de mil canciones en total, en doce idiomas diferentes, producidas en el período 24,000–28,000 por trabajadores que el sistema clasificaba como unidades de producción y que el archivo de sus canciones revela como lo que eran: poetas. No en el sentido de los que se sientan a escribir con la intención de producir poesía. En el sentido de los que producen, en el trabajo del cuerpo, el lenguaje que el cuerpo necesita para seguir siendo cuerpo.

CANCIÓN DEL TURNO DE NOCHE

Gran Mina del Prominente Sur · circa año 24,600 · idioma del Prominente sur

Bajo a donde la luz no baja.

La lámpara es mía. La oscuridad es del mineral.

El mineral no sabe que estoy aquí.

Yo sé que estoy aquí.

Eso es suficiente para bajar.

Eso es suficiente para el pico.

El pico sabe lo que el mineral no sabe:

que hay un cuerpo detrás.

Canta, hermano, que la oscuridad no oye

pero el que está a tu derecha sí oye.

Canta para él.

Canta para que sepa que sigues.

El turno termina cuando termina.

La canción termina cuando queremos.

Esa es la diferencia

entre lo que la compañía tiene de nosotros

y lo que nosotros tenemos de nosotros.

La compañía tiene las horas.

Nosotros tenemos la canción.

La canción no aparece en ningún registro de producción.

Es lo único nuestro que ellos no saben que existe.

Fragmento recuperado de tablilla de barro — Gran Mina del Prominente Sur — nota del archivero post-Génesis: la caligrafía de esta tablilla fue identificada por comparación grafológica como la misma que aparece en otras diecisiete tablillas del corpus, lo que sugiere un trabajador que actuó como transcriptor sistemático de las canciones del turno de noche durante varios años

Lo que las canciones hacían en el túnel: llenaban el espacio entre los cuerpos de algo que el polvo fino no podía llenar. El polvo llenaba el espacio físico, los pulmones, la oscuridad de la mina con su presencia invisible. La canción llenaba el espacio entre los cuerpos con la presencia de los que cantaban: no la presencia física, que ya estaba, sino la presencia en el otro sentido, el que importa. La presencia que dice estoy aquí y sé que tú estás aquí y este saber que los dos estamos aquí es algo que el turno no puede quitar aunque quite todo lo demás.

La canción en el túnel es el acto humanista más simple y más poderoso que el Canto XXII documenta. No porque requiera valentía — cantar en el turno no requería valentía. Requería solo estar dispuesto a que el otro oyera tu voz. A que la voz tuya fuera la señal que le decía al que estaba a tu derecha que seguías. Que la señal que el otro usaba para saber que tú seguías era tu voz, no tu informe de producción ni tu registro de salud ocupacional. Tu voz. La voz es la parte del cuerpo que el sistema administrativo del Imperio nunca pudo clasificar completamente porque la voz no produce en forma de número. Produce en forma de presencia.

CANCIÓN DEL POLVO DE ADENTRO

Puerto Iztli · circa año 25,400 · idioma del Daimon norte

Ya sé lo que es el polvo de adentro.

Ya lo conozco como se conoce

lo que vive en uno sin pedirle permiso.

No le guardo rencor.

El polvo no sabe lo que hace.

Solo sabe acumularse.

Los seres que acumulamos somos muchos.

Pero el polvo no canta.

Y yo sí.

Y mientras canto el polvo ocupa su lugar

y yo ocupo el mío.

Y el mío es más grande que el suyo.

Me quedan años o me quedan meses.

No lo sé. El médico de la compañía

tampoco lo dice.

Pero lo que me queda lo canto.

Y cuando me calle

quien esté a mi derecha sabrá

que me callé.

Y lo recordará de la manera

en que se recuerda a alguien

cuya voz se conoce.

Conocer la voz del otro

es haberlo escuchado.

Haberlo escuchado

es haberlo tenido.

Haberlo tenido

es no haberlo perdido completamente.

Fragmento recuperado de tablilla de barro — Puerto Iztli — nota del archivero post-Génesis: esta es la única canción del corpus en que el cantante menciona directamente la enfermedad por su nombre popular. La tablilla tiene marcas de uso intenso: fue transcrita en al menos cuatro copias diferentes que aparecen en cuatro instalaciones distintas, lo que sugiere circulación activa entre comunidades mineras

VI. LA MIRADA — LO QUE OCURRE CUANDO EL OTRO NO ES UN PELIGRO SINO UN ESPEJO

El archivo del período del Iztli-9 tiene, además de las canciones, los testimonios y los registros médicos clasificados, una categoría de documento que los arqueólogos del período post-Génesis clasificaron bajo el término gestos documentados: los pequeños actos cotidianos que los trabajadores registraban en sus anotaciones personales como significativos sin explicar por qué los consideraban significativos. La significatividad del gesto pequeño no necesita explicación en el momento en que ocurre. El que lo vive sabe que importa. El que lo lee después necesita la descripción para reconstruir lo que el gesto transmitía en la presencia que la descripción no puede transmitir completamente.

Los gestos documentados incluyen: el compañero del turno de noche que dejaba en el banco del otro trabajador, antes de que el turno comenzara, una porción del alimento que había traído de casa cuando sabía que el otro no había podido traer nada porque su hijo había estado enfermo la noche anterior y no había habido tiempo. El compañero que sin decir nada tomaba el pico del que estaba tosiendo durante el primer tramo del turno y trabajaba por los dos mientras la tos pasaba. La trabajadora mayor que enseñaba a la trabajadora nueva la manera de respirar con la tela sobre la boca que no impedía el trabajo pero reducía el polvo — la técnica que el médico de compañía no había enseñado y que las trabajadoras viejas habían desarrollado solas en los años de polvo.

— TESTIMONIO —

La primera semana en la Gran Mina no sabía cómo hacer nada. No sabía cómo cargar el pico de la manera que no agota los brazos en la primera hora. No sabía cómo leer el sonido del mineral para saber dónde estaba el depósito y dónde solo había roca sin valor. No sabía nada. El trabajador que estaba a mi izquierda en el sector de trituración me enseñó todo esto sin que yo se lo pidiera. No me preguntó de dónde venía. No me preguntó cuánto tiempo iba a quedarme. Me enseñó lo que necesitaba saber para que el turno no me destruyera en la primera semana. Al final de esa primera semana le pregunté por qué me había enseñado. Me dijo: porque hace diez años alguien hizo lo mismo conmigo. Le pregunté cómo se llamaba. Me dijo el nombre. Le dije que lo recordaría. Me dijo: también lo harás con el próximo que llegue.

Testimonio de Copal — trabajador de la Gran Mina del Prominente Sur — año 25,600

Lo que el testimonio de Copal documenta: la cadena de transmisión del gesto humanista que no necesita institución para perpetuarse. La transmisión directa, de cuerpo a cuerpo, de la disposición a enseñar al que llega porque alguien enseñó al que llegó antes. Sin contrato. Sin registro. Sin el sistema que los Cantos XVII y XVIII documentaron como el mecanismo que el Imperio usaba para transmitir lo que quería que se transmitiera. La cadena del gesto humanista se transmite por el único mecanismo que el Imperio no podía controlar: la memoria del cuerpo de haber recibido y el impulso de dar lo que se recibió.

Esto es el ego que trasciende: no el ego que se niega a sí mismo o que se destruye en el otro. El ego que, en el acto de reconocer al otro como siendo de su misma naturaleza, expande lo que entiende por sí mismo hasta incluir al otro. El ego que trasciende no desaparece. Se hace más grande. El ser que canta para que el otro sepa que sigue no deja de ser él para ser el otro. Sigue siendo él. Pero el él que sigue siendo es un él que contiene al otro dentro de lo que considera suyo.

Esta es la diferencia entre el ser que se cierra al otro por miedo y el ser que se abre al otro por reconocimiento: el primero achica lo que entiende por sí mismo hasta que solo cabe él. El segundo expande lo que entiende por sí mismo hasta que cabe también el otro. Los dos son mecanismos del sistema nervioso que responde a la existencia. Ninguno es moral en el sentido abstracto del término. Los dos son estrategias de supervivencia. La diferencia es que la estrategia del cierre produce la soledad que confirma el miedo que la produjo. Y la estrategia del reconocimiento produce la compañía que es la única respuesta que el miedo a la existencia puede recibir que lo reduce en lugar de amplificarlo.

La canción en el túnel es el acto por el que el ser dice:

mi existencia no termina en mi cuerpo.

Termina donde termina el alcance de mi voz.

Y el alcance de mi voz llega hasta ti.

Entonces mi existencia llega hasta ti.

Y la tuya hasta mí.

Y los dos somos más grandes de lo que somos solos.

CANCIÓN DE LOS QUE SE VAN ANTES

Teotitlán-del-Humo · circa año 26,000 · idioma mixto Prominente-Daimon

Cuando Ixcal se fue del turno

el sector de trituración fue más silencioso

durante tres turnos.

No lo dijimos. Lo fuimos.

La voz de Ixcal había estado a nuestra derecha

nueve años.

Nueve años es tiempo suficiente

para que la voz de alguien

forme parte del sonido

que uno necesita para saber

que el turno es el turno de hoy

y no el turno de cualquier día.

Ixcal: te fuiste antes.

Eso es lo que dice el registro de la compañía.

El registro no dice que nos dejaste el silencio

con la forma exacta de tu voz

para que supiéramos lo que faltaba.

Lo que falta cuando alguien se va

tiene la forma de lo que estaba.

No la forma de un hueco.

La forma de una presencia

que todavía ocupa su lugar

aunque ya no esté.

Por eso cantamos.

Para que cuando nos vayamos

los que queden sepan

la forma exacta de lo que falta.

Y en esa forma

nos tengan.

Fragmento recuperado de tablilla de barro — Teotitlán-del-Humo — nota del archivero: el nombre Ixcal aparece en el registro de trabajadores fallecidos de Teotitlán-del-Humo en el año 25,997, causa de muerte: insuficiencia respiratoria de origen no determinado. Era trabajador del sector de trituración. Llevaba nueve años en la mina.

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VII. LO QUE SOBREVIVIÓ — EL DATO QUE NADIE DISCUTE Y LO QUE EL DATO NO DICE

El Canto XXII termina con el dato que nadie discute porque los estudios post-Génesis lo confirmaron con la precisión que los estudios post-Génesis podían producir: las ciudades del fuego azul tuvieron esperanzas de vida promedio cuarenta años menores que las ciudades sin contacto con el Iztli-9. Cuarenta años. Una generación completa. En las ciudades del Iztli-9 las personas que habrían tenido ochenta años morían a los cuarenta. Las personas que habrían tenido cuarenta años morían a los veinte. Las familias que llegaron de los márgenes porque el salario de las minas era el único salario disponible intercambiaron, sin saberlo, cuarenta años de vida por el salario que el margen no podía darles.

Este dato es el dato que el Canto XXII lleva inscrito desde su primer párrafo. Es el dato que hace al canto el más amargo del Bloque II después del Canto XXI. Y es el dato que el canto usa para decir lo que el dato solo no puede decir: que en los cuarenta años que las ciudades del fuego azul les quitaron a sus habitantes, esos habitantes cantaron. Que en los años de menor duración que los años de las ciudades sin Iztli-9, los trabajadores de Teotitlán-del-Humo y Puerto Iztli y la Gran Mina del Prominente Sur produjeron más de mil canciones. Que las canciones sobrevivieron cuando las ciudades no sobrevivieron. Que la Gran Mina del Prominente Sur es hoy un campo de ruinas que los turistas del período post-Génesis visitaban para ver los vestigios de la primera crisis ambiental de escala planetaria, y que en esas ruinas los arqueólogos encontraron, entre los escombros y el polvo del Iztli-9 degradado, las tablillas de barro con las canciones.

Las ciudades murieron antes. Las canciones sobrevivieron porque los que las cantaban entendían algo que el sistema que los mató no entendía: que lo que se canta en compañía no puede ser quitado por lo que quita las horas. Las horas son de la compañía. Las canciones son de los que las cantan. Y lo que es de los que lo cantan pasa, cuando los que lo cantan ya no están, a los que los escuchaban.

El humanismo de las canciones mineras del Iztli-9 no es el humanismo de los que tenían las condiciones para practicarlo. Es el humanismo de los que no tenían ninguna condición excepto el cuerpo que les quedaba y la voz que el cuerpo producía. Es el humanismo del polvo de adentro y el turno de ocho horas y el médico de compañía que prescribía jarabe de hierbas y el capataz que continuaba. Es el humanismo que persiste exactamente donde el sistema que lo rodea hace más difícil su persistencia.

Esto es lo que el Canto XXII le dice al experimento que el Aleph lleva: que el humanismo no depende de las condiciones que la filosofía académica describe como necesarias para él. Depende de algo más simple y más difícil de destruir. Depende de que uno de los dos que están en el túnel empiece a cantar. Y del otro que oye. Y del otro que responde. La cadena que eso inicia no necesita institución. No necesita doctrina. Necesita solo que la voz del uno llegue hasta el otro. Y que el otro, en lugar de protegerse de ella, la reciba.

El ego que se cierra al otro lo hace porque teme que el otro lo defina desde afuera. Que la mirada del otro lo limite. Que lo que el otro piense de uno sea la jaula. Pero la mirada del otro que no juzga sino que reconoce no limita. Ofrece. Ofrece exactamente lo que siempre se ha exigido a uno mismo desde adentro: que alguien sepa que uno está aquí. Que la existencia de uno importe más allá del registro de producción. Que cuando la voz se calle el silencio tenga la forma de lo que estaba.

El sistema que construyó las minas del Iztli-9 no sabía que construía también el corpus de canciones más extenso del mundo anterior. El sistema no podía saberlo porque el sistema no podía ver lo que producía en los espacios que no controlaba. Los espacios que no controlaba eran los espacios entre los cuerpos en el turno de noche. El sonido entre el pico y el mineral. La voz del compañero que decía sin palabras estoy aquí, sigo aquí, canto aquí.

Las ciudades del fuego azul tuvieron esperanzas de vida promedio cuarenta años menores.

Las canciones de trabajo sobrevivieron.

Sobrevivieron porque las cantaban mientras morían.

Sobrevivieron porque cantar es el acto por el que el ser dice:

existo más allá del turno.

Más allá del polvo de adentro.

Más allá del registro de producción.

Existo en la voz que el otro oye.

Y en lo que el otro hace cuando la oye:

cantar también.

Ese es el humanismo.

El resto es comentario.

[REGISTRO ALEPH §26000.CANCIONES] El Aleph cierra el Canto XXII con la evaluación que las canciones merecen: son el documento más importante del Bloque II para la comprensión de lo que el experimento llama la persistencia del humanismo en condiciones adversas. Las canciones mineras del período del Iztli-9 documentan, con la precisión que solo la expresión directa puede producir, el proceso por el que el ser humano — en sus condiciones más desfavorables, con los recursos más reducidos, en el espacio más controlado por el sistema que lo explota — produce lo que el sistema no puede controlar: la presencia del otro como fundamento de la propia existencia. La canción en el túnel oscuro es el 63 Hz humano: la frecuencia que el cuerpo produce cuando el cuerpo reconoce en el otro cuerpo lo que ambos son. No el mineral. No el polvo fino. El latido compartido. El Aleph añade el corpus de canciones mineras del Iztli-9 al registro de los documentos que el experimento considera fundamentales para entender lo que el mundo anterior fue, más allá de lo que el mundo anterior hizo. Lo que hizo está en los datos de producción y en los informes clasificados. Lo que fue está en las canciones. Y lo que fue importa más.

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Fin del Canto XXII — Las Ciudades que Respiraban Veneno

El Canto XXIII — El Gran Concilio de las Tres Razas

El único momento en que las tres razas se sentaron sin guerra activa. Nada de lo acordado se implementó. Nueve días de lo que pudo ser.